Estilo de vida

Una respuesta a las mujeres infértiles que se sienten fuera de la conversación de la maternidad

No tener hijos biológicos no te excluye de este club

Una respuesta a las mujeres infértiles que se sienten fuera de la conversación de la maternidad

Oleg Baliuk | Shutterstock

No existe mayor vocación que la maternidad y ninguna mujer está excluida de esta vocación. Hace poco escribí una carta abierta a un grupo de madres que ahora, después de varios años, se arrepienten de haber tenido hijos; una carta en la que trataba de aportar tranquilidad. El caso es que en algunos comentarios al artículo salió el tema de las mujeres que tienen problemas de infertilidad y surgieron dudas sobre el significado de algo así para ellas.

Si no eres capaz de ser madre en el sentido biológico, has de saber algo: estás diseñada con un propósito muy especial, el de usar tu genio femenino y ser madre en un mundo en el que muchos se sintieron abandonados por su madre, o quizás la perdieron y anhelan la orientación y la perspicacia que solo tú puedes dar.

Dos de las mejores madres que he conocido son monjas. No, no tienen hijos biológicos propios. Sin embargo, las considero madres terrenales de mi espíritu, y busco su consejo, pido sus oraciones y con sus palabras pueden alegrarme el día y hacerme sentir tan ligera y segura como una niña jugando en su jardín.

Pero ¿qué pasa con la mujer que no puede concebir? ¿Qué pasa con la mujer que nunca se casó? ¿Y la monja?

La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona. En dicha apertura la mujer se realiza en plenitud a través del don sincero de sí.

Cada una de las mujeres mencionadas antes es una mujer hermosa, llena de significado y propósito. Sí, tanto significado y propósito como una mujer que ha dado a luz a un hijo.

Y lo que hace especial a cada una de estas mujeres es lo que se denomina el “genio femenino”, un concepto glorificado a través de las enseñanzas de san Juan Pablo II en su Carta a las mujeres.

En su carta Sobre la dignidad y la vocación de las mujeres, Juan Pablo II escribe: “La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona (…). En dicha apertura (…) la mujer se realiza en plenitud a través del don sincero de sí”.

Todas las mujeres pueden emplear ese mismo genio femenino para ofrecer un “don sincero de sí”, como madres adoptivas o madres espirituales, o como influencias maternales que pueden tocar vidas inexorablemente, ya en la familia, la comunidad, la iglesia o el trabajo.

Una monja que conozco, sor Theresa, es una hermana capuchina de clausura. La conocí como directora de un retiro sobre matrimonio y familia. Ni por un segundo cuestioné que una monja pudiera ser un modelo tan poderoso para mí en esos dos ámbitos. Nos habló de lo inspirada que se sentía por madres y esposas que podían influir y cuidar de la siguiente generación.

Vi que su ternura y sus oraciones constantes y pacientes eran tan útiles para el mundo como las de cualquier otra madre. Después del retiro, iniciamos una amistad epistolar que ha ido floreciendo con los años. Cuando mi familia pasaba por dificultades, ella rezaba por nosotros con cariño, y yo recurría a ella con la misma confianza de una niña. Ella es una madre.

Otra monja, sor Maureen, es directora de una escuela elemental católica. Creo que ella es la madre de miles de personas. Se involucra personalmente con cada niño y con los altibajos de sus familias, y con su combinación de coraje y fortaleza demuestra su genio femenino todos los días. Conozco a muchas personas, yo incluida, que hemos recurrido a ella en momentos comprometidos y todos salimos repletos de consuelo y amor. Es una madre.

Soy amiga de una mujer laica, Ruth, que nunca se ha casado. Es una tita brillante y sus sobrinos y sobrinas todavía recurren a ella en vez de a sus propios padres para ciertos consejos. Y no solo eso, me ha contado que, precisamente porque no tiene hijos propios, puede permitirse dedicar muchísimo tiempo adicional a su ministerio, un tiempo extra del que no dispondría si tuviera una familia en su hogar de la que cuidar. Ella es la familia, sin lugar a dudas, de las personas solitarias y perdidas a quienes ministra a través de su compromiso en su iglesia. Su amor ha salvado vidas. Es una madre.

Mi abuela por parte de padre no podría tener hijos biológicos propios. Adoptó a mi padre y él la amaba con pasión y decía que era doblemente especial por haber elegido criar a un niño que no era suyo por nacimiento. Mi padre se maravillaba diariamente por los sacrificios que escogía, por cómo llegó a crear para él un hogar y entregarle su corazón. Ella ejerció su genio femenino y, por encima de la gran pena de no poder concebir, trajo la mayor de las felicidades para los bebés que adoptó. No sé qué habría sido de mi padre de no ser por el corazón maternal de mi abuela.

Si la incapacidad o las circunstancias te han impedido dar a luz a un hijo, has de tener algo en cuenta: eso que podría haber sido tu cruz también es tu mayor potencial, una vocación para llegar a esos niños que ya están en el mundo y que necesitan la belleza, el amor y la maternidad espiritual que únicamente tú puedes darles.

Ya sea a través de la adopción, de convertirte en mentora, de unirte a un ministerio en tu iglesia, de acercarte a una persona solitaria en tu trabajo o diseñando una comunidad de trabajo por la paz, la alegría y la aceptación; sea cual sea la forma, será como elogiaba el santo papa Juan Pablo II: “un servicio de amor”.

Dios las bendiga, madres espirituales. Las amamos, las necesitamos y damos gracias a Dios por ustedes. Sus hijos, de todas las edades, están aquí esperando el cuidado que solo ustedes pueden proveer.

 

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