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La vida misma

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En medio del barullo del parque, la nota disonante era la conversación en árabe (suponemos que sería árabe) de un padre con su hija pequeña. ¿Qué haría un adulto en una situación así? Pues nada ¿no? Seguir con lo que está haciendo, ya sea comer pipas, darle al balón o vigilar mientras su pequeña se lanza por el tobogán. ¿Qué hace una niña de dos años? Dirigirse a ellos y soltar de golpe la docena de palabras que maneja en inglés. 

A continuación, panzada a reír de los que estábamos alrededor, claro.
Eso fue solo un par de días antes de que lleváramos a Sara a una procesión en Semana Santa. La chiquilla volvió de lo más decepcionada: “No había bomberos, ni policías, ni médicos mamá”.
En el colegio han trabajado las profesiones y el tema lo tiene controlado. Pero solo tiene cuatro años y algunas letras “nos bailan”aún. Así que para mi benjamina, que está arrancando a leer, hasta hace unos días “profesión” y “procesión” eran exactamente lo mismo. Creo que después de la “Procesión del Encuentro” del Domingo de Pascua, ya ha quedado clara la diferencia entre una y otra palabra.
La Semana Santa ha dejado anécdotas muy buenas, como no podía ser de otro modo y nos hemos dado cuenta de que a la hora de explicar lo que hemos vivido, en la conversación se cuela “el lavapiés” (como el castizo barrio madrileño) en lugar de “el lavatorio”. Ay mi madre, cuántas lagunas en la formación religiosa de nuestros peques. Cuánto trabajo por hacer. @amparolatre
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