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Louis Vuitton: el artesano que nunca se rindió

Shutterstock / Sorbis
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Cómo pasó de ser un aprendiz al dueño de su propio imperio de maletas

Su monograma es fácil de encontrar. Sabemos que es una de las firmas de lujo más famosas porque es también de las más copiadas. Sin embargo, el origen de su fundador, Louis Vuitton, dista mucho de una historia llena de privilegios, aunque sí de mucho esfuerzo, trabajo constante e inspiración.

Nació un 4 de agosto de 1821 en un pequeño pueblo de Francia llamado Anchay y provenía de una familia de clase trabajadora. Su padre era granjero y su madre confeccionaba sombreros. Ella murió cuándo él todavía era un niño y su padre se casó, según cuentan sus historiadores, con una mujer que tenía unos métodos de crianza muy parecidos a la madrastra de Cenicienta.

 

Vuitton entonces decidió huir a París cuando tenía tan sólo 13 años, completamente solo y sin ningún medio de transporte que no fueran sus pies. Por eso tardó tres años en llegar a la capital francesa y en el camino tuvo que tomar todo tipo de trabajos que le permitieran comer y dormir de forma decente.

Al llegar se encontró con un panorama un poco devastador. Era la época de la polémica revolución industrial y había pobreza y un sinfín de enfermedades. Pero en ningún momento el joven Vuitton se desanimó o se rindió y, al poco tiempo, consiguió trabajo como aprendiz de un renombrado fabricante de maletas (que en esa época se trataba de cajas y baúles) llamado Monsieur Marechal.

En el siglo XIX éste era un oficio muy respetable y él se convirtió en un par de años en uno de los artesanos más buscados, sobre todo por la clase alta parisina. Entonces llegó el golpe de estado de Napoleón Bonaparte III y, con él, un golpe de suerte para Vuitton. La esposa del emperador, la condesa española Eugenia de Montijo, lo contrató para que fuera su fabricante de maletas oficial, ya que para ella era vital que su fina vestimenta fuera siempre trasladada de la forma más exquisita.

Por supuesto, esto no sólo lo lanzó a la fama, sino que le dio una nueva cartera de clientes de miembros de la realeza y de la élite francesa que lo acompañaron el resto de su vida.

En 1854 Louis Vuitton conoció al amor de su vida, Clemence-Emilie Parriaux, una chica de 17 años que enseguida lo motivó a querer vestirse mejor y más acorde a su nuevo cargo, pero más importante, a crear su propia empresa.

A los cuatro años de abrir su primera tienda en París, presentó una verdadera innovación para su tiempo: un baúl que no estaba hecho con el tradicional cuero sino con una lona gris que era mucho más liviana, duradera e impermeable ante el agua y los malos olores.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fue su forma, no era redondeado como solían ser los equipajes de esa época, sino un cajón rectangular que era mucho más fácil de transportar (sobre todo considerando los nuevos medios de transporte como los trenes) y daba más espacio útil para almacenar. Fue un éxito tan rotundo que tuvo que crear una fábrica más grande en Asnieres, una villa a las afueras de París, desde donde atendió no sólo los requerimientos de los aristócratas franceses sino de todo el mundo.

Pero no crean que todo fue color de rosas hasta su muerte. Louis Vuitton tuvo que lidiar con los efectos de la guerra franco-prusiana que de forma directa amenazó también su negocio. Su fábrica en Asnieres fue totalmente destruida, se robaron los equipos y su personal estaba completamente disperso.

Nuevamente Vuitton mostró la entereza de aquel niño de 13 años y puso su mayor esfuerzo para poder abrir una nueva tienda en otra dirección. Meses después abrió su nueva boutique en 1 Rue Scribe, en pleno corazón de la nueva París, dándole mayor estatus. Además, se reinventó con un nuevo baúl que consistía en una lona beige con rayas rojas que enseguida se convirtió en un objeto de deseo de las clases más pudientes.

Las siguientes dos décadas, Louis Vuitton siguió trabajando desde allí hasta su muerte en 1892, a los 70 años. Su legado nunca se perdió porque hizo de su compañía un asunto familiar. De hecho, fue su hijo Georges quien creó el icónico monograma LV y las patentes mundiales de la marca (porque ya desde esa época mucha gente trató de imitar sus productos).

Hoy en día la firma pertenece al grupo LVMH y, aunque se ha expandido hacia la creación de carteras, vestimenta y joyería, sus maletas y bolsos de viaje siguen siendo su esencia y razón de ser. Quería compartir con ustedes esta historia porque para mí el valor de esta marca no está en el precio de sus productos, sino en la travesía de su fundador que nunca se rindió.

 

 

 

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