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“La misión no es proselitismo; no a la arrogancia”

Llamado de Francisco a «anunciar el Evangelio con mansedumbre y firmeza, sin arrogancia o imposición». Después de la misa con la administración del bautismo a un grupo de bebés en la Capilla Sixtina, a las 12 del día Francisco se asomó desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se reunieron en la Plaza San Pedro, a pesar de que fuera uno de los días más fríos del año. Y dijo al respecto: «En estos días de tanto frío pienso y los invito a pensar en todas las personas que viven en la calle, golpeadas por el frío y muchas veces por la indiferencia. Por desgracia algunos no sobrevivieron. Recemos por ellos y pidamos al Señor que nos caliente los corazones para poder ayudarlos».

«Esta fiesta nos hace volver a descubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir de pecadores salvados por la gracia de Cristo, incluidos realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, acogidos en el seno de la Madre Iglesia, vueltos capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras —sostuvo Jorge Mario Bergoglio. Que la Virgen María nos ayude a todos nosotros los cristianos a conservar una conciencia siempre viva y con reconocimiento de nuestro Bautismo y a recorrer con fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacer».

El Papa recordó que «la verdadera misión nunca es proselitismo, sino atracción hacia Cristo, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos». Por ello, insistió el Pontífice, «a imitación de Jesús, pastor bueno y misericordioso, hagamos de nuestra vida un testimonio alegre que ilumine el camino y lleve esperanza y amor».

Francisco subrayó que «en el contexto de la fiesta del Bautismo del Señor, hoy por la mañana he bautizado a un buen grupo de recién nacidos». Y exhortó a los fieles a rezar por sus familias. «También ayer por la tarde —reveló— bauticé a un joven catecúmeno, y me gustaría extender la oración a todos los padres que en este periodo se están preparando para el Bautismo de uno de sus hijos, o lo acaban de celebrar. Invoco al Espíritu Santo sobre ellos y sobre los niños, para que este Sacramento, tan simple y al mismo tiempo tan importante, sea vivido con fe y con alegría. Quisiera también invitar a unirse a la Red Mundial de Oración del Papa, que difunde, incluso a través de las redes sociales, las intenciones de oración que propongo cada mes a toda la Iglesia. Así se saca adelante el apostolado de la oración y se hace crecer la comunión».

Francisco comentó la liturgia de la Palabra: «Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio nos presenta la escena que se verificó en el río Jordán: en medio de la multitud penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el Bautismo también está Jesús, haciendo cola —afirmó el Papa—; Juan quisiera impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesito ser bautizado por ti”. El Bautista, de hecho, está consciente de la gran distancia que hay entre él y Jesús». Pero Jesús, insistió Francisco, «vino justamente para colmar la distancia entre el hombre y Dios: si Él está completamente de la parte de Dios, también está completamente de la parte del hombre, y reúne lo que había sido dividido». Por ello, «pide a Juan que lo bautice, para que se haga toda justicia y se lleve a cabo el plan del Padre, que pasa a través de la vía de la obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, la vía de la humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos».

Después, prosiguió Jorge Mario Bergoglio, «en el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se escucha desde lo alto: “Este es mi Hijo, el amado: en Él he puesto toda mi predilección”. Y, al mismo tiempo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que comienza públicamente su misión de salvación». Una misión, recordó el Papa, «caracterizada por el estilo del siervo humilde y manso, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: “El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad”. Siervo humilde y manso, he aquí el estilo de Jesús y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo».

Después de la oración mariana, Francisco saludó a los peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro, en particular al «grupo de jóvenes de Cágliari, a quienes animo a a proseguir el camino comenzado con el Sacramento de la Confirmación, y a quienes agradezco porque me ofrecen la ocasión para subrayar que la Confirmación no es solo un punto de llegada (como algunos dicen: “el sacramento del adiós”), es sobre todo un punto de partida en la vida cristiana, adelante con la alegría del Evangelio. Les deseo a todos un buen domingo y por favor no se olviden de rezar por mí».

 

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