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“El hombre en el castillo”: lo que pudo haber sido y no fue teme la alternativa

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Si la historia hubiera evolucionado de otra manera...

Ucronía distópica.

Tomen nota de esos dos términos porque son los que describen el telón de fondo de esta serie que adapta con acierto, especialmente al ampliar el universo que se nos muestra, la novela homónima de Philip K. Dick, el autor en cuyos escritos se basan películas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Paycheck (John Woo, 2003), A scanner darkly (Richard Linklater, 2006), Next (Lee Tamahori, 2007), Destino oculto (George Nolfi, 2011), Total Recall (Len Wiseman, 2011),…

Una ucronía es una historia ambientada en una línea temporal distinta de la que realmente sucedió. Una distopía es una organización social o política indeseable por sus objetivos o efectos. Y esto es lo que sucede en El hombre en el castillo.

Nos encontramos en 1962. Alemania ganó la IIª Guerra Mundial y conquistó dos terceras partes de Estados Unidos de América, en concreto desde la Costa Este hasta Texas, un territorio que ahora se denomina Gran Reich Nazi.

El tercio restante se divide entre un área dominada por el imperio nipón denominada Estados Japoneses del Pacífico y la estrecha franja que queda, la Zona Neutral, queda asfixiada por las dos potencias ganadoras del conflicto y amenazada por la amenaza tanto de la propia convivencia entre refugiados como de la posibilidad de expansiones desde ambos flancos, por no hablar de la posibilidad incluso de una confrontación entre ambos.

En esa situación, aparecen una serie de películas consideradas subversivas por el régimen nazi puesto que muestran los efectos de una hipotética derrota de Alemania y Japón en la IIª Guerra Mundial.

Cuando esto aparece en la serie impacta mucho más que en la novela por la mera razón de que vemos como inexplicable ficción (en la metarrealidad de la trama) los testimonios gráficos reales y archiconocidos de la victoria aliada: desembarco de Normandía, bomba atómica, explosión de la esvástica en el estadio olímpico de Berlín, celebración de la victoria en Times Square…

El conflicto surge entre el régimen nazi que quiere hacer desaparecer a toda costa dichas películas y quienes desean conocer la naturaleza de las mismas, y especialmente de la persona obsesionada con reunirlas todas ellas, el hombre en el castillo al que se refiere el título.

Y dicho conflicto se acentúa cuando una de las personas que ha tenido la oportunidad de visionarlas llega a la conclusión de que lo que en ellas se muestra se corresponde con una realidad alternativa, que son un vistazo a cómo deberían haber sido las cosas, por tanto suponen un atisbo de esperanza ante la opresión que se vive en esa ucrónica y distópica Norteamérica.

La serie mantiene un ritmo pausado pero inexorable y va desgranando capítulo a capítulo sorprendentes revelaciones, concluyendo la primera temporada con la explicación del propio título y en todo momento manteniendo vivo el interés del espectador por explorar un mundo extraordinariamente bien ambientado en esos años 60 en que Nueva York está a la sombra de un edificio ominoso coronado con el águila nazi y la esvástica en lugar del que en la realidad ocupan las Naciones Unidas, mientras que la Costa Oeste, con sus funcionarios imbuidos de espíritu zen, semeja el Tokyo reconstruido de la posguerra.

En las ucronías, el llamado “punto Jonbar” es el momento en el que las dos líneas temporales se separan a partir de un suceso que tiene dos posibles resultados.

En el caso de El hombre en el castillo ese acontecimiento es el asesinato de Franklin Delano Roosevelt en Miami en 1933, lo que hace que acceda a la presidencia del país John Nance Garner, quien no ayuda a desarrollar una política bélica y científica como la que tuvo lugar en la realidad, por tanto son los alemanes quienes consiguen llegar antes a desarrollar una bomba atómica con la que atacan Washington D.C. el 11 de diciembre de 1945, eliminando la cúpula política y militar estadounidense y llevando a la victoria nazi en 1947 y a la ejecución de Stalin en 1949.

Los amantes de la historia pueden asomarse a una versión alternativa de nuestro mundo mientras que los interesados por la ficción fantástica y el suspense con trasfondo heredero del belicismo de las potencias del Eje podrán transitar la posibilidad de que la historia que conocemos hubiera evolucionado de otra manera.

Y el espectador medio tendrá la oportunidad de disfrutar de una serie televisiva distinta, posible gracias a esta etapa de plenitud de la ficción por entregas semanales que permite acceder a historias que hace una década seguían confinadas al territorio de la literatura o el cómic, incapaces de recibir la confianza (y sobre todo el presupuesto) que les permitiera convertirse en realidad.

Temas de este artículo:
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