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“Los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos”

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«El vacío que encuentra un inmigrante cuando llega no lo crea él». El otro «nos hace darnos cuenta de que la sociedad no tiene algo atractivo que ofrecer como alternativa a la violencia terrorista». Y los problemas, «no los crean los otros», que, al contrario, son preciosos porque «nos hacen conscientes de los problemas que tenemos». Lo afirmó Julián Carrón, presidente de la fraternidad Comunión y Liberación (CL), en una entrevista con la revista española Jotdown

El sucesor de don Luigi Giussani, al hablar de crisis de las sociedades, comenzó denunciando el derrumbe de «ciertos pilares que creíamos inamovibles. Pensemos en los inmigrantes, en la reacción de muchas personas respecto al fenómeno de los refugiados. Quién iba a imaginar, solo hace algún decenio, que podríamos levantar muros en Europa después de haber deseado durante tantos años abatir el Muro de Berlín». Carrón invitó a pensar en el «vacío que domina en la sociedad, que después se puede transformar, como vemos, en terrorismo, en violencia. O vemos cómo reaccionan Estados Unidos o Europa ante los grandes desafíos de nuestro tiempo. Esta situación genera inseguridad y miedo, como decía Bauman». 

Y después, una reflexión sobre los valores: «¿Qué son los valores? Son las cualidades que nos hacen mejores personas. La libertad, la generosidad o la solidaridad son cosas muy queridas y fundamentales en nuestra civilización». Los valores, insistió, nos permiten abrazar la diversidad del otro, nos facilitan relacionarnos con los que son diferentes, nos permiten salir de nuestros esquemas predefinidos, en definitiva: hacen la vida más humana, menos dura».  

Según el líder de CL, «el reto ante el que estamos todos es encontrar las nuevas bases para la convivencia». Y es por ello que le parece muy interesante la observación de Bauman con respecto a los desafíos de la inmigración: «Podemos construir todos los muros que queramos e intentar mandar a casa a todos y, cuando hayamos mandado a todos los que no nos gustan, empezaremos a darnos cuenta que todavía no hemos empezado a poner las bases para afrontar los problemas que tenemos. Porque los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos. El vacío que encuentra un inmigrante cuando llega no lo crea él. El —insistió— otro nos hace darnos cuenta de que la sociedad no tiene algo atractivo que ofrecer como alternativa a la violencia terrorista». 

Esa falacia, recordó, «solo se rompe si uno de los interlocutores no responde a la amenaza del otro con la misma moneda. Yo pienso que el otro es un bien, porque independientemente de que estés de acuerdo o no estés de acuerdo con sus ideas, o de cómo el otro te perciba, a mí siempre me hace madurar». Y reveló que «muchas veces he vuelto a casa herido porque algunas cosas que decía una persona me habían molestado y al día siguiente me levantaba con ellas, y no podía leer el periódico o escuchar a un amigo o leer algo que me interesara sin el dolor producido por esa herida. Esto no quiere decir que el otro tuviera razón. A veces podría no tenerla, pero no era esa la cuestión. Su provocación me ha ayudado a estar despierto, a estar atento, a tener preguntas abiertas con las que poder interceptar respuestas que de otra manera me hubieran pasado absolutamente inadvertidas». Por ello, «cualquier ocasión de estas ha sido un bien para mí. Y esto no es porque todo sea de color de rosa, no es porque todo sea melifluo, sino porque la relación con el otro siempre es una relación dramática, incluso con las personas que quieres. ¿Por qué? Porque me desafían, porque no son una prolongación de mí mismo: son una alteridad, y la alteridad siempre te provoca. Una crisis, dice Hannah Arendt, siempre nos hace volver a las preguntas y por tanto puede ser una ocasión de crecimiento». 

Carrón también dedicó algunas reflexiones a los jóvenes y la fe: «muchas veces lo que se ha entendido como cristianismo no es más que una serie de reglas éticas o de aspectos sentimentales o formalismos religiosos que no tienen la capacidad de fascinar o atraer la vida de nadie. Yo conozco personas que no han tenido ningún tipo de relación con la fe en su familia o en su tradición y, cuando se han encontrado delante un cristianismo vivo, a través de personas, o familias, o realidades sociales en las que ven de qué modo la vida puede ser cambiada, no tienen ningún problema en abrirse a la fe, secundando el deseo que nace en ellos de no perderse la belleza de lo que están viendo». 

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