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El “clic” del alcohólico: Así dejé de beber

Erich Ferdinand-CC
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“Sé que el dolor que me he infligido a mí mismo y a los demás sólo se puede vencer con amor"

Reconocerse alcohólico no es fácil. A menudo los demás lo advierten antes que uno mismo, al ver los ojos rojos o medio cerrados, la piel desgastada, la cara hinchada, las manos temblorosas, los titubeos,… El periodista Sebastià Alzamora ha sido lo suficientemente valiente como para reconocerlo, lo suficientemente humilde como para pedir ayuda y lo suficientemente fuerte y generoso como para compartir su experiencia.

“Hay un sentimiento de fracaso humano total en el hecho de admitir que uno es alcohólico. Un sentimiento hecho de vergüenza, de culpa, de rabia contra uno mismo y, tal vez sobre todo, de consternación y de miedo. ¿Qué será de mí en adelante? ¿Qué he hecho, como me ha podido suceder?”, confiesa en el artículo Sí, soy alcohólico, publicado recientemente en el diario Ara.

“El alcoholismo es una enfermedad crónica irreversible, de una gravedad extrema –sentencia-. Aun así, es posible salir adelante. Pero para que esto sea posible, es indispensable un primer paso: que el alcohólico asuma su condición y que tome la decisión voluntaria de rehabilitarse”.

Asumirlo, a Sebastià le costó casi tres años de mentiras y pretextos, de beber a escondidas, de intentar disimular el mal aliento y los síntomas de la embriaguez.

Ahora puede asegurar que “el efecto del alcoholismo consiste en un deterioro gradual, pero a cada momento más acelerado y notorio, del individuo, hasta llegar a su destrucción completa”.

¿Está actuando mal un bebedor? ¿Se le puede exigir sin más que salga de su situación? El periodista responde: “El alcohólico es una persona dominada por una sustancia que anula su voluntad y, por tanto, su capacidad de discernimiento y de percepción”.

“La mentira, la excusa de pésimo pagador, la desvergonzada falta de respeto, la trampa estúpidamente calculada, el lloriqueo baboso, la rabieta infantil y el chantaje emocional son las herramientas predilectas del alcohólico, y las utiliza de forma tan abusiva que se convierten en su forma de vida”, describe.

“Yo no fui una excepción a esta pauta –prosigue-, y es por eso que doy fe de que no es ninguna exageración calificar de infierno la vida de un alcohólico y la de aquellos que lo rodean, muy en particular la de aquellos que desgraciadamente -así se sienten, y es bien lógico- le quieren”.

¿Por qué tanta mentira? Sebastià cree que el motivo es el miedo. “Debido a que su voluntad ha sido abolida, el alcohólico es una persona esencialmente acobardada y miedosa, y el primero de sus miedos no es otro que el de ser señalado”, escribe apuntando al estigma.

“El alcohol está socialmente presente casi en todas partes, y en apariencia quien más quien menos todo el mundo sabe tratarlo sin perder el control –explica-. La imagen de un alcohólico en el imaginario colectivo es la de un marginado”.

El consumo de alcohol es un factor causal en más de 200 enfermedades y trastornos, según la Organización Mundial de la Salud. Si bebes tienes más riesgo de desarrollar trastornos mentales y de comportamiento, incluido el alcoholismo, y enfermedades como cirrosis hepática, cáncer, patologías cardiovasculares y gastrointestinales, diabetes,…

Eso sin contar con traumatismos derivados de la violencia y los accidentes de tránsito. De hecho, cada año se producen 3,3 millones de muertes en el mundo debido al consumo nocivo de alcohol (el 5,9% de todas las defunciones).

Además, recientemente se han establecido relaciones causales entre el consumo nocivo y la incidencia de enfermedades infecciosas como la tuberculosis y el VIH/sida. Si es una embarazada quien bebe, puede provocar síndrome alcohólico fetal y complicaciones prenatales.

A Sebastià, el alcohol le afectó a los ojos: “llegué a contar sólo con el treinta por ciento de visión, y, en las noches de tormento que esto me producía, me confesaba a mí mismo que el alcohol era el causante de aquel desastre, pero ni siquiera así dejé de beber”.

Entonces sucedió el “clic”, como lo llaman muchos alcohólicos rehabilitados o en rehabilitación, “ese instante de lucidez, de extraña, desesperada y bendita lucidez, en el que por fin lo dices. Te dices a ti mismo: sí, soy alcohólico. Soy alcohólico y necesito ayuda”.

El pasado 22 de junio, el periodista ingresó en el centro de desintoxicación de la Unidad para Personas con Problemas Relacionados con el Alcohol (UPRA). Allí se desintoxicó.

“Los primeros días la reacción de mi cuerpo al cóctel de fármacos que debía tomar para soportar el síndrome de abstinencia se concentró en las piernas, que no me aguantaban, hasta el punto que tenía que desplazarme con la ayuda de unos andadores”, recuerda.

“El impacto de verme en un centro para alcohólicos, en pijama, arrastrando los pies sostenido por unos andadores, no se me borrará por años que viva”, asegura.

Después de 15 días –los ingresos para desintoxicación no son largos-, Sebastià salió sintiéndose “limpio, fuerte y libre, por primera vez en mucho tiempo”, agradece, “las palabras eran volver a nacer”.

Sebastià advierte que “la desintoxicación no deja de ser tan sólo otro primer paso. A continuación comienza el trabajo de verdad, que no sólo consiste en vivir sin beber alcohol, sino también, y sobre todo, en un esfuerzo humilde, pero sostenido e irrenunciable, de aprendizaje vital”.

“Superado el síndrome de abstinencia, se abre la fase de la deshabituación o rehabilitación”, que dura unos dos años. Sebastià la empezó en la asociación para tratar el alcoholismo Las Ovejas de Mica, de Palma.

Sebastià dice que el alcohólico no se cura, se rehabilita y que por bien que uno se encuentre nunca hay que bajar la guardia.

“El alcohólico debe ser plenamente consciente de que convive con un monstruo dormido, y que el monstruo se volverá a despertar tan sólo con una copa”, señala.

“Es necesario no dejarse llevar por la euforia de la recuperación, tanto como no caer abatido por las bocanadas de remordimiento, culpabilidad y vergüenza”, advierte.

“A cambio, el alcoholismo ofrece una recuperación veloz y ciertamente agradecida: a los pocos días de recibir el alta de la desintoxicación, comprobé que había pasado del treinta al ochenta por ciento de visión, y ahora ya vuelvo a disponer del cien por ciento: en casos así, es inevitable que la palabra milagro te venga a la cabeza”.

“Además, mi aspecto físico había mejorado visiblemente, como mi humor, la capacidad de expresarme, la mirada, el lenguaje corporal. Había recuperado también la claridad y la agilidad mental, así como el apetito y el gusto de los alimentos, y al cabo de pocos meses mis órganos vitales (el hígado inflamado, las transaminasas y los triglicéridos disparados, la tensión alta) se habían normalizado”.

“Sé que el dolor que me he infligido a mí mismo y a los demás sólo se puede vencer con amor, la misma clase de amor que me fue dado y que me salvó de mi hundimiento –concluye-. Sé que mañana comenzará otro día, y que desde el fondo de mi corazón doy una vez más las gracias por sentir la necesidad y la alegría de querer vivir”.

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