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¿La vida de un embrión vale lo mismo que la de una persona adulta?

PREGNANT MOTHER GIRL

Valeriy Velikov I Shutterstock

L'annonce d'une naissance, un moment exceptionnel.

Aleteia Team - publicado el 29/11/12

Un embrión es un ser muy pequeño por desarrollar, muchas de sus capacidades sólo están en potencia, en sus inicios ni siquiera tiene forma humana,... ¿Vale su vida lo mismo que la de su madre, por ejemplo? ¿Tiene la misma dignidad que una persona que está en sus plenas facultades ofreciendo un determinado servicio a la sociedad?

1. La vida de un embrión tiene el mismo valor que otra en cualquiera de sus fases porque desde la concepción tiene una dignidad intrínseca al ser humano.

La constatación científica de que la vida de cada ser humano comienza al completarse el proceso de fecundación resulta cada vez más incuestionable.




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Sin embargo, se debate mucho sobre cuándo y en qué casos esa entidad biológica en desarrollo puede considerarse una persona.

Se trata de una cuestión crucial, ya que si el embrión es ya un hombre, exige un respeto que implica no disponer de él como medio, ni manipularlo, ni decidir sobre su origen, su vida o su muerte.

«Está en juego algo tan importante -advierte la encíclica Evangelium Vitae– que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano».

«¿Cómo un individuo humano podría no ser persona humana?», pregunta la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Instrucción Donum Vitae sobre el respeto a la vida humana y la procreación.

El hombre es el mismo en todas sus fases. Reducir la persona a determinadas situaciones en las que en acto posea autoconciencia y racionalidad destruye la noción general de persona -responde el filósofo alemán Robert Spaemann- porque no habría personas en sentido absoluto, sino que podría hablarse sólo de situación personal de los seres vivos.

Para Spaemann, «es persona todo ser de una especie cuyos miembros poseen la capacidad de alcanzar la autoconciencia y la racionalidad».

Al considerar persona al embrión, se tienen en cuenta criterios intrínsecos a ese pequeño ser. Porque, explica la catedrática de biología molecular de la Universidad de Navarra Natalia López Moratalla, lo específicamente humano es inherente y originario, está ligado a la vida recibida de los progenitores.

En términos teológicos, Dios infunde el alma al unirse el óvulo y el espermatozoide. «Desde que aflora», la vida humana es sagrada porque «implica directamente la acción creadora de Dios», explica Juan XXIII en la enclíclica Mater et magistra.

Y son muchos los textos bíblicos que testimonian que incluso cuando está todavía en el seno materno, el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina.

Por eso, el embrión «debe ser tratado como una persona desde la concepción», enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

Para López Moratalla, «a una vida incipiente no se le puede negar la dignidad que le confiere su carácter personal por el hecho de no manifestar todavía las peculiaridades que corresponden a otra etapa de su vida».

Si la consideración de persona se basara en criterios extrínsecos, es decir, en factores externos al embrión (como por ejemplo que ya haya anidado en el útero de la madre), se acabaría por caer en elementos totalmente convencionales y arbitrarios, advirtió la Academia Pontificia para la Vida en el comunicado final de su tercera asamblea general, del año 1997.

Para evitarlo, concluye la Evangelium Vitae, «al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual».

Referencias:

Inicio de la vida humana: ¿Qué hace humano el cuerpo del hombre? Coordinado por Natalia López Moratalla

Instrucción Donum Vitae

Comunicado final de la III Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, celebrada del 14 al 16 Febrero 1997 en el Vaticano

Catecismo de la Iglesia Católica (2274 y 2323)

2. El valor de la persona humana radica en que ha sido creada por Dios a su imagen, por amor.

«La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital», escribe Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae (39).

Y añade: «es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin».

La vida humana no es sólo hechos físicos o químicos, sino que tiene también un importante componente espiritual. En cada «yo», lo físico y lo metafísico están entremezclados.

El homo sapiens, que algunos han llamado también animal liberum (libre), se mueve por algo más que por sus instintos corporales, tiene un impulso vital que coordina su vida.

Para referirse a él, se habla de razón, mente, entendimiento, alma,… La imagen y la semejanza de Dios se transmite a cada nueva vida precisamente por la creación del alma.




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Pero esta concepción del hombre resulta a menudo incomprensible. En opinión de López Moratalla, en la cultura dominante se han dado dos regresiones:

Por una parte, la reducción de lo personal a lo biológico ha llevado a confundir la dignidad y el valor de la persona humana con el valor y la dignidad de la vida en cuanto proceso orgánico.

Y por otra parte, la separación dualista de lo personal y lo biológico, de mente y cuerpo, ha llevado a considerar el cuerpo como algo que se posee, pero que no se es, y que puede manipularse a voluntad.

«Para ambas perspectivas, pertenecer a la especie humana es un hecho biológico carente de relevancia ética: sólo sería persona el individuo de la especie humana en cuanto expresa de hecho ciertas cualidades (autonomía, autoconciencia, racionalidad, etc.), cualidades todas ellas que requieren un largo periodo de tiempo de maduración del cerebro, incluso después del nacimiento», explica.

«El carácter personal, la dignidad propia de cada ser humano, sería algo que le reconocen los demás en tanto cumple determinadas condiciones de desarrollo, senescencia, capacidad de razonar, etcétera», añade.

Esta mentalidad favorece algunas prácticas actuales como la legalización del aborto, la experimentación con embriones, la eutanasia, la eliminación de miles de embriones diagnosticados con síndrome de Down o numerosos suicidios, que en algunos países aparecen como la primera causa de muerte no natural por delante de los accidentes de tráfico.




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La encíclica Evangelium vitae constata una confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida.

«El criterio propio de la dignidad personal -el del respeto, la gratuidad y el servicio- se sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad».

«Se aprecia al otro no por lo que «es», sino por lo que «tiene, hace o produce». Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil», indica.

San Gregorio de Nisa propone una concepción de la persona humana como «imagen viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino» con un «señorío ministerial, reflejo real del señoría único e infinito de Dios».

Desde esta perspectiva, el hombre no es dueño absoluto y árbitro, sino administrador. Y su participación en la soberanía de Dios sobre el mundo se traduce en la responsabilidad, personal y social, de defender y promover, respetar y amar la vida, especialmente la que se encuentra en condiciones de mayor debilidad, como por ejemplo la del embrión.

Referencias:

En defensa de la vida humana. José Ramón Recuero. Biblioteca Nueva. Madrid 2011

Evangelium vitae

3. Ese valor exige un respeto y una protección para impedir su destrucción o manipulación, tanto en su fase embrionaria como en cualquier otra, y ello a veces puede suponer un conflicto de intereses en el que debe triunfar la verdad.

El carácter sagrado e inviolable de la vida humana (en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador) hace que nadie, en ninguna circunstancia, pueda atribuirse el derecho de matar directamente a un ser humano inocente como el no nacido, declara la Instrucción Donum vitae.

Sin embargo, algunas prácticas extendidas conllevan la eliminación deliberada de seres humanos inocentes, débiles e indefensos.

Por ejemplo, muchos embriones son utilizados para la experimentación y como material biológico o como abastecedores de órganos o tejidos.




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Al mismo tiempo, el aborto tiende a asumirse como un «derecho» hasta el punto de que el Estado lo considera legal y lo ofrece como un servicio público gratuito.

A veces, las dificultades que puede conllevar el nacimiento de un nuevo hijo o los beneficios de la «producción» de un embrión con determinadas características, llevan a poner en duda que el no nacido sea una persona.

Su vida se considera como un bien sólo relativo que, según una lógica proporcionalista o de puro cálculo, se coteja con otros bienes en juego atendiendo a la propia situación personal; los derechos del embrión disminuyen entonces para resolver más fácilmente el conflicto de intereses.




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Pero ello es contrario al respeto a la vida y amenaza toda la cultura de los derechos humanos; podría incluso poner en peligro el significado mismo de la convivencia democrática (basada en el reconocimiento de la dignidad de todos los hombres) porque se acepta la eliminación de algunos, el rechazo del más débil; las «razones de la fuerza» sustituyen la «fuerza de la razón».

La libertad debe reconocer y respetar su vínculo constitutivo con la verdad, advierte la misma encíclica; si no, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro.

«Cada vez que la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su capricho».

Contra esta injusticia, la Evangelium vitae recuerda que «el Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable, no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con sabiduría y la administre con amorosa fidelidad».

Y añade: «Sólo si nos abrimos a la plenitud de la verdad sobre Dios, el hombre y la historia, la palabra «no matarás» volverá a brillar como un bien para el hombre en todas sus dimensiones y relaciones».

Agradecemos la revisión de este artículo a Juan Luis Lorda, profesor de Antropología de la Universidad de Navarra.

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