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Pacificar sin violencia

©Odd ANDERSEN / AFP
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Terrorismo, guerras,... Podrán acabar con muchas cosas externas, pero la fe no morirá

Pienso en la paz de Dios en este día de Navidad. Jesús trae la paz al nacer en medio de la noche: “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”.

Trae la paz a los hombres que ama Dios. El mundo necesitado de paz. Tantos países en guerra. Tantos atentados. Siria, Francia, Alemania. Violencia, muertes de inocentes. ¿Cómo se construye la paz en medio de la guerra? ¿Cómo lograr la paz sin empuñar un fusil, sin responder con violencia a la violencia, con odio al odio? ¿Cómo se construye esa paz que Jesús me promete?

Después del atentado en Alemania de esta semana decía una noticia: “Han destrozado el mercado navideño, pero nos queda el evangelio de Navidad”. En esas sencillas palabras se esconde una honda verdad. Podrán acabar con muchas cosas externas, pero la fe no morirá.

La fe en un amor eterno que supera mi carne frágil y mortal. Yo puedo sembrar paz sin tocar un arma. Sin ser violento en respuesta a los violentos. Sin alzar mi voz contra los que me gritan con rabia.

El otro día pude ver la película Hasta el último hombre. Cuenta la historia real de un objetor de conciencia en una batalla contra los japoneses en la segunda guerra mundial. Este joven médico, sin armas, en medio de una larga noche en el campo de batalla, lucha por salvar a los heridos que agonizan esperando el alba. Él ve que Dios le pide no dormir, no dejar de luchar.

Hace caso a la voz de Dios y busca entre los muertos a los que aún siguen con vida. Se mueve sin armas en la oscuridad de la noche entre los cadáveres. Se juega la vida por salvar a los heridos. Logra sacar del campo de batalla a setenta y cinco hombres heridos en esa noche.

Cada vez que salvaba uno, muerto de cansancio, le decía al Señor: “¡Por favor, Señor, déjame salvar a uno más!”. Y así, uno tras otro, iba salvando vidas.

Me conmueven esas palabras. Uno más. Siempre uno más. Pensaba en mi vida. Me arrodillo ante el Niño Jesús. Me gustaría hacer mías esas palabras. Pero me pesa mi egoísmo. Uno más. Cuando estoy cansado y no quiero más lucha. Cuando me agota la vida y no quiero nadie más que exija mi entrega.

Me gustaría que su oración fuera la mía. Salvar uno más. Dar la vida por uno más. Abrir mi corazón a uno más. El egoísmo me hace buscarme y desear detener las exigencias, las demandas. Puedo sembrar más paz. Puedo dar más amor.

Una persona rezaba: “¡Cuántos necesitan mi consuelo! Muchos. Creo que mi vocación va por ahí. Consolar desde mi herida. Desde mi herida tocar otras heridas. Es curioso. La herida de unos sana a otros en su herida. Ese es el mismo misterio de Jesús. Últimamente lo pienso más. Por tus heridas me has sanado, Jesús. Tú me has ido llevando desde el corazón. Creo que lo sé. Desde mi herida puedo consolar a otros. Como Tú lo hiciste. Porque Tú lo hiciste. Curar tantas veces no puedo. O tal vez nunca. Sólo Tú puedes. Pero es preciosa mi vocación”.

El protagonista de la película entregó su vida. Siempre cabía uno más. Podía con uno más. No se puso límites. Se expuso a perder la vida, es cierto. A veces quiero cuidarme, protegerme. Y sé que con mi herida puedo sanar otras heridas. En Jesús. Por Jesús. Eso me conmueve.

Por ese niño que nace en pañales. Indefenso trae la paz. No lleva armas, no tiene poder. Y trae la paz. Pacifica sin violencia. Sin gritos. Sin usar la fuerza.

Me gustaría vivir esa paz, dar esa paz. Calmar los corazones sin hacerlo con violencia. Sin imponer nada a la fuerza. Sin querer convencer a nadie con palabras, con argumentos vagos. Sólo con gestos sencillos de amor.

Parece fácil. Parece imposible. Me arrodillo ante Jesús para pedir su paz esta noche. Su luz. Su fuerza. Su fidelidad. Que pueda decir cada noche al acostarme: “¡Por favor, Señor, déjame salvar a uno más! ¡Déjame amar un poco más!”. Sólo uno más dando mi vida. Siempre hay hueco en mi corazón para amar más. Siempre cabe uno más. Hay sitio. Tengo paz.

Me gusta contemplar a los pastores en esta noche de Navidad. Me gusta mirar con sus ojos gastados por el frío de la noche. Llenos de nostalgia y de sueños. A veces tristes y desalentados. Otras veces llenos de esperanza:

“Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: – No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de pronto se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: – Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace”.

Me impresiona la escena. La luz y la paz en medio de la noche. El miedo de los pastores. Esos hombres rudos que se convierten en niños y creen. Escuchan y creen al ángel. Y se ponen en camino. Dejan solos sus rebaños. Confían.

Me gusta esa capacidad suya para escuchar a Dios y ponerse en camino dejando de lado sus miedos. Porque se llenaron de temor: “No temáis”. Tenían miedo a lo extraordinario. Pero creyeron y se pusieron en camino. Fueron capaces de escuchar la voz de Dios.

El otro día, una persona que se estaba quedando sorda de un oído, me comentaba cómo ese hecho doloroso le había hecho reflexionar sobre el oído interior que no cuidamos. Un oído para escuchar a Dios. Un oído para escuchar lo más callado de su voz en mi alma.

Tal vez me falta la fe de los niños para creer a Dios en mi corazón. Escuchar su voz y creer que me lo pide a mí, que me llama a mí. Que soy yo el que tiene que seguir luchando, dejar lo que me inquieta y ponerme en camino.

Pensaba en el protagonista de la película que antes mencioné. Antes de la batalla final el capitán trataba de animarle para que subiera con ellos: “Ellos no creen tanto como tú. Pero creen mucho en lo mucho que tú crees”.

Los soldados tenían miedo. La posibilidad de la muerte los inmoviliza. Esos hombres no tenían tanta fe. Pero creían en ese hombre que sí tenía fe. Él creía en el amor de Dios. Y escuchó su voz enviándolo a salvar vidas. Su fe era grande. Esa fe que a veces me falta.

Pienso en unas palabras que leí el otro día: “Todo aquello que merece la pena lograr requiere que se asuman ciertos riesgos, y no debes permitir que el fracaso te haga perder la fe en tu capacidad para triunfar”. Quiero esa fe en lo imposible. Esa fe en que puedo lograr lo que sueño. Esa fe en mis fuerzas.

Esa fe en la fuerza de Dios en mi vida. Quiero que otros puedan descansar en mi fe, en mi confianza. Que mi fe fortalezca otros corazones que dudan y temen. Los soldados creyeron en la fe que aquel hombre tenía.

Pienso en los jóvenes que acompañaba el padre José Kentenich en Schoenstatt en 1914. Esos jóvenes creyeron en la fe que tenía el Padre. Creyeron por su fe y sellaron la primera alianza de amor con María. Así se trasmite la fe. Cuando creemos, creemos primero en quien cree. Y luego nuestra fe se va haciendo más fuerte.

Sé que muchos creerán cuando yo creo. La fuerza de mi fe. Es la fe del niño en su padre. La fe en el que tiene fe. Así se contagia el cristianismo. Así se siembra esperanza en los corazones.

Hoy miro a los pastores que creen. Ellos creen en una señal pequeña, dejan sus rebaños y se ponen en camino. Creen en esa alegría inmensa que se les anuncia. Se apoyan los unos en los otros en la fe.

Creen en esa buena noticia que se hacía invisible en un niño entre pañales. Creen más allá de la apariencia. Creen en lo extraordinario vestido de piel ordinaria.

A mí me cuesta muchas veces ver a Dios en signos cotidianos. Escuchar su voz callada con ese oído interior que Dios me ha dado y yo no uso. Dios se hace carne de forma imprevista en mi carne mortal.

La eternidad sujeta al rigor del tiempo. En la pequeñez de la carne, en su fragilidad, se esconde todo su poder. Dios nace en el silencio de la noche. En lo más oculto. En lo más sagrado. En medio de una noche cualquiera marcada por una estrella.

Y en la normalidad de sus vidas los pastores creen. No hay nada extraordinario en un niño pequeño. Pero ellos creen. Me conmueve esa fe imposible.

Me gustaría tener esa fe en medio de este mundo que ya no cree en lo sagrado. En este mundo que desconfía de lo extraordinario y quiere encontrar razones comprensibles para todo lo sobrenatural. En este mundo que cree en las energías y desconfía de un Dios encarnado, en un Dios al que puedo tocar con mis manos. En un Dios presente en cada eucaristía.

La energía parece hoy más creíble que la misericordia del abrazo de Dios. Quiero que aumente mi fe. Quiero poseer la fe confiada de los pastores. Hombres fuertes, solitarios y duros. Hombres a los que Dios toca en esta noche y los convierte en los primeros creyentes. Se fían como niños y su corazón se alegra.

Quiero esa fe de los niños. Esa fe que se asombra en Navidad ante la sorpresa de un Dios hecho carne.

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