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Autopsia de un amor

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No es lo mismo que un matrimonio dure muchos años a que se vivan en plenitud.

En su matrimonio, los esposos, jóvenes enamorados, sentaron las bases de su felicidad conyugal confiados en que ambos tenían buena voluntad, una formación adecuada y una capacidad afectiva sana. Les gustaba decirse todos los días que se querían y escucharlo el uno del otro aunque lo supieran.

Estaban decididos a permanecer fieles al compromiso adquirido y luchaban con la ilusión inicial para su amor creciera y la vida resultara gratificante para ambos.

Entonces… ¿dónde, cómo y cuándo se murió el amor que tenían entre sus manos?

Sucedió cuando dejaron de proteger lo más importante que tenían: el amor del otro, al darlo por hecho y no comunicarlo. Enfocados a tantas cosas y entre prisas, se acostumbraron a la compañía del otro como algo normal y merecido, dejando de considerar su amor como motor de todos sus legítimos afanes. Un motor que igual necesita de mantenimiento y combustible constantemente.

Sucedió además porque no es suficiente que los esposos se amen, sino que tienen necesariamente que saber comunicar su amor constantemente. De otra manera se engendran un sinfín de malentendidos que son como la polilla que consume la madera por dentro, sin notarse, hasta que se deshace.

En su caso, el esfuerzo y el estrés que conlleva el sacar adelante una familia y la imperiosa necesidad que tienen de buscarse la vida, les restó energía para cuidarse afectivamente. 

Y el tiempo puso de relieve para ellos dos verdades fundamentales: al hombre le basta con saberse querido, la mujer necesita sentirse querida. Verdades que no siendo atendidas enferman la relación.

Él, fiel a sus creencias sobre el matrimonio, puso su trabajo profesional por encima de casi todo, pues lo que más deseaba era ser competente en sacar adelante a la familia. Pero al hacerlo descuidó sistemáticamente los detalles afectivos.

Los recursos fluyeron con su esmerado esfuerzo, por lo que consideró que el suyo era un amor responsable y esperaba ese reconocimiento de su pareja, sin entender que lo que ella anhelaba era sentirse real y verdaderamente amada, extrañando los estrechos abrazos o aquellas miradas de complicidad con la frescura y espontaneidad de los inicios.

Pero para él ya habría tiempo para eso. Mientras, por las noches se abstraía en el trabajo que llevaba a casa o rendido descansaba viendo la televisión, envuelto en un mutismo roto con lacónicas frases para pedir atenciones.

La decepción en ella fue fácil y aguda, pues por idealismo o por mayor personalización de sus afectos, la mujer está naturalmente más inclinada a centrarse en lo verdaderamente importante para ella que es dar y recibir amor.

Comenzó así a pensar que ya no la quería. Sin lugar a dudas la confianza en su amor se empezó a deteriorar, y es que las mujeres resultan más afectadas por la carencia de amor que los hombres.

Es así que la mujer por ser más sensible, tiene toda su esperanza puesta en el amor y sufre al ver derrumbada su principal fuente de autoestima, pues para ella la identidad por la que es más apreciada por los demás y por sí misma, tiene como principal referente precisamente el amor del esposo.

En este punto, mucho se habría arreglado si ella le hubiera dicho a su esposo lo que pensaba, lo que sentía y le afectaba el que no le comunicara sus sentimientos; en vez de atacarle con argumentos hostiles, que por falta de empatía, él, ni esperaba ni comprendía.

Por ello, el esposo sin sospechar la gravedad, se instaló en la indiferencia afectiva sellada solo con el suave beso al despedirse o regresar del trabajo.

Ella entonces decidió no sujetarse y emplearse de nuevo, esforzándose en atender a sus hijos, ser profesionalmente exitosa, mientras administraba su propio dinero, asistía al gimnasio y ampliaba su mundo con gesto decidido.

Tomó una actitud reacia, fría hacia todo tipo de intimidades físicas y aún cuando el esposo en público intentaba tomarla de la mano ni siquiera ese gesto concedía.

Él le razonó con argumentos puntuales que la amaba a través de sus obras, pero lo cierto es que a ella le habría convencido más verle derramar lágrimas de tristeza en la crisis de su amor, que todo lo que pudo haber hecho aunque lo reconociera y agradeciera.

El esposo intentó entonces reavivar la vida íntima como recurso amoroso según su forma de ver las cosas, pero fue inútil, pues la mujer al contrario de la tendencia de algunos varones no suele separar amor y sexo, si no se siente querida es como si su cuerpo se bloquease, ya no puede vivir la espontaneidad de la relación en el fácil abrazo.

Él se descubrió frágil en su aparente seguridad, pues le es muy difícil enfrentar la soledad ya que en su mundo ella ya no está, y eso lo desquicia.

En la convivencia, el sinfín de malos entendidos los tensan mientras no cesan de criticarse mutuamente sin pasar por alto nada, quejándose de que querían cambiar mutuamente contra su voluntad, su modo de ser.

Pasan los años, las lágrimas van afectando cada vez menos y las reconciliaciones son cada vez más frías. Se engendra un sentimiento de desapego y critica indiferencia en donde se escucha con recelo las discordancias de la voz, la incomprensión tajante y resentida de la mirada y el rictus obstinado y egoísta en la comisura de los labios.

Finalmente optan por los sentimientos neutros que les permitan seguir viviendo juntos, cada uno en sus roles y sacar adelante los hijos sin separarse.

El encantamiento terminó hace tiempo, ahora se ven el uno al otro como el antipático desconocido con quien se unieron indisolublemente en un momento de locura.

En el matrimonio, no basta el solo empeño de la voluntad de amar al cónyuge, es necesario también conocer cómo él o ella quieren ser amados. Pero se evitarían muchos problemas si la mujer da más importancia al saberse que al sentirse amada y el hombre a expresar sus sentimientos.

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