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¿Conoces realmente lo que sientes?

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Cada día podemos sentir una gran cantidad de emociones y lo mejor que podemos hacer es reconocer que las tenemos.

!¿Por qué tantas emociones?!” ¿Habéis oído algo similar acerca de vosotros o de alguien que reacciona exageradamente ante una situación dada, manifiesta ira y alza la voz? A veces este tipo de preguntas puede irritar aún más a la persona, porque sugiere que las emociones que siente son inadecuadas para la situación o son una evidencia de su falta de autocontrol.

La persona que pronuncia esas palabras da la señal de no aceptarlas. Da la impresión de que sabe mejor qué emociones debe tener la otra persona ante una situación dada.

De hecho, la pregunta “¿por qué tantas emociones?” es extremadamente importante para la comprensión de nuestras propias emociones y las emociones de otras personas y, en definitiva, para mejorar la calidad de nuestras relaciones con los demás. Pero me refiero a hacernos esta pregunta a nosotros mismos, no a otras personas, con una intención completamente diferente.

¿Qué son las emociones?

Las emociones forman parte de nuestras vidas. Algunas de ellas, como la vergüenza, el miedo, la ira, la tristeza, nos quitan el sueño por las noches y, a veces nos hubiera gustado que no existieran, para que no tuviéramos que experimentarlas. Ya se sabe – son desagradables. Pero, por otro lado, ¿qué sería de nuestra vida sin la alegría, la sorpresa, la excitación, la felicidad?

Cada día podemos sentir una gran cantidad de emociones. La mayoría de ellas aparecen en situaciones relevantes para nuestro bienestar general (o para nuestra supervivencia, por ejemplo, el miedo en una situación de emergencia que nos moviliza a huir o luchar).

Tratando de explicar a alguien lo que es la emoción, yo diría que es la reacción del cuerpo a un estímulo externo significativo, por ejemplo, una conversación con otra persona, un accidente, una hermosa vista, etc. o interno, por ejemplo, los recuerdos, la meditación, el dolor físico, etc.

El proceso emocional complejo incluye:

  • sentimiento emocional: algo agradable como la satisfacción o desagradable como el asco.
  • reacciones físicas y sensaciones relacionadas con ellas: por ejemplo, la sudoración, los sofocos, una punzada en el estómago, latidos rápidos del corazón.
  • procesos de pensamiento: por ejemplo, la interpretación de una situación favorable o desfavorable.
  • la expresión: expresiones faciales, gestos, cambios de postura y otras reacciones, tales como llorar, reír, gritar.

Además, cuando una emoción es sentida muy a menudo, conduce a la acción bajo su influencia como por ejemplo, saltar a los brazos de un ser querido o golpear a otra persona.

¿Para qué necesitamos las emociones?

Cada persona las siente desde que nace. Son un mecanismo natural e innato de la evolución, que no habría sobrevivido si no fuera necesario.  Pero, ¿cuáles son sus funciones?

  • Nos motivan a la acción y la encaminan: por ejemplo, buscamos el favor de la persona que nos gusta, que nos hace sentir bien, nuestro objetivo es estar con ella, llamar su atención).
  • Influyen en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos, a otras personas, en la forma en que percibimos algunos acontecimientos, lo que recordamos. Los acontecimientos que mejor se guardan en la memoria se asocian con las emociones fuertes.
  • Regulan la interacción social: es decir, mantenemos la distancia y evitamos a las personas que nos hacen temer, nos estamos acercando a las personas con las que nos sentimos cómodos, tranquilos, seguros.
  • Tienen la función comunicativa: por ejemplo, si en la expresión facial de nuestro interlocutor empezamos a percibir que está molesto o aburrido, a pesar de que esa persona no dice nada, podemos cambiar rápidamente el curso de la conversación.
  • Y, por último, las emociones son una gran fuente de información y un detector de lo que es importante para nosotros.

El uso consciente de esta última función de las emociones nos puede ayudar en la vida cotidiana.

¿Suprimir o no suprimir?

Muchos de nosotros, adultos, hemos aprendido en la infancia a ocultar y reprimir las emociones: “los niños no lloran”, “¿por qué te ríes como un estúpido”, “no te enfades”, etc. Incluso si no hemos experimentado prohibiciones en la expresión de las emociones, por lo general en nuestros hogares o en la escuela no se hablaba de ellas con libertad.

Actualmente, ha habido un gran cambio. ¡Y por suerte! Los padres que conozco son más conscientes de que vale la pena hablar de emociones y se lo enseñan a sus hijos.

Hemos establecido en la primera parte del artículo que las emociones son naturales, innatas, necesarias. Por lo tanto, pretender que no existen no tiene sentido. Negar las emociones e intentar suprimirlas puede incluso conducir a enfermedades psicosomáticas. Lo mejor es aprender a hacerlas frente. Garantizo que esto mejorará la calidad de nuestra vida.

La aceptación de las emociones

El primer paso para hacer frente a las emociones es aceptarlas. Ya que si las emociones aparecen simplemente, a menudo sin contar con nuestra voluntad, lo mejor que podemos hacer es reconocer que tenían el derecho a aparecer. Y este reconocimiento implica tanto para nosotros, como para la persona con la que estamos hablando.

Esto no significa necesariamente la aceptación total de las acciones que hemos tomado bajo la influencia de las emociones – en esto ya tenemos control, tenemos la opción de elegir nuestro comportamiento. Separemos la emoción como tal de las acciones derivadas de ella. Tratemos de reconocer lo que sentimos y conseguiremos a domar las emociones y a comprenderlas mejor. Aceptemos el hecho de que el sentimiento dado apareció en nosotros (o en otra persona).

Si quieres conocerte, escribe un diario 

Cuando aceptemos el hecho de que las emociones existen simplemente, podemos empezar a contemplarlas abiertamente y con curiosidad.

Os animo a escribir “el diario de las emociones” durante un cierto tiempo, por ejemplo, durante un mes. En el diario escribimos cada día lo que sentimos ese día. Esto se puede hacer en forma de tabla nombrando las columnas de la manera siguiente

  • ¿Lo que he sentido (nombre de la emoción)?
  • ¿Qué sensaciones físicas me acompañaban (las señales del cuerpo)?
  • ¿Qué situación provocó en mí esta emoción (la causa)?
  • ¿De qué me informa esta emoción (la información que me proporciona sobre mí, mis valores, necesidades, relaciones con esa persona)?

Las dos primeras preguntas son complementarias. Nombrar las emociones ayuda a comprender lo que está sucediendo con mi cuerpo en ciertas situaciones (¿por qué de repente me tiemblan las manos?, ¿por qué siento la tensión en los músculos del cuello?). Por otro lado, el conocimiento de las señales del cuerpo, a veces ayuda a entender lo que sentimos (por ejemplo: el estrés, la ira, el miedo o la impotencia).

Encontrar la causa de las emociones ayuda a identificar las situaciones que desencadenan en nosotros sensaciones específicas. Sabiendo lo que nos espera, podemos prepararnos mejor para aceptar las emociones que pueden surgir.

La pregunta “¿qué me dice esta emoción?” o “¿para qué aparece esta emoción en mí?” amplía la perspectiva y le permite liberarse de la creencia de que las emociones “no tienen sentido”. Por ejemplo, sentir la ira puede significar que ha sido violada nuestra necesitad de respeto.

Cuando sentimos envidia, nos podemos hacer una idea de lo que nos falta o que cualidades no aceptamos en nosotros mismos (y preferiríamos ser como otra persona).

Cuando sentimos tristeza, añoranza, o viceversa – la alegría y satisfacción, podemos averiguar sobre qué (nuestros valores) o quién (personas) es verdaderamente importante para nosotros.

Los sentimientos intensos y frecuentes hacia ciertas personas, tanto positivos como negativos, nos informan acerca de lo importante que es para nosotros esta persona.

El trabajo con nuestra emotividad es un proceso

Nuestra relación con las emociones, probablemente, no la cambiaremos en un día. La propuesta de llevar el “diario de las emociones” todos los días durante al menos un mes, nos ayudará a ver en la práctica cómo funcionan las emociones y que tienen su significado. Gracias a ello, nuestra relación con las emociones comenzará a cambiar. Vamos a empezar a experimentar conscientemente las situaciones emocionales, y las entenderemos mejor.

Y esta es la base necesaria para desarrollar aún más la capacidad emocional, como la regulación de las emociones y la empatía. Cuando alguien nos haga de nuevo la pregunta retórica “¿!por qué tantas emociones!?”, esta vez seremos capaces de responder de manera clara y objetiva.

 

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