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Al cerrar 2016, el Papa contra “privilegios y amiguismos”

La “lógica del pesebre” no se centra en el privilegio, en las concesiones ni en los amiguismos. Es la lógica divina, la lógica del encuentro, de la cercanía y la proximidad. En su última celebración del año, el Papa insistió en recordar el estilo de Jesús: la pequeñez. Al celebrar las vísperas en la Basílica de San Pedro, también recordó a los jóvenes. Lamentó la paradoja de una sociedad moderna que pretende idolatrar la “eterna juventud” por un lado, mientras por otro condena a los jóvenes al desempleo, a la precariedad y a la falta de oportunidades.

Todavía contaminado del espíritu navideño, Francisco recordó la fragilidad del recién nacido. Advirtió que, en Jesús, Dios “no se disfrazó de hombre” sino que se hizo hombre concreto, no se quedó encerrado “en un estado de idea o de esencia abstracta”, él quiso estar cerca de todos aquellos que se sienten perdidos, avergonzados, heridos, desahuciados, desconsolados o acorralados.

“El pesebre nos invita a asumir esta lógica divina. Una lógica que no se centra en el privilegio, en las concesiones ni en los amiguismos; se trata de la lógica del encuentro, de la cercanía y la proximidad. El pesebre nos invita a dejar la lógica de las excepciones para unos y las exclusiones para otros. Dios viene él mismo a romper la cadena del privilegio que siempre genera exclusión, para inaugurar la caricia de la compasión que genera la inclusión, que hace brillar en cada persona la dignidad para la que fue creado”, indicó.

Pero pidió no ser ingenuos, porque los cristianos son tentados para vivir en la “lógica del privilegio”, que “aparta-apartando”, que “excluye-excluyendo”, que “encierra-encerrando los sueños y la vida de tantos hermanos nuestros”. Llamó a los fieles a admitir que no pocas veces parecen “miopes” o quedan presos de la actitud “altamente integracionista” de quien quiere hacer entrar por la fuerza a otros en sus propios esquemas.

Invocó para todos la luz que los ayude a aprender de los propios errores para mejorar y superarse, esa luz que nace de la humilde y valiente conciencia del que se anima, una y otra vez, a levantarse para volver a empezar.

“Al terminar otra vez un año, nos detenemos frente al pesebre, para dar gracias por todos los signos de la generosidad divina en nuestra vida y en nuestra historia, que se ha manifestado de mil maneras en el testimonio de tantos rostros que anónimamente han sabido arriesgar. Acción de gracias que no quiere ser nostalgia estéril o recuerdo vacío del pasado idealizado y desencarnado, sino memoria viva que ayude a despertar la creatividad personal y comunitaria porque sabemos que Dios está con nosotros”, siguió.

Más adelante señaló que en el pesebre se encuentran los rostros de José y María, jóvenes cargados de esperanzas e inquietudes, que miran hacia delante con la no fácil tarea de ayudar al niño-dios a crecer. Y entonces alzó un clamor por los jóvenes y pidió a la reflexionar cuál es el rol de ellos, con quienes se tiene “una deuda”.

“Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenando a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana. Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y condenamos a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas”, añadió.

Entonces llamó a no ser como el posadero de Belén, que ante la pareja de muchachos dijo: “no hay lugar”. Instó a todos a asumir el compromiso, por poco que parezca, de ayudar a los jóvenes a recuperar, en su patria, horizontes concretos de un futuro a construir. Precisó que si se quiere apuntar a un futuro que sea digno para ellos, sólo se podrá lograr apostando por una verdadera inclusión: esa del trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Insistió que mirar al pesebre desafía a ayudar a los jóvenes para que no se dejen desilusionar frente a las inmadureces de los más grandes y estimularlos a que sean capaces de soñar y de luchar por sus sueños.

“El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido. Mirar el pesebre es animarnos a asumir nuestro lugar en la historia sin lamentarnos ni amargarnos, sin encerrarnos o evadirnos, sin buscar atajos que nos privilegien. Mirar el pesebre entraña saber que el tiempo que nos espera requiere de iniciativas audaces y esperanzadoras, así como de renunciar a protagonismos vacíos o a luchas interminables por figurar”, señaló.

Y precisó: “Frente al año que termina qué bien nos hace contemplar al niño-dios. Es una invitación a volver a las fuentes y raíces de nuestra fe. En Jesús la fe se hace esperanza, se vuelve fermento y bendición: Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría”.

Al terminar la celebración, el Papa se trasladó hasta la Plaza de San Pedro donde visitó el nacimiento monumental y el árbol de Navidad de 25 metros de altura que fueron colocados junto al obelisco central y saludó a algunos peregrinos que se acercaron espontáneamente.  

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