Espiritualidad

La meta de mi vida no es ser feliz

Es amar

La meta de mi vida no es ser feliz

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=179007872&src=id" target="_blank" />Happy young man</a> © Odua Images /Shutterstock

Tal vez me gustaría descubrir una fórmula mágica para ser feliz siempre, en todo momento. Sin sombra de tristeza, sin atisbo de dolor. El otro día un chico pequeño me preguntaba: “¿Eres una persona feliz o de esas personas normales que tienen momentos alegres?.

Yo quiero estar siempre alegre. Río. Hago bromas. Tengo sentido del humor. Me río de mí mismo, de los otros. Pero no siempre estoy feliz. De repente me asalta una cierta melancolía y pierdo la paz, la alegría interior.

Me gustaría ser feliz siempre. Es algo que intento con resultados frustrantes. Es verdad que a veces lo consigo y estoy contento. Pero otras veces me obsesiono y no lo logro. No lo logro porque no vivo el aquí y el ahora.

Dan Gilbert habla de un experimento que consistió en una aplicación para teléfono móvil que preguntaba periódicamente a 5.000 personas de 83 países cómo se sentían, qué estaban haciendo y si estaban pensando en otra cosa diferente a la que estaban haciendo.

Sus resultados mostraron que las personas piensan en cosas que no están ocurriendo casi tanto como en cosas que tienen delante. Los datos revelaron que esa “mente errante les hacía infelices.

Cuando no disfruto del presente no soy feliz. Cuando vivo atado al pasado o angustiado por el presente, no encuentro la paz. Es así, no logro detener mi mente errante. La tristeza aturde mi ánimo. Y yo no quiero que nada turbe mi felicidad.

En ocasiones creo que el camino es vivir en mi soledad porque así me siento más feliz. Allí nadie me incomoda. No hay exigencias. No hay expectativas. Nadie me pide nada. Yo no tengo que dar nada. Sé que no es la felicidad. Que es sólo un estado engañoso lleno de una paz pasajera.

Pero en ocasiones me parece un buen sucedáneo. Y no me extraña entonces que tantas personas busquen ese lugar tranquilo para estar a solas. Un lugar en el que nadie pueda quitarles la tranquilidad.

A veces vivo tan volcado en el mundo que no encuentro mi centro, mi paz, mi lugar de sosiego. Y anhelo lo que no tengo. El recogimiento, el descanso, el vivir con pausa, sin prisas. La felicidad es el desafío de mi vida. Sueño con vivir con alegría. Descansar en una alegría verdadera.

Decía el padre José Kentenich: ¿No sabemos nosotros que acompañamos las almas, nuestra propia alma y la de los demás, que la verdadera alegría es la rueda que impulsa el alma?[1].

Pero a veces me puedo obsesionar con ser feliz. Decía Dan Gilbert: Intentar ser más feliz es como bajar de peso. No hay ningún secreto para bajar de peso: comer menos y hacer más ejercicio. Con la felicidad ocurre lo mismo. Hay unas pocas cosas que se pueden hacer y, si se hacen todos los días religiosamente, el promedio de felicidad irá subiendo”.

¿Qué tengo que hacer para ser feliz? No pretendo dar recetas. Ni pautas de comportamiento certeras. No tengo el truco mágico para ser feliz. Ni sé con certeza cuáles son las medidas exactas de los ingredientes para una dieta feliz. No pretendo elaborar un camino seguro para obtener la meta.

Porque tampoco tengo claro que mi meta en esta vida, el objetivo de todos mis esfuerzos, sea ser yo feliz. Y eso que sé que si lo soy haré feliz a otros. No me cabe duda. Pero no creo que Dios me haya creado con el cometido extraño de ser yo feliz siempre, toda mi vida.

Más bien veo que la meta de mi vida es dar amor, entregarme por amor, hasta que duela, sostener a otros, sanar heridos, dar esperanza y consuelo, ser puerta de misericordia.

Pero no veo que el objetivo de mis pasos sea ser feliz. Jesús no trajo a la tierra un libro de autoayuda para enfrentar con buen ánimo las dificultades de la vida. No dio la vida para que fuéramos felices.

Pero es verdad que siempre de nuevo resuenan en mi corazón esas palabras: “Alégrate, el Señor está contigo”. Y mi corazón se alegra y se emociona. Quiero alegrarme al escuchar la buena Nueva. Jesús viene a quedarse en mi alma. Viene a vivir conmigo para siempre. Viene a habitar en mi pecho para que mi vida salte de alegría.

Entonces lo entiendo. La meta de mi vida no es ser feliz, es amar. Y amando de verdad, con toda el alma, sé que tendré más paz, mi vida tendrá más sentido y viviré más feliz.

Tal vez no en todo momento. Pero habrá una tonalidad alegre en mis palabras, un tono sereno en mis respuestas, una sencilla alegría del que sabe que su vida descansa en Dios.

Quiero madurar para que la semilla del amor crezca con fuerza en lo más hondo de mi ser. Quiero crecer en libertad y dejar que florezcan en mi vida esas semillas eternas que Dios ha sembrado en mí. Quiero ser feliz. Pero no lo busco. Quiero aprender, eso es lo que quiero, a enfrentar mi vida, a navegar por mis mares, a recorrer los caminos.

No con la tristeza de los discípulos de Emaús cuando todavía no reconocen al maestro. Sino con el fuego encendido de esos hombres que, habiéndolo perdido todo, han tocado en el pan partido a Jesús y su vida se ha llenado de fuego.

Quiero ser capaz de enfrentar la vida con alegría, con paz, sin prisas. Es verdad que es lo que quiero.

[1] J. Kentenich, Vivir con alegría

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