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Evangelizar en el mundo digital. Sí, pero no a cualquier precio.

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Últimamente me está sorprendiendo la cantidad de “expectativas” que estamos depositando sobre la acción de evangelizar en el mundo digital. Es cierto que el mundo digital tiene su canal, su lenguaje, sus peculiaridades, que lo hacen distinto al mundo físico, pero creo que la “profesionalización” de algo como la capacidad de transmitir el Evangelio, sencillamente, se nos está yendo de las manos.

No sé qué opinaríamos si en la parroquia de mi barrio, o en la catedral de la ciudad, convocaran cursos de estrategia para ser mejores evangelizadores. No sé dónde quedarían los niños, o a las abuelas, o las personas sencillas que no se atreven ni a leer en la Eucaristía… No sé qué haríamos con todos ellos, que nada saben ni de estrategias, ni de planificaciones, ni de estilos… y que, simplemente, nos dirían ellas, hacen lo que creen que tienen que hacer. Ese niño, que Jesús puso en medio como ejemplo… ¿Hay algo más imprevisible, dinámico, sincero, sorprendente, incontrolable… que un niño? Estas personas son las que suelen resumir el Evangelio en algo tan sencillo y tan cristiano como pasar por el mundo haciendo el bien. Y poco más. ¿Nos serviría esto ahora? ¿Nos sirve esto en el ámbito digital? Y si no sirve, ¿por qué?

Estoy de acuerdo en aprovechar toda la potencialidad de un lugar como internet para encontrarnos con las personas en el camino de la vida, pararnos con ellas, sanarnos las heridas, amarnos, hablar de Jesús… Estoy de acuerdo en ver cuándo es mejor lanzar un mensaje, cómo hacer que ese mensaje llegue mejor, usar la imagen, predicar correctamente, compartir la propia vida… ¡Claro que estoy de acuerdo! Pero eso nada tiene que ver con profesionalizar la evangelización, con acotarla, con reservarla a un grupo de “jedis” que parecen tener la llave para abrir las puertas del cielo. No sé, hay algunas cosas para las que no tengo claridad porque me generan sentimientos contrapuestos. Es obvio que estar formado es muy importante. También lo es hacer las cosas bien, bellas y verdaderas. Pero la frontera se me presenta frágil y fina. Y me asusta.

Todo esto viene por la experiencia que he ido acumulando en estos años de vivencia en la red y por mi actividad en la misma. Miro, escucho, analizo, comparto, contrasto, discierno… y compruebo que, en mi opinión, estamos subiendo tanto el listón que, en un tiempo, la tentación de clasificar a los evangelizadores bajo criterios de social media será muy grande, lo que sería un error imperdonable. ¡Cuántas Magdalenas tenemos en twitter y en Facebook y en Instagram, que no suben las mejores imágenes, que no consiguen generar trending topics y que no aspiran más que a cambiar su vida y querer al Señor Jesús! ¡Cuán valioso es su perfume, que derrocha amor apasionado, en su sencillez más absoluta, en su imperfección, en su desconocimiento de todo lo que no sea “hacerlo por Él”!

Mi opinión es que, en el ámbito digital, como en el mundo físico, lo que cuenta es, al final, mostrar a Cristo en todo lo que hacemos y ser valientes para darnos. No cuenta si eres sacerdote, religioso, laico… No cuenta el éxito que tengas… No cuentan tus capacidades, ni tus habilidades, ni tus conocimientos… Sólo cuenta el amor. ¿Y se puede amar mejor bajo la bandera de la estrategia, de la planificación, del marketing? Yo no sé la respuesta pero intuyo que la cruz es una prueba muy dura e imperecedera, una pista de por dónde van los tiros y por dónde no.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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