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“Nos hemos acostumbrado a vivir en la sociedad de la desconfianza”

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Una fe “recia y servicial”, lejos de ser poéticamente edulcorada. Así es el espíritu de María. La Virgen madre plasmada en la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe: patrona de México y emperatriz de América. A ella el Papa le dedicó una misa especial, la tarde de este lunes 12. A ella invocó Francisco contra “la división” y “la fragmentación”. Una luz que guía a los pueblos del continente mientras busca imponerse una sociedad de la desconfianza, la desilusión, el desencanto y la frustración.

Por tercera vez consecutiva Jorge Mario Bergoglio celebró a la “morenita del Tepeyac” en su fiesta. Toda una tradición la misa por Guadalupe en la Basílica de San Pedro, inaugurada por el Papa Benedicto XVI en diciembre de 2011. En la homilía de la celebración, el pontífice presentó un crudo diagnóstico de un mundo en el cual, casi sin darse cuenta, se ha ido abriendo paso la “sociedad de la desconfianza”, una desconfianza que poco a poco va generando estados de desidia y dispersión.

“La sociedad que estamos construyendo para nuestros hijos está cada vez más marcada por los signos de la división y fragmentación, dejando fuera de juego a muchos, especialmente a aquellos a los que se les hace difícil alcanzar los mínimos para llevar adelante su vida con dignidad. Una sociedad que le gusta jactarse de sus avances científicos y tecnológicos, pero que se ha vuelto cegatona e insensible frente a miles de rostros que se van quedando por el camino, excluidos por el orgullo que ciega de unos pocos. Una sociedad que termina instalando una cultura de la desilusión, el desencanto y la frustración en muchísimos de nuestros hermanos; e inclusive, de angustia en otros tantos porque experimentan las dificultades que tienen que enfrentar para no quedarse fuera del camino”, advirtió.

Más adelante consideró difícil presumir de la “sociedad del bienestar” cuando en el  Continente Americano es común ver a miles y miles de niños y jóvenes en situación de calle que mendigan y duermen en las estaciones de trenes, del subte o donde encuentren lugar. Niños y jóvenes explotados en trabajos clandestinos u obligados a conseguir alguna moneda en el cruce de las avenidas limpiando los parabrisas de nuestros autos, mientras sienten que en el “tren de la vida” no hay lugar para ellos.

“Cuántas familias van quedando marcadas por el dolor al ver a sus hijos víctimas de los mercaderes de la muerte. Qué duro es ver cómo hemos normalizado la exclusión de nuestros ancianos obligándolos a vivir en la soledad, simplemente porque no generan productividad; o ver la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa. Son situaciones que nos pueden paralizar, que pueden poner en duda nuestra fe y especialmente nuestra esperanza, nuestra manera de mirar y encarar el futuro”, añadió.

Frente a todas estas situaciones, el Papa pidió decir con santa Isabel: “Feliz de ti por haber creído”, y aprender de esa “fe recia y servicial” que ha caracterizado y caracteriza a la Virgen. Advirtió que celebrar la memoria de María es afirmar, contra todo pronóstico, que en el corazón y en la vida de los pueblos de América late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza.

Ante estas contradicciones “que surgen por doquier”, Francisco llamó a celebrar a María recordando que el pueblo americano no es huérfano porque tiene madre. “Donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad”, precisó.

“Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a sus hijos. Así es María con nosotros, sus hijos: Así es María con nosotros, somos sus hijos. Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispersión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del evangelio. Lucha para darle carne al evangelio”, estableció.

Para Bergoglio, mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran “hacer carne” su palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.

Siguió asegurando que celebrar la memoria de María es celebrar que todos, al igual que ella, están invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos.

“Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación, dándonos fuerza para generar lazos en nuestra bendita tierra latinoamericana, diciéndole sí a la vida y no a todo tipo de indiferencia, de exclusión, de descarte de pueblos o personas”, dijo.

Y apuntó: “No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada. Una mirada que nos hace hermanos. Lo hacemos porque, al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos”.

Al final, el Papa elevó la siguiente oración a la VIrgen de Guadalupe: «Danos la paz y el trigo, Señora y niña nuestra, una patria que sume hogar, templo y escuela, un pan que alcance a todos, y una fe que se encienda por tus manos unidas, por tus ojos de estrella. Amén».

 

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