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¿Por qué oponerse al «matrimonio gay»?

© Louise ALLAVOINE/CIRIC

Aleteia Team - publicado el 06/11/12

Si dos personas del mismo sexo se atraen y desean pasar juntas toda su vida, ¿por qué no pueden contraer matrimonio?

Ni los gobernantes, ni los legisladores ni  los jueces tienen derecho a redefinir el matrimonio desconectándolo de la alteridad sexual que está en la misma fuente de la humanidad. El matrimonio es una institución inmemorial que reconoce y enmarca el compromiso estable de un hombre y una mujer para fundar una familia. Extender el matrimonio a dos personas del mismo sexo significa imponer la indiferencia sexual como una nueva norma, cuando la alteridad está en el principio de la vida humana y de la sociedad. Es una gran injusticia con el bien común y el bien de cada uno, especialmente de los niños: ¿con qué derecho se les impone a algunos niños dos padres o dos madres?

1. El matrimonio es la unión estable entre un hombre y una mujer.

La alteridad sexual de los esposos forma parte de principios tan comunes y evidentes que son admitidos por la mayoría de personas. Sin embargo, en algunos países, la ley permite casarse a dos personas del mismo sexo. Se trata de una cuestión que provoca polémica.

En España, por ejemplo, once magistrados del Tribunal Constitucional deciden el 6 de noviembre de 2012 si este tipo de uniones son «matrimonios», en respuesta a un recurso del Partido Popular presentado en septiembre de 2005 contra la reforma socialista que permitió el «matrimonio gay».

Mientras tanto, en Francia, el presidente François Hollande pretende que el legislador pueda extender el matrimonio a las parejas homosexuales. Como destacó el cardenal Vingt-Trois ante la Asamblea de los obispos en Lourdes el pasado 3 de noviembre, «la elección presidencial y las elecciones legislativas no constituyen un cheque en blanco automático, sobre todo para reformas que afectan tan profundamente los equilibrios de nuestra sociedad».

2. El Estado y la ley pueden acomodar el matrimonio, pero no redefinirlo.

Aunque el matrimonio ha experimentado variaciones jurídicas a lo largo de la historia, siempre ha articulado los aspectos relacionados con los cónyuges y con la procreación. La paridad padre-madre se inscribe como un primer principio en la historia de la humanidad porque todo ser humano nace biológicamente hombre o mujer. Esta alteridad es indispensable para engendrar, y esencial para educar al pequeño. Padre y madre transmiten así a su hijo no sólo la vida sino la filiación, es decir, su patrimonio tanto genético como histórico, y su complementariedad.

Cuando el legislador pretende abolir la diferencia entre los sexos inventando una unión matrimonial entre dos hombres o dos mujeres y su posible «parentalidad», esto afecta en su centro al matrimonio como realidad antropológica fundadora. Es un abuso de poder.

Como resumió el cardenal Vingt-Trois en Lourdes el 3 de noviembre, «la cuestión fundamental es la del respeto a la realidad sexuada de la existencia humana y su gestión por la sociedad». En su opinión, cuando se quita la paridad estricta en numerosos ámbitos de la vida social, y se impone, en el matrimonio y en la familia donde la paridad es necesaria y constitutiva, una visión del ser humano sin reconocer la diferencia sexual, se cae en un engaño que socava uno de los fundamentos de nuestra sociedad e instaura una discriminación entre los niños.

Para el Gran Rabino Gilles Berheim, la legalización del «matrimonio gay» causa un gran daño al conjunto de la sociedad en beneficio de una ínfima minoría, una vez enturbiadas irreversiblemente tres cosas:

• las genealogías al sustituir la paternidad y la maternidad por la parentalidad.

• el estatuto del niño, que pasa de sujeto a objeto sobre el cual alguien tiene un derecho

• las identidades o la sexualización como dadas por la naturaleza tendrían que ceder el paso obligatoriamente a la orientación expresada por cada uno, en nombre de una lucha contra las desigualdades, pervertida en erradicación de las diferencias.

3. Basar el matrimonio en la alteridad sexual no es ni homófobo ni discriminatorio.

La diferencia hombre-mujer estructura la sociedad en la que la familia es la célula básica, a través de la pareja conyugal y la parental. Afirmar que el derecho al matrimonio necesita la alteridad de los sexos no es ser «homófobo». Destacando que «la igualdad no es no diferenciar», el pastor Claude Baty considera «absurdo cuestionar lo que siempre ha sido el funcionamiento normal de la humanidad, es decir, el hecho de se necesitan un hombre y una mujer para tener un hijo».

«Negar este «derecho al matrimonio» a las personas del mismo sexo no conlleva ninguna discriminación», destaca por su parte el obispo de Bayona, monseñor Aillet. Para él, toda persona merece ser reconocida y respetada en su dignidad, y esta dignidad precede la orientación sexual de la persona y reposa fundamentalmente en su identidad, que es siempre, sean cuales sean sus tendencias o su estilo de vida, la de ser un hombre o una mujer. Al contrario, es una discriminación injusta, para la gran mayoría de las parejas y para los niños a los que se les negara institucionalmente el derecho a ser adoptados por un padre y una madre, redefinir el matrimonio y la filiación en el código civil bajo la presión, después de todo, de unos pocos activistas».

4. El acceso a la procreación artificial de las personas homosexuales atenta contra la dignidad humana y el respeto a la vida.

La reivindicación del «matrimonio homosexual» incluye el acceso a la procreación artificial. Las mujeres reclaman la inseminación artificial (que oculta la identidad del padre biológico) y los hombres, los «vientres de alquiler» (mujeres que no son consideradas más que «gestantes»).

Tras el pretendido «derecho al hijo», se prepara la instrumentalización del cuerpo de la mujer y la gestación para otro corre el riesgo de ser promovida en nombre de un principio de no discriminación entre las mujeres y los hombres, incapaces estos últimos de dar a luz.

Además, la pretendida «homofiliación» alimenta el sueño del «bricolage genético» que trata de fabricar seres humanos con los genes de varios hombres o mujeres, advierte Alain y Pascale Ricaud.

5. El «matrimonio homosexual» priva al niño de sus derechos fundamentales.

¿Por qué privar a los niños adoptados del derecho a tener un padre y una madre? «Mientras el niño no puede nacer más que de un hombre y una mujer, el acceso posible a la adopción pondría jurídicamente en duda esta realidad, dejando creer que es posible nacer de dos personas del mismo sexo», constata la Unión Nacional de Asociaciones Familiares de Francia (UNAF), que pide que se mantenga el acceso a la procreación artificial sólo por razones estrictamente médicas y que se prohiba la gestación para otros.

La posibilidad de que una pareja de personas homosexuales adopte menores deja la puerta abierta a la discriminación de los niños que se ven privados de tener un padre y una madre y abre el interrogante de cómo realizar la selección de los niños que van a hogares con padre y madre o a hogares sólo con padres o sólo con madres.

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