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Hazte amigo de alguien que tenga Síndrome de Down

Denis Kuvaev | Shutterstock
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Tratar con respeto a alguien con alguna discapacidad es mucho más que no decir la palabra con "r"

Mis canales en las redes sociales y mis grupos de Facebook de apoyo a padres con hijos con Síndrome de Down estallaron la pasada noche del lunes 12 y a la mañana siguiente con una caldeada noticia: Walmart ofrecía en sus tiendas virtuales una serie de tazas que incluían un mensaje insultante contra personas con discapacidades intelectuales.

Cuando llegó a oídos de defensores y activistas, la reacción fue unánime e inmediata. La tienda quedó saturada de llamadas, correos electrónicos y tuits irritados que pedían al comerciante que dejara de vender inmediatamente esas tazas, que lucían las palabras “Got retard?” [que viene a ser algo como “¿eres retrasado?”, con intención insultante].

La compañía Amazon también estuvo vendiendo las tazas y ambas compañías retiraron los productos ofensivos de sus estantes una vez se difundió la noticia e intervinieron grupos de solidaridad como la National Down Syndrome Society, la R-Word Campaign e incluso el senador demócrata Ted Kennedy Jr.

Defensores y padres, yo incluida, compartimos la noticia y respiramos con alivio colectivo. El bien había prevalecido sobre las tinieblas, y las provocaciones de Internet junto con las intenciones maliciosas quedaban de nuevo relegadas a la marginalidad.

Por supuesto, la explosión de publicidad para esta frase de mezquina intención probablemente envalentonó a algunos, a aquellos que prefieren esconderse tras el anonimato digital para machacar a los discapacitados intelectuales por el simple placer de hacerlo.

Es demasiado fácil tropezar con estos vestigios de misantropía, donde hay personas a quienes les parece divertido difundir el mismo agravio y preguntar a Walmart por qué, para empezar, contratan en sus tiendas a personas con discapacidades intelectuales.

Pero cuando me detengo un minuto más a reflexionar, me surge una pregunta. ¿De qué forma podríamos estar contribuyendo personas como yo misma, mis amigos y otros en mi comunidad, a la falta de respeto hacia aquellos que piensan, actúan o hablan de forma diferente?

Se me ocurren algunas formas.

  1. Cuando usamos palabras como “retrasado” o “subnormal” de forma casual o a modo de insulto sin ser conscientes de lo peyorativas que son, como cuando alguien comete un error, actúa de forma torpe, inoportuna o ridícula y le decimos “Anda, no seas retrasado”.
  2. Cuando pensamos que las personas con discapacidad intelectual son personas fundamentalmente diferenciadas de nosotros mismos. “Personas especiales que”, según dice cierto razonamiento, “pertenecen a lugares especiales”, como si por el hecho de no expresar sus ideas ni interactuar con el mundo de la misma forma que hacen los demás no tuvieran los mismos sueños, anhelos y necesidad de amor y amistad que el resto de seres humanos.
  3. Cuando fracasamos a la hora de educar a nuestros hijos en la inclusión y en la amistad con aquellos que son percibidos como diferentes. He escuchado historias desgarradoras de este tipo, como por ejemplo, de jóvenes con discapacidades o dificultades en el habla que se unieron a un club o un equipo de deporte y participaron con la misma intensidad y las mismas horas de práctica que los demás. Sin embargo, cuando llegó el momento de las celebraciones al final de la temporada, sus compañeros no les invitaban a participar en las fiestas. Es increíblemente triste que un modelo exitoso que estaba a nuestro alcance terminara en fracaso. En la mayoría de esos casos, todo lo que hacía falta era una persona, únicamente una persona que dijera, “oye, vente con nosotros”.

Debemos ser conscientes de la autocomplacencia en nuestro entorno. Debemos hacer el esfuerzo constante de ser amables y de enseñar a nuestros hijos a ser amables. No siempre es fácil, ni para ellos ni para nosotros. Sin embargo, tampoco es particularmente difícil.

Sé de lo que hablo porque mi joven hijo con Síndrome de Down tiene una hermana melliza que se desarrolla de forma típica y que, sin ser consciente de ello, se ha esforzado todos los días de sus ocho años de vida por incluir, ayudar y preparar el camino de su hermano en el mundo. Él la ha correspondido diez veces más con su energía, su procaz sentido del humor y su sempiterna devoción.

Pero aunque disfruto de esta alquimia natural justo debajo de mi techo, todavía tengo que recordarme que debo educar a mis hijos, incluso a mi hijo con Síndrome de Down, para que traten a todo el mundo con respeto. Para que tengan un poco de más paciencia con el chico que es más ruidoso, o el que tira del pelo, o incluso el que les insulta sin conocerlos, porque nunca sabemos cuáles pueden ser sus problemas personales ni quién podría terminar siendo un buen amigo.

Todos fuimos hechos hermosos y maravillosos, y somos de esta forma sin ningún tipo de esfuerzo por nuestra parte. Lo que sí requiere esfuerzo es salir de nuestra zona de confort.

Les lanzo un reto: interésense por conocer a alguien con Síndrome de Down, un adolescente mayor o un adulto. Relaciónense con él o ella como iguales, en vez de con actitud caritativa, y comprueben qué pasa.

Si hay un niño con autismo o con otra discapacidad en la clase de sus hijos, animen a sus hijos a que les conozcan y organicen una tarde de juegos o invítenle a un cumpleaños. Cuando ven a alguien en una silla de ruedas, no den por sentado automáticamente que necesita ayuda. Lo más probable es que se maneje por su día con más presteza que ustedes.

Y digo todo esto no porque ya tenga todos mis prejuicios resueltos, porque no es así. Lo digo como alguien que se esfuerza por tener un entendimiento más amplio de lo que nos hace humanos. Lo digo como alguien que también pronunció palabras irrespetuosas en su pasado y a quien le gustaría conocer mejores palabras para el futuro de su hijo. Palabras como autodeterminación, amistad, amor y respeto.

 

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