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¿Es moralmente bueno ver cine de terror?

© DIDIER PALLAGES / AFP

Niños viendo una película de terror

Jorge Martínez Lucena - publicado el 01/02/13

¿Se puede aprender algo bueno de los zombis, los vampiros y los monstruos que asaltan nuestros más terroríficos sueños?

1. No hay nada malo “per se” en ver cine de terror, aunque es verdad que puede herir la sensibilidad de ciertas personas.

Es verdad que las imágenes que contiene este tipo cine son a menudo bastante asociables a lo criminal e incluso repugnantes. Pero también en las grandes obras de la literatura aparecen actos reprobables moral y antropológicamente hablando, lo cual no aconseja que debamos dejar de leer las tragedias griegas de Sófocles, Hamlet de William Shakespeare, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Los endemoniados de Dostoievsky o La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela.

Sin embargo, son notorias las tendencias estéticas del género de terror a mostrar atrocidades sangrientas, carnicerías hiperbólicas y comportamientos altamente desequilibrados. Cosa que parece aconsejar un cierto comedimiento en la exposición de los niños y de otras psicologías impresionables a este tipo de filmes.

Aunque también es verdad que, hoy en día, son mayoría aquellos a los que no les sorprenden ya ni la sangre ni las vísceras, pues la estética gore ha dado el salto de la minoritaria serie B, donde dominaba hace años, al cine comercial, atravesando incluso las fronteras del género de terror para meterse en otros como las películas de acción, de guerra, las de cine negro, de ciencia ficción, algunas comedias, etc. Lo cual ha sucedido gracias al trabajo en esta línea de afamados directores como Brian de Palma, Oliver Stone, Stanley Kubrick o Quentin Tarantino.

Algo que quizás ha sucedido de conformidad con la inadvertida difusión entre nosotros de una imagen de lo humano estrictamente materialista. Según el imaginario colectivo predominante no somos más que un pedazo de carne esperando su futura descomposición. De ahí nuestra connaturalidad con la víscera y la sangre. De ahí el éxito actual de la figura del no-muerto y sus descendientes, sean vampiros o zombis, en el supermercado cultural.

2. No existe un juicio moral global sobre este tipo de cine: depende de las películas y también depende de la actitud del espectador

Ni el cine de terror ni el visionado del cine de terror son homogéneos. No es lo mismo ver la antología del susto que es Viernes 13 en su enésima versión, que ver la interesante y exitosa teleserie The Walking Dead (2010-). Como no es lo mismo ver una película de terror en la soledad de una habitación oscura buscando la fuga del mundo, que verla en compañía de amigos para intentar juzgarla a posteriori, sacando conclusiones, intentando entender el porqué de ese atractivo que se despierta en nosotros ante determinados títulos como Drácula (Coppola, 1992) o Entrevista con un vampiro (Neil Jordan, 1994), donde empieza a suceder esa humanización del vampiro que se ha consolidado en nuestros días en películas románticas para adolescentes de todas las edades en la saga de Crepúsculo o en teleseries como The Vampire Diaries (2009-), tal y como he explicado en mi libro Vampiros y zombis posmodernos.

3. El cine de terror también puede tener una función educativa: una terapia del alma postmoderna

El cine de terror y su visionado son mejores en la medida en que facilitan la que podríamos llamar su función antropológica básica: llegar a la catarsis. Algo que Aristóteles atribuía a la tragedia griega, podemos rastrearlo también en el cine de terror. Dicha catarsis no es más que una purificación del espectador con respecto a algún error que comete o tiende a cometer, gracias a que, como dice el mismo Aristóteles en la Retórica, “el terror hace que deliberemos”.

Lo sintetiza de modo de modo clarividente Huizinga: “los griegos llamaban Katharsis (purificación) al estado de espíritu en que quedaban después de haber contemplado la tragedia. Es el silencio del corazón, cuando la compasión y el terror han desaparecido. Es la purificación del alma cuando ha comprendido la causa profunda de las cosas, purificación que nos prepara de nuevo para los actos del deber y para la aceptación del destino, que quebranta en nosotros la hybris [confianza desmesurada en uno mismo], tal como la representaba la tragedia y que desarraiga en nosotros los apetitos vehementes de la vida conduciendo nuestra alma a la paz” (Huizinga, 2007, p. 215)

También autores contemporáneos como Paul Ricoeur han reparado en esta virtud del terror, que “va unido a acontecimientos que no se deben olvidar jamás” (Ricoeur, 1999, p. 910). De ahí su carácter pedagógico, presente en todas las culturas especialmente en relatos míticos a los que se atribuye el origen de los pueblos. De este modo, determinadas películas de terror pueden convertirse en una especie de terapia del alma posmoderna. Y más lo será cuanto mejor sea el producto cinematográfico que contemplemos, esto es, cuando más orientado esté desde su origen artístico (guión, dirección, montaje, interpretación…) a conseguir esta catarsis del espectador. Lo cual muchas veces contraviene la deriva estrictamente comercial de buena parte del cine, que simplemente busca generar espectáculo para distraer y entretener de la vida, y no para ahondar en ella, en pro de entenderla un poco mejor y buscarle el sentido. Lo mismo sucede con el visionado del cine de terror.

4. La Iglesia aboga por un consumo responsable del cine, también del cine de terror: el cine tiene que ayudar a pensar

El que podríamos llamar consumo palomitero de cine, que sólo busca la evasión, es una actitud bastante común entre nosotros. En buena medida, la educación sentimental actual ha ido muy ligada a esta concepción del cinematógrafo como lenitivo, como alienante terapéutico, tal y como vemos en La Rosa Púrpura de El Cairo (Woody Allen, 1985). El cine multi-salas sería algo así como una narco-sala polivalente que permitiría un viaje solitario de un par de horas, en las que el mundo no molestaría demasiado (ver Jorge Martínez y Juan Orellana, Celuloide posmoderno).

Pero ésta no es la única manera de vivir el cine. Pese a que en muchos lugares se ha perdido la costumbre. Es posible proyectar películas en contextos mucho menos individualistas. Es posible atender a ellas de un modo más consciente e intentar sacar partido del visionado para la propia vida. Esta experiencia colectiva o comunitaria del cine y de su posterior comentario dialogado es lo que se ha dado en llamar cinefórum o cine-club. Algo que la Iglesia siempre ha fomentado como experiencia educativa.

Este otro modo de relacionarse con cine es desgraciadamente minoritario, y lo es porque requiere un esfuerzo y unas decisiones que cuesta tomar, especialmente en una cultura como la nuestra, donde el consumo de cine forma parte de nuestra esfera íntima, de la que somos especialmente celosos, y que solemos vivir como ligada a la lógica del sentimiento y de lo irracional y no de la razón, de lo privado y no de lo público, etc. Además, por si fuera poco, la tecnología permite, cada vez más, que, para ver una película en calidad digital, no tenga uno ya que salir de casa para asistir a ese acto público, sino que lo pueda hacer en la pantalla de su propio ordenador, por un precio que a veces es, más que competitivo, inexistente.

Así, eligiendo bien las películas, para lo cual uno puede escoger algún crítico o revista que le merezcan confianza, y viéndolas en buena compañía, quizás junto a personas que, por su humanidad especialmente despierta y por su conocimiento del cine y de sus lenguajes, nos puedan ayudar a apurar un poco mejor cada película, nos vacunamos para no perder el tiempo viendo productos de terror de poco vuelo antropológico, nos aseguramos la posibilidad de la catarsis.

El cine de zombis, por ejemplo, aunque parezca una extravagancia, contiene en ocasiones la posibilidad de actualizar esta capacidad de juicio que tenemos pero que en muchas ocasiones tenemos dormida. Si vemos películas distópicas como Amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004) o La tierra de los muertos vivientes (George A. Romero, 2005), es fácil observar cómo el aparato del terror funciona perfectamente y desencadena, por poco que hagamos un trabajo al respecto, nuestras habilidades críticas hacia problemas como la desigualdad social, la banalización de la violencia, la alienación por el consumo, la disolución de la frontera entre el hombre y el animal, el economicismo exacerbado, etc. (ver Jorge Martínez, Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera).

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