estatua que representa el perdón

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Evitar condenar a los otros (Carta Apostólica “Misericordia y Miseria”)

9 enero, 2017

El pecado de condenar: En el capítulo 8 del Evangelio de Juan, Jesús vuelve del Monte de los Olivos; sabemos que iba allí para hacer oración, y se dirige al Templo. Es allí donde los maestros de la ley y los fariseos le llevan a una mujer sorprendida en adulterio.

Todos sabemos que la situación de la mujer en la antigüedad, y todavía ahora, era bastante más desfavorable que la del hombre. Nuestros prejuicios nos llevan a ver a la mujer como alguien casi de segunda categoría.

Hay cosas que a los hombres se les permite y no así a las mujeres; por ejemplo, cuando un hombre joven sale con dos muchachas, la sociedad guiña un ojo, como diciendo “qué tipo genial”, pero si una muchacha sale con dos jóvenes al mismo tiempo, la mirada es totalmente diferente: ella es lo peor que hay.

El Evangelio nos muestra a un conjunto de hombres que intentan condenar a una mujer por adúltera, pero: ¿dónde está su cómplice? Si la mujer es adúltera, ¿no debería haber un “adúltero junto a ella”? Se condena a la mujer pero no al hombre.

Jesús debe ser el Juez de la causa. Por un lado la “pecadora”, por otro los “acusadores”. Nadie la defiende. Un rabino de su época, probablemente la condenaría. Escucharía el testimonio de los testigos y dejaría que todo siguiera su curso. ¿Para qué hacerse problema por una perdida? El orgullo masculino quedaría a salvo.

Pero Jesús no es de esos. Parece distraído. Empieza a escribir con el dedo en la tierra. ¿Qué escribiría el Señor? ¿Tal vez los pecados de la mujer? ¿O tal vez los pecados de los hombres que la acusaban? ¿O, quizás, las llamadas de atención que Dios hace en la Biblia sobre cómo debemos perdonar a nuestro prójimo? No lo sabemos, a Juan no le interesa contarlo.

-“Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”, tajante respuesta la del Señor.

Estos hombres buscaban una condena absoluta y la obtuvieron, no para ella, ni siquiera de parte de Jesús, sino para ellos y pronunciada por ellos mismos. ¡Todos somos pecadores! Esa es la verdad más absoluta. Jesús lo sabe.

No huye de un problema sin solución, sino que enfrenta una situación en donde el hombre juega a ser Dios olvidándose de su miseria. ¡Todos somos pecadores! No hay lugar para la condena en aquel que entienda que también necesita de misericordia.

Cuando condenamos estamos tan ciegos que no vemos nuestra propia maldad, nuestra incapacidad para obrar bien y lo peor de todo es que al condenar a los demás nos condenamos a nosotros mismos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” nos hace repetir la oración principal de creyente.

La misericordia junto a la miseria

-“Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no peques más”. San Agustín decía que en este relato se veía la presencia de Jesús que es pura misericordia junto a la presencia del ser humano pecador que es pura miseria. La misericordia junto a la miseria es la actitud que mas imitación tendría que tener de parte nuestra hacia Dios.

Dios se muestra siempre misericordioso porque nosotros estamos llenos de miseria. En nuestra pequeñez Dios ofrece su grandiosidad puesta a nuestro servicio. En nuestra limitación ahí está Dios para poner su infinitud. En nuestra nada, Dios pone su TODO.

Hay miles de situaciones como esta que merecen de nosotros la misma actitud de Jesús. Cuántas veces podríamos haber perdonado así, sin juzgar ni condenar, solo siendo misericordiosos con el pecador. Cuántas veces podríamos haber ayudado sin exigir que nos dieran la razón, que nos escucharan con nuestros sermones moralizantes sobre la maldad, el error, las causas de la pobreza y tantas estupideces que decimos cuando lo importante es ayudar, sea perdonando, sea siendo generosos con la pobreza y debilidad ajenas.

Se trata de ser más cristiano: no condenar, sino perdonar y tener misericordia.