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Vivir de noche: Una radiografía de la fascinación de los americanos por la mafia

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Lección gangsteril de un contenido Ben Affleck que casi pide perdón por ser el malo

“Que yo recuerde, toda mi vida quise ser un gángster”. El pensamiento no es mío sino del protagonista (Ray Liotta) de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990, Martin Scorsese), donde el carácter extremo de la violencia -casi como el de un cartoon o la obra de Sam Penkinpah- empujaba a tomársela a broma, un chiste excesivo contado entre amigos, convirtiéndose de esa manera en un elemento tan propio del cine negro como del cine cómico, y quizás también en algo muy enraizado y natural en la sociedad estadounidense, que lo consume a diario en la realidad y en la ficción.

Puede decirse que las fantasías de poder, riqueza y lujuria de los norteamericanos, además de las maneras alternativas para conseguir todo eso sin necesidad de esforzarse o estudiar en Harvard y Yale, quedan reflejadas en las películas sobre la mafia a través de conflictivas relaciones familiares, el adulterio como algo inevitable en los matrimonios, y el crimen como una consecuencia de las desigualdades provocadas por el imperialismo capitalista.

Ben Affleck, al menos, así nos lo hace creer a través de Joe Coghling, su personaje en Vivir de noche, también dirigida por él y su segunda adaptación de una novela de Dennis Lehane. En ella interpreta al hijo de un policía modélico (Brendan Gleeson), que regresa de la Primera Guerra Mundial para encontrarse con un oscuro futuro. “Me fui como soldado y ahora me he convertido en un extraño”, dice antes hacer bueno aquel axioma de Jean-Luc Godard, para quien una película sólo necesita “una pistola y una mujer”.

Y en adelante su meteórica carrera como fuera de la ley le lleva de Boston a Tampa (en Florida), a traicionar o matar a quien se le ponga por delante, a luchar contra la policía, la competencia y el Ku Klux Klan, mientras se enamora primero de la novia de un gángster (Sienna Miller), luego de la hija de un sheriff (Elle Fanning) y finalmente de una negra cubana (Zoe Saldaña).

Por supuesto, Joe es cada vez más brutal y sus actos más feos, aunque a lo largo de la película Ben Affleck siempre nos lo muestre igual de guapo y bien dispuesto, en una interpretación contenida como la que desplegó en El contable (The Accountant, 2016, Gavin O’Connor), casi pidiendo perdón por querer convertirse en una estrella o recordándonos que no pretende robarnos nuestro dinero con espectáculos descerebrados y que al menos con las películas que él mismo dirija siempre intentará ofrecernos productos de una calidad mínima asegurada.

Si lo pensamos de esa manera, podemos ver a Joe como el cómplice de la carrera comercial de Affleck, en busca de dólares y fama, y a Affleck como la némesis de Joe, a quien en el fondo desea destruir desde el principio, aunque antes lo haga disfrutar en el parque de atracciones del cine negro, disparando, esquivando balas, peleándose con tipos muy duros y conquistando a chicas guapas que suelen ser también muy peligrosas.

Si Henry Ford o Nelson Rockefeller encarnaron el sueño norteamericano del self-made man (del hombre hecho a sí mismo), los protagonistas de los clásicos del cine negro podrían entenderse como versiones degradadas de los anteriores. De algún modo, el crimen organizado en Estados Unidos se desarrolló a medida que el país fue dejando atrás su pasado agrario, para convertirse en un imperio industrial; y a medida que la población fue abandonando las pequeñas comunidades rurales y se comenzó a establecer en los grandes núcleos urbanos.

No resulta extraño que un mundo como el del séptimo arte se interesase por los gángsters, al fin y al cabo muchos de los productores más importantes habían conseguido sus enormes fortunas y su desproporcionado poder gracias a la ayuda de organizaciones al margen de la ley. Había muchas fiestas, de hecho, en las que los criminales y la gente del cine se mezclaban. Bugsy Spiegel, el jefe del sindicato del crimen en la Costa Oeste, no sólo era famoso entre las estrellas de Hollywood sino que además vivía en Beverly Hills. Y el actor George Raft conocía personalmente a Al Capone.

Buena parte de los nuevos criminales en las películas y en series de televisión como The Wire no tienen lazos estrechos ni con sus familias ni con sus amigos. Para ellos, todo consiste en aprovechar al máximo cada segundo de su vida, porque nunca saben cuánto les va a durar lo que han conseguido. Ya no tienen mucha relación con los antiguos héroes trágicos de antaño. Tampoco aspiran a controlar el mundo de la política, ni a crear familias, porque viven en un mundo más provisional.

Como Ben Affleck en Vivir de noche, han dejado de tener tintes épicos y ahora comienza a ser profundamente nihilistas, convertidos en signos difíciles de decodificar porque cada vez resulta más complicado saber si critican o glorifican aquello que encarnan, si intentan ser imágenes únicas o se conforman con ser únicamente imágenes.

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cine
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