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Loving, una película sobre lo extraño y sencillo que es el amor

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Como telón de fondo, los años 50 y la segregación racial. Pero es más que eso...

A veces da la sensación de que convirtiésemos las películas en deportistas compitiendo en nuestros particulares Juegos Olímpicos. A ésta le concedemos la marca mínima para participar en las pruebas de natación aunque seguramente se ahogue y nos olvidemos de ella en una o dos semanas, a esta otra la devolvemos al olvido porque le han faltado centésimas de segundo en los 100 metros lisos y por habernos pillado con la cabeza en demasiadas cosas trascendentales (como Dreyer & Co)…

Y hay muchas más de las que nos burlamos cuando las vemos intentando jugar en la liga coreana de ping pong o entre las élites austriacas de lanzamientos de martillo. Con lo que no contamos es con encontrarnos con películas que nos pongan a prueba a nosotros, cuestionando nuestros reflejos y -por supuesto- nuestra capacidad para ver más allá de lo que se supone que ya hemos visto hasta entonces.

Loving puede verse así, como los particulares Juegos Olímpicos de Jeff Nichols. Es la prueba para decidir si lo convertimos en un autor como la copa de un pino teniendo en cuenta lo difícil que resulta alcanzar ese estatus dentro del cine mainstream de hoy en día, o si lo degradamos a la categoría “quieronopuedista”, ni delfín de Steven Spielberg, ni nueva sabia indie, y ni siquiera una tercera vía entre ambos.

Aquí no hablamos de rencillas familiares como las de Shotgun Stories (2007), ni de iluminados como el de Take Shelter (2011), ni de modernos piratas como el de Mud (2012), y tampoco de nuevos mesías como el de Midnight Special (2016).

Los protagonistas de Loving (Ruth Negga y Joel Edgerton) no son personajes nuevos o con algo novedoso que contarnos. Él es blanco y ella es negra, se quieren y deciden casarse en Washington DC en 1958 porque saben que donde viven, en el Estado de Virginia, los matrimonios interraciales van contra la Ley; lo que no saben es que al regresar a casa les esperan la cárcel, un juicio injusto y una especie de exilio.

¿Vale de algo decir que hablamos de hechos reales? Quizás no. A estas alturas estamos tan acostumbrados al enorme número de negros y blancos que cambiaron el rumbo de la historia en Estados Unidos, que una película más difícilmente sobresaldrá sólo por apelar a nuestro sentido de la trascendencia y los grandes discursos.

A Nichols, desde luego, no le interesa manipular nuestros sentimientos colocando una historia doméstica en el centro de un gran fresco histórico, de ahí que nos invite a ser ligeros y practicar el salto de altura. Su película no pretende que entendamos las virtudes del amor para admirar un puñado de imágenes dispuestas a dinamitarlo, con policías malísimos, vecinos cobardes, abogados corruptos y un montón de lluvia colándose por las goteras de una casa.

No. Lo que quiere invitarnos a observar es lo extraño que es el amor, su fragilidad, la dulzura de una mujer enamorada de un hombre áspero, el mundo entero hablando mientras ellos callan o susurran, el paso de las estaciones y la llegada de los hijos, la vida en la ciudad y en el campo…

En Loving se desplaza todo lo que suele ser accesorio en las películas grandilocuentes, colocado aquí en su centro; y todo lo que en otras películas ocupa el centro pasa a la periferia del relato. Cuando el caso de los protagonistas llega al Tribunal Supremo, ellos prefieren quedarse en casa y perderse la fiesta; cuando un fotógrafo de la revista Life (Michael Shannon) los visita, se olvidan de posar y prefieren compartir con él la cena.

La fama, los flashes y los discursos les producen la escarlatina, conformes con habitar su pequeño mundito, donde no hay que esperar una obra maestra, tan sólo una película diminuta capaz de conmover a los espectadores si todavía tienen sangre fluyendo por sus venas.

Sus personajes son pequeños, se ven confundidos por el revuelo que causa su caso (como queriendo decirnos que, al fin y al cabo, todos luchamos), y a veces flaquean y lloran, pero en ningún caso se ponen soberbios, porque como seres de ficción carecen de superpoderes o carisma, seguramente para recordarnos que antes de formar parte de una película eran reales y nunca ganaron una medalla por ninguna de sus “proezas” en formato miniatura.

Temas de este artículo:
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