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Cómo casi ignoramos las enseñanzas de la Iglesia respecto al FIV

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Siempre he sido provida, sin embargo estaba lista para desechar mis creencias y para abortar a mis embriones sólo para tener un hijo

En mi diario tengo marcado el día que empezamos a intentar concebir, el 21 de octubre de 2007. Aquel día dejé de tomar antidepresivos y empecé a tomar vitaminas prenatales.

Pero pasaron siete meses y todavía no crecía un bebé en mi interior. Empecé a buscar el consejo de esposas más experimentadas y probé todos los trucos que pude encontrar para quedarme embarazada. Comía corazones de piña, bebía té verde y me ponía cabeza abajo esperando así tener éxito. En vano.

Con el paso del tiempo y con cada test de embarazo negativo, mi desesperación iba creciendo más y más. Me culpaba a mí misma. Sabía que el estrés que estaba sintiendo no era saludable. El hábito de registrar mi temperatura y hacer pruebas de ovulación todos los meses se convirtió en una obsesión.

Por fin, mi marido y yo decidimos que era hora de encontrar una explicación a todo esto. Fui a hacerme un análisis de sangre y Daniel se hizo otro de semen. Mi análisis fue normal, pero su recuento de espermatozoides era cero.

Estábamos desconsolados. Pero ambos sabíamos que queríamos un futuro con hijos.

Centramos nuestros esfuerzos en los recursos médicos para tratar el problema de mi marido, pero las sucesivas pruebas no mejoraron los resultados. Como mi marido sabía de mis deseos de tener un hijo, concertó de inmediato una cirugía para comprobar si tenía una obstrucción. La esperanza aumentó y volvió a caer después de que los cirujanos nos informaran de que no había obstrucción alguna.

Y entonces nos derivaron a una especialista en fertilidad para hablar de la fecundación in vitro (FIV).

Mi marido y yo éramos nuevos en la Iglesia católica, pero yo sabía que la Iglesia prohíbe la FIV.

Decidimos no hablar con la especialista e intentar concebir por nuestra cuenta durante un tiempo más. Pero con el ir y venir de las festividades, yo me deprimía aún más por no tener niños con quienes celebrarlas. Así que al final decidimos dar un paso adelante y hacer esa llamada, buscando una huida de mi depresión.

Lo primero que hizo la especialista en fertilidad fue ordenar un análisis de sangre para mi marido que ningún otro médico pensó en hacer. Descubrió que mi marido tiene una microdeleción en el cromosoma Y, es decir, una mutación genética de nacimiento por la que le faltaba un pedazo de dicho cromosoma, responsable de la producción de esperma. Nos reanimó el hecho de tener finalmente una explicación clara para nuestra imposibilidad de concebir. Nuestras esperanzas aumentaron de nuevo cuando nos dijeron que mi marido podía someterse a una cirugía de recuperación de espermatozoides y que habría al menos un 50% de posibilidades de encontrar esperma… para usarlo en FIV.

Ahí surgía otra vez la FIV.

Se supone que la FIV no iba a ser una opción para nosotros.

Pero continuamos adelante igualmente.

Comencé con mi primera ronda de inyecciones para preparar mi cuerpo para la FIV y mi marido entró a su segunda cirugía, esta vez para extraer esperma. Mientras Daniel estaba en quirófano, yo no paraba de rezar: “Si lo que hacemos no es lo correcto, por favor, no permitas que el médico encuentre espermatozoides, porque preferiría no tener hijos antes que ir en tu contra, Señor”.

Pero encontraron espermatozoides. Y nos alegramos a más no poder, durante tres horas, hasta que recibimos la demoledora llamada telefónica: todos los espermatozoides que habían encontrado estaban muertos.

La especialista en fertilidad nos dijo que nuestro siguiente paso sería probar la FIV con esperma de un donante.

Pero dijimos que no. Nuestra travesía con la FIV había llegado a su fin. No seguiríamos adelante.

No somos los primeros que hacen cosas inmorales para tener hijos. En el Génesis, Sarah ordenó a Abraham que se acostara con su esclava para construir a una familia. Hicieron que la esclava diera a luz sentada en el regazo de Sarah, para que pareciera que el parto era de Sarah. Es reconfortante sabe que no soy la única que ha tomado elecciones estúpidas debido a mis aspiraciones personales. La agonía de no tener hijos lleva milenios corriendo por el mundo, y algunos dejan de lado sus creencias y su moral para conseguir lo que más desean.

El proceso de la FIV está mal y la Iglesia católica hace bien en enseñarnos esto. Para realizar la FIV, mi óvulo y el esperma de mi marido habían de juntarse en una placa de Petri, donde se formaría el embrión. El laboratorio crea 10 o más de estas placas con embriones y se seleccionan los mejores para ser implantados en el útero. Normalmente se transfieren al útero dos o tres embriones para tener más posibilidades de que uno consiga implantarse.

Pero ¿qué sucede con el resto de embriones vivos? Puedes pagar para que los conserven congelados para su uso futuro, puedes donarlos o si no los tiran por el desagüe.

La ciencia es clara al respecto. Existe una vida humana separada en el momento de la concepción. Un embrión vivo es vida.

Han pasado años desde que intentáramos la FIV y aún doy gracias todos los días por que no siguiéramos adelante. Nunca me habría perdonado a mí misma por la eliminación de los embriones restantes. Siempre he sido provida, pero no tardé en desechar mis creencias y estaba lista para abortar a mis propios embriones con tal de tener un hijo.

Había olvidado que un hijo no es algo de mi pertenencia. Un hijo es un regalo.

En el párrafo 2379 del Catecismo se explica que “los esposos que, tras haber agotado los recursos legítimos de la medicina, sufren por la esterilidad, deben asociarse a la Cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su generosidad adoptando niños abandonados o realizando servicios abnegados en beneficio del prójimo”.

Desde que terminara nuestra incursión con la FIV, mi marido y yo decidimos dar acogida a varios niños y recientemente hemos sido padrinos de uno de nuestros antiguos niños de acogida. Dios no corrigió nuestro problema de infertilidad, pero nos ha compensado con creces de una forma maravillosa.

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