Espiritualidad

Definitivamente esta es la manera de ser feliz

Pensar más en la felicidad de los demás que en la mía propia

Definitivamente esta es la manera de ser feliz

© Marko Vombergar

Me gustaría estar siempre alegre. Guardar en mi corazón un pozo de felicidad inagotable. Mantener la calma en momentos adversos. Sonreír en medio de las dificultades. Conservar la mirada clara. Ser fiel con paz aun cuando caiga y tropiece. No siempre lo logro. ¡Cuánto cuesta ser feliz!

En una entrevista en la televisión una persona le preguntaba a Jorge Bucay: “¿Por qué nos cuesta tanto ser felices? Todos vamos buscando y creemos que las metas que alcanzamos nos van llenando más. Creo que ser feliz es un estado de plenitud absoluta, es sentirte pleno contigo”.

Él le respondió: “Quizás a la gente le cuesta ser feliz porque cree que la felicidad es estar de acuerdo con todo, pasarlo bien, estar alegre y contento. La felicidad tiene que ver con la plenitud. Pero yo lo cambio por algo más sencillo porque plenitud es demasiado grande. Lo voy a llamar serenidad. Ser feliz es estar sereno. Y se obtiene cuando uno está en el camino que uno eligió, no cuando le va bien en él. Esperamos tanto de la felicidad que la hemos vuelto imposible. Lo definimos en un lugar imposible. Ser feliz por estar sereno. Es algo que ocurre de la piel para dentro. Debería prescindir de lo que pasa de la piel para fuera. La felicidad no es un derecho, es una obligación. Lo que tiene que ver es cómo veo yo lo que pasa fuera”.

Me gustaría aprender a ser feliz con lo que tengo. A vivir con serenidad el presente de mi camino. Quiero ser un hombre sereno. Tranquilo con mi vida. Con esa paz que me da saber dónde estoy ahora.

No sueño con ese momento en el que cambie de sitio, cuando vaya a otra parte, cuando todo sea mejor. Mi felicidad tiene que ver con mi edad de hoy. Con mis relaciones hoy. Con mi familia hoy como es, no cuando los niños se vayan, o cuando todo mejore en mi trabajo.

Es la serenidad de saber que estoy en el camino que Dios ha soñado para mí. Aunque no sepa muy bien cómo se va a desarrollar mi vida. Aunque no todo funcione. No quiero controlarlo todo. No quiero saber exactamente cómo van a seguir las cosas.

Creo que lo que más me quita la felicidad es ese vano empeño mío por querer tenerlo todo controlado. Lo que deseo, lo que programo. Los imponderables de la vida me turban, no los abarco. Y me pierdo en medio de luces y sombras. Sin tenerlo todo claro.

A veces pretendo que todo me encaje. Como si de una obra de ingeniería perfecta se tratara. No quiero errores y busco minimizarlos en un empeño inútil por ser yo el artífice de mi vida. Creo que así lograré ser feliz. Cuando todo esté bajo control y nada se me escape.

En mi orden aparente busco ser feliz. Allí donde no hay caos. Ni ruidos. Ni distorsiones. Y alejo de mí lo que llamo relaciones tóxicas. Busco cuidar mi felicidad fugaz a base de desvelos y preocupaciones. Me preocupo antes de ocuparme. Me angustio antes de lamentar lo ocurrido.

Vivo con anticipación la infelicidad del futuro. Y cuando sucede, si sucede, vuelvo a ser igual de infeliz. Soy infeliz por partida doble.

Tal vez me falta el don de esa varita mágica que cambia lo oscuro en luz. La tristeza en esperanza. Dios lo puede hacer posible si me hago con ese poder de su Espíritu. Sé, porque lo he comprobado, que yo solo no lo logro nunca. Es inútil.

Quiero hacer lo que me dice el papa Francisco: “Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo”. Quiero que mi alegría crezca cada vez que logro hacer felices a otros.

Es el camino para ser feliz. Pensar más en la felicidad de los demás que en la mía propia. Vivir abierto al otro. Buscar lo que desea. Adaptarme a sus planes. Ceder a sus consejos. Renunciar a mis proyectos. Ponerme en un segundo plano sin pretender ser yo el primero.

Aceptar ser ignorado aun cuando me crea con derecho a ser tomado en cuenta. Aceptar que no me consulten. Entender que lo importante es que los otros estén bien. No pretender influir en todo con mi opinión. Ser uno más entre muchos. No querer ser especial.

Vivir preguntándome qué anhelan los que más amo. Hacer posibles los sueños de los otros. Dejar de obsesionarme con cuidar mi espacio. Respetar al máximo el camino de los que amo. Alabar sus éxitos y alegrarme con ellos. Disfrutar de los planes que otros me proponen sin echar de menos lo que yo hubiera elegido.

Estar orgulloso de la vida de los otros. Hablar bien de los que me rodean. Sentir que los demás hacen mejor las cosas que yo. No compararme sintiendo que no me valoran. Son ayudas que me hacen más feliz.

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