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Día de los Enamorados: ¿celebrar o no celebrar?

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Es tan fácil caer en los tópicos del día de S. Valentín, que no apetece ni escribir sobre el tema. Como en muchas otras cosas, nos posicionamos en bloques como si nos estuviéramos jugando la vida y como si esta celebración, como muchas otras, dividiera a las personas en buenas o malas. No hacemos un esfuerzo ni por escuchar, ni por empatizar, ni por profundizar… aquí cada uno va a lo suyo, lanza su mensaje y punto.

En casa no solemos celebrar este día. Nunca nos ha suscitado ninguna simpatía a mi mujer y a mí, tal vez porque tampoco lo vivimos en nuestras respectivas casas y porque, sin duda, en este tipo de cosas nos parecemos. Así que S. Valentín pasa sin pena ni gloria por nuestras vidas. No es un acto reivindicativo, ni rebelde, ni purista. No lo celebramos porque nunca nos ha salido de dentro. ¡Igual somos unos aburridos! Pues no te digo yo que no. ¡Igual deberíamos celebrarlo! Pues no te digo yo que algún año no nos viniera fenomenal… Pero el caso es que no brota la pasión ni la baba sólo porque lo marque el calendario y la nueva tradición.

En los círculos eclesiales parece que nos dan alergia este tipo de celebraciones. Las consideramos tan superficiales, tan tontas, tan flojas, tan consumistas y tan… que provocan sarpullidos en más de uno. No creo que sea bueno desligarse de lo “mundano” con tanta ligereza. Creo que sería mejor acercarse, entender, escuchar y ver, comprobar que no todo ni todos actúan con flojera mental y emocional, y bendecir impulsos de las personas que son buenos, hermosos y sanos. Enamorarse no es malo, ni es el mal menor que hay que pasar para llegar al amor verdadero. Uno escucha cada cosa que a veces prefiere ni escuchar.

En otros círculos, es justo lo contrario y todo parece dirigido a consumar un aquelarre para adorar al amor libre que, curiosamente, no es el que encumbra la libertad sino la apetencia, la volatilidad, la sensualidad sobre todo y frente a todo. Realmente no celebran el enamoramiento sino más bien el sometimiento.

Pese a todo, hay jóvenes, ancianos, maduros… que hoy se harán un detalle, irán a cenar, harán el amor y se dirán un “te quiero” sincero y entrañable. La experiencia del enamoramiento es, no lo olvidemos, un viaje hacia fuera de uno mismo, hacia el otro, hacia nuestras fronteras. Es descubrir que el mundo gira de otra manera cuando mi corazón está preso. Es aceptar que soy mejor cuando me descubro desde otro y para otro. Y todo esto, en un mundo anestesiado y líquido, es algo que merece la pena celebrar.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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