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Once: Un musical perfecto, y no es La la land

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Maravillosa, auténtica, sensible, inteligente, con mensaje, y con una banda sonora espectacular. ¿Quieren más?

Se cumplen diez años de Once, una joya que tuvo de la mano de su mismo director un remake: Begin Again (2013). Si Once se sitúa en Dublín; esta última, en Nueva York. Si la primera es pequeña y artesanal, la segunda es más made in USA. Si la versión irlandesa tiene grano y es un poco precaria; la yanqui, es más mainstream. Si Once tiene músicos por actores; la segunda tiene actores por músicos. No es extraño, puesto que John Carney viene de la música y a ella nos lleva.

Pueden ver la una o la otra; sin embargo, Once te gana el corazón, por su banda sonora (número uno en las listas americanas durante largo tiempo), y sobre todo por su mensaje.

Grabada en vídeo e hinchada a formato fotográfico (lo verán en las luces de los coches, por ejemplo), toda su fragilidad no le resta nada; al contrario, subraya su autenticidad. Le da ese aspecto indie que se ganó el Premio del público del Festival de Sundance. En Once todo es artesanía, modestia, y a la vez perfección. Once es mágica.

¿El truco? La verdad, la autenticidad. Pones dos amigos músicos (Carney y Hansard) haciendo un guión a partir de canciones; les metes a dirigir y a actuar: guitarra en Dublín, chica polonesa (Irglová) como partenaire; generas una historia de amor entre ambos y la frustras por amor a algo más grande. Chimpón: triunfo. Necesitamos historias de sacrificio, de amor que no sean un pastelón romántico.

Así es. Glen es un joven solitario que en sus ratos libres canta y toca la guitarra en Grafton Street, esa céntrica calle de Dublín donde han empezado los grandes músicos irlandeses, U2 incluidos. Marketa vende flores en la misma calle y sabe tocar el piano. En seguida, esta se percata del talento del chico y le pregunta por el sentido de sus canciones y vida.

Glen fue abandonado por su novia, después de una relación que terminó en la mentira y el engaño; por ello vive como puede encerrado en la música y cuidando a su buen padre en un taller de reparación de aspiradores. Marketa, más o menos lo mismo: es una inmigrante que añora a su marido, con quien entró en crisis; saca adelante a su madre e hija haciendo trabajos precarios.

Poco a poco la pasión conjunta por la música les lleva a enamorarse. Gracias a formidables canciones descubriremos que anhelan un amor pleno. Tanto que se percatan de lo que realmente desean: recuperar sus anteriores relaciones. El amor puede volver a nacer. Ambos se verán llamados a afrontar lo que hay, sin refugios en escapadas románticas. Virginidad y amabilidad.

La película de Carney es un canto valiente al amor verdadero y a la familia, con personajes magníficos, como el padre de Glen (¡esto es un padre!). Vemos un despertar de nuevo al amor cierto, capaz de perdón (Glen) y abierto al mundo (última escena con Markéta). Hay en Once una propuesta nada romántica del amor. Ahora que es primavera y que la sangre altera, ahora que La la land nos habla de sacrificios diversos al de esta cinta, vale la pena ver Once.

Había una vez una película llamada Once… Vean Once, canten Once. Sin lugar a dudas, un cuento musical magnífico para nuestros días de desencuentro y con un mensaje potente: el amor es un querer el bien del otro, un alegrarse por su felicidad, no por mi plan sobre él. El amor paciente y sacrificado, pobre, todo lo cambia: al yo, al tu, y al mundo entero.

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