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Cuando buscas a Dios, ¿qué buscas?

Philippe Put-CC
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Esta es la alegría de la Navidad: viene Dios en persona a encontrarse conmigo

A veces busco en Dios lo que me conviene. Soy un buscador, es verdad. Pero a veces me basta con el lujo y el bienestar. Me conformo con la seguridad y la complacencia. Busco tantas veces los dones de Dios, pero no a Dios mismo. Quiero su consolación. Quiero su paz y su libertad. Quiero estar feliz y contento con mi vida. Quiero que mis obras me abran las puertas del cielo. Quiero lograr yo lo imposible, ser Dios.

Escribe el escritor jesuita Franz Jalics: “El cristiano devoto y ávido de honores es diligente y virtuoso. Desea cosechar reconocimiento de parte de Dios y ser reconocido por Él. Continuamente debe justificarse ante Dios y demostrar que ha hecho todo bien, pues quiere conquistar el reino de los cielos con sus méritos, salvarse a través de sus buenas acciones. En el fondo no busca a Dios, sino los dones de Dios”.

Busco en el desierto a un Dios que confirme mis decisiones. A un profeta que esté de acuerdo con los derroteros de mi vida. Que me confirme en mis posturas y creencias. Que aplauda mis actitudes de vida.

A veces es así. Digo que sigo a Jesús, mientras busco profetas en el desierto que me confirmen en el camino que sigo. Un sacerdote que me diga con palabras bonitas lo que quiero oír. Está claro que quiero conquistar su reino con mis propios méritos. Y me empeño en sacar yo solo mi vida adelante.

¿Qué busco en el desierto? Alguien que me diga que estoy bien. Que tengo que luchar más pero que progreso adecuadamente. Tomo decisiones y huyo de los que no comparten mis posturas. Me enervo cuando alguien me dice algo que me incomoda.

Dice el papa Francisco: Cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy caro: perdemos la libertad. Jesús es el Señor del riesgo, del siempre más allá”. Un Dios no acomodado. Un Dios que nace niño en un pesebre. Desinstalado. Lejos del hogar de sus abuelos. En tierra extraña. Despreciado. Ignorado.

Y yo busco la seguridad y el confort. La comodidad y la aprobación de todos. Hago las cosas como yo quiero y no quiero que me digan que lo hago mal.

A veces hoy creo y mañana necesito de nuevo una prueba más para dar la vida. Es tan frágil mi fe…

Jesús sana, sin pedir conversión primero. Sólo por amor. Cura a cualquiera. Toca el corazón de cualquier hombre en el camino. Sana cegueras y cojeras del cuerpo y del alma.

Abre oídos de personas que no saben escuchar que Dios los ama. Resucita hombres muertos en su alma y en su cuerpo. Esos son sus hechos. Jesús llegó y tocó con sus manos, acarició, abrazó, tocó heridas que sanaron, consoló. Esa es la señal. Esa es la respuesta que necesito.

Jesús no fue simplemente el hombre que vino a cumplir las profecías. Sino que Dios, al tocar la tierra con sus pies humanos, cambió para siempre los esquemas de los hombres. Entró la gratuidad.

El sanar a los pecadores también, no sólo a los puros. El convivir y dejarse invitar y tocar por todos. La señal de Dios es el amor sin medida. A los más necesitados.

Se ha cumplido la promesa. La espera sin encuentro no tiene sentido. Llega Dios en persona. Esta es la alegría de la Navidad. Viene Dios en persona a encontrarse conmigo. No manda a nadie en su lugar. Viene Él. Ya llega. Y con su llegada el desierto florece.

Ahora llega por fin Jesús y todo cobra vida. Florecerá el desierto y comienza el tiempo de la alegría. Ese tiempo de estar con Dios, sólo estar con Él. Él sanará mi corazón. Tocará mi herida de amor y pronunciará mi nombre. Ya quiero que llegue.

Y cuando llegue le preguntaré una y mil veces en medio de la rutina de mi vida: “¿Eres Tú, Señor, o tengo que seguir esperando?”. Y de nuevo me quedo con esa pregunta. ¿Qué me contestará a mí Jesús para decirme que sí?

Las señales de Dios en mi camino tienen que ver con lo más humano que hay en mí. Es su consuelo el que me abraza. Es su amor personal que me susurra en el alma. Es mi nombre pronunciado por Él. Jesús viene en obras de amor. En signos de misericordia.

Yo mismo lo hago presente cuando amo, cuando me entrego, cuando rompo con mi amor los esquemas de los hombres. Sólo así, en mis obras, y no en mis palabras. En mis gestos, y no en mis declaraciones de buenas intenciones.

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