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Navidad: De la nostalgia a cambiar el mundo

Tamara Polajnar CC
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No dejes que pasen las fiestas sin cambiar el alma

Tiene la Navidad una mezcla de sentimientos. De alegrías y nostalgias. De deseos y de sueños. De lágrimas y sonrisas. De recuerdos y promesas. De dolor y de esperanza. No lo sé. Siempre me conmueve el canto alegre de los villancicos con letras no muy profundas. Y la melancolía de ese canto de paz que entono ante el Belén cada Navidad. Soñando la paz que quiero.

Sé que mi corazón quiere ser mejor de lo que es. Más pleno, más alegre, más de Dios. Y lo intenta. Mi mirada se esfuerza por ser más pura. Calla mi lengua en sus críticas. Se detiene el pensamiento antes de hacer un juicio. No quiero hacer juicios crueles en mi corazón. Dejo de condenar con mis gestos. Es Navidad, pienso. Porque es Navidad lo hago.

Echo de menos en las sillas vacías a los que ya se han ido. Y han dejado un vacío que me duele hondo. Miro con paz a aquellos que están sin estar con su sonrisa franca. Pienso en los que partieron por otros motivos. Respeto sus decisiones.

Me duele el alma al pensar en otras noches en familia. Con otros rostros. Con otras edades. Pienso en otras noches junto al Niño. Hace años. Años de infancia. Y recuerdo con nostalgia tantos momentos guardados en fotos. Momentos sagrados. No quiero olvidarme.

Pienso que me tendría que unir más Jesús por dentro a otros, a tantos. Él propicia encuentros que tal vez no deseo. Y quiere que sea mejor ante los que no quiero. Más alegre. Más puro. Más auténtico. Más niño. Sin sonrisas falsas escondidas en trajes elegantes. Comidas bien puestas. Adornos que convencen. Y todo porque es Navidad, lo entiendo.

Quiere Jesús que siembre paz con mis manos torpes. En medio de la guerra con tanta violencia. En esa paz ausente que me duele en el alma. Quiere que describa con trazos borrosos un mundo mejor del que tengo a mano.

Que cabe más hondo en mi carne enferma buscando ese oro que llevo guardado. Y riegue con pasión las semillas nuevas. Para que crezca un reino nuevo. Quiere que sonría, aunque no esté alegre. Quiere que dé paz aun sin yo tenerla.

Me gusta esta noche de invierno cuando Jesús nace. En mis torpes manos que sostiene el canto. Me gusta pararme cansado a mirar su rostro alegre.

Quiero repetir muy quedo las palabras de una poesía encontrada: “No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. No dejes de esperar alegre a Jesús que te quiere. Confía en su voz callada. En su abrazo tenue. No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. Lucha cuando estés cansado. Ama sintiendo el rechazo. Corre perdiendo el aliento. Deja de lado las penas. Escribe con trazo firme el principio de una historia. Deja que la paz sea fuerte dentro de tu alma inquieta. No dejes de soñar, nunca, niño porque aún no amanece. Y siembra luces en sombras. De esas que nunca se mueren. De esas que encienden la tierra. Y alegran las almas tristes. No dejes de soñar nunca, niño, porque aún no amanece. Y hacen falta niños con una fe grande. Con un alma honda. Y abierta sonrisa. Hace falta siempre que el alma se abra. En la noche santa cuando Jesús nace. No dejes de soñar nunca, niño, porque ya amanece”.

Y me siento yo como ese niño que sueña fuerte. Que sueña siempre. No quiero dejar que pase esta noche delante de mis ojos dormidos. No quiero que pase la Navidad sin cambiarme el alma.

No quiero dejar de soñar con un mundo mejor del que hoy tengo entre mis manos. Con una vida más plena y sagrada. Con un corazón más puro y grande del que tengo. Espero tantas cosas de Dios que no desespero.

Sólo quiero tener una sonrisa amplia para no amargarme. Para alegrar a otros. Para tocar el alma de los que están perdidos. Quiero un corazón noble capaz de asombrarse cada día, ante cualquier cosa. Capaz de creer en lo imposible. Un corazón fuerte, que sepa hacer las cosas nuevas cada día. Nuevas las de siempre. Nuevas las que creo.

Quiero levantarme cada mañana dispuesto a cambiar el mundo. Dejando atrás el cansancio y las caras tristes. Los miedos que me bloquean, los reparos y egoísmos. Es Navidad, me repito. Y sonrío por dentro. Otra vez de nuevo empiezo con fuerza.

Lo puedo lograr si me dejo hacer por Dios en sus manos. Si digo que sí con alegría y pierdo ese miedo a arriesgar la vida. Escucho callado dentro de mi alma. Digo que sí a Dios allí donde me quiera. Me abro muy quedo.

Quiero que mi Dios cambie todos mis sueños. Porque es Navidad, me digo. Y es todo posible. Dejar de lado las tibiezas de siempre. Y empezar a callar para que Dios me hable. Contengo en mi alma a los que he querido. A los que me buscan. A los que me quieren.

Los guardo en Belén, con Dios en mis manos. A los que he herido, a los que me han herido. A los que se han ido, a los que aún se quedan.

Quiero ser reflejo de esa paz sagrada. Quiero ser yo luz del Niño que nace. Quiero la esperanza de estos días tan nuevos. Es Navidad. De mí depende. Siempre puede ser Navidad si dejo que Dios nazca en mi alma.

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