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“Animar el intercambio entre culturas, no la fuga de cerebros”

El Papa animó a un grupo de estudiantes internacionales de 36 diferentes países de los cinco continentes, que fueron recibidos hoy en una audiencia en el Aula Pablo VI, a aprovechar el periodo de estudios en el extranjero como «una ocasión de crecimiento humano y cultural», aprendiendo a «ver el mundo desde otra perspectiva» y abriéndose «sin miedo al otro y al diferente», pero, al mismo tiempo, exhortó a la sociedad a «ofrecer a las nuevas generaciones válidas oportunidades de empleo, evitando la llamada “fuga de cerebros”».

«A la concepción moderna del intelectual, comprometido en la realización de sí mismo y en la búsqueda de reconocimientos personales, a menudo sin tener en cuenta al prójimo», dijo el Papa a los 150 participantes del congreso mundial de la pastoral de los estudiantes internacionales (promovido del 28 de noviembre al 2 de diciembre por el Pontificio Consejo para los Migrantes e Itinerantes), «es necesario contraponer un modelo más solidario, que se esmere por el bien común y por la paz. Sólo así el mundo intelectual se vuelve capaz de construir una sociedad más sana. El que tiene el don de poder estudiar tiene también una responsabilidad de servicio por el bien de la humanidad. El saber es una vía privilegiada para el desarrollo integral de la sociedad; ser estudiantes en un país diferente del propio, en otro horizonte cultural, permite aprender nuevas lenguas, nuevos usos y costumbres. Permite ver el mundo desde otra perspectiva y abrirse sin miedo al otro y al diferente. Esto lleva a los estudiantes, y a quienes los acogen, a volverse más tolerantes y acogedores. Aumentando las capacidades para relacionarse crece la confianza en sí mismos y en los demás, los horizontes se ensanchan, la visión de futuro crece y nace el deseo de construir juntos el bien común».

«Es importante que el periodo transcurrido en el exterior se vuelva una ocasión de crecimiento humano y cultural para los estudiantes y que sea para ello un punto de partida para volver a su país de origen para dar una contribución cualificada y también con un impulso interior para transmitir la alegría de la Buena Noticia —dijo el Papa. Es necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en los valores. De este modo, se forman jóvenes sedientos de verdad y no de poder, listos para defender los valores y para vivir la misericordia y la caridad, pilares fundamentales para una sociedad más sana».
 
Según Jorge Mario Bergoglio, «el enriquecimiento personal y cultural permite que los jóvenes entren con mayor facilidad al mundo del trabajo, garantizándose un sitio en la comunidad y volviéndose parte integral de ella. Por su parte, la sociedad está llamada a ofrecer a las nuevas generaciones válidas oportunidades de empleo, evitando la llamada “fuga de cerebros”. Que alguien elija libremente ir a especializarse y a trabajar al extranjero —explicó— es algo bueno y fecundo; en cambio, es doloroso que jóvenes preparados sean inducidos a abandonar el propio país porque faltan posibilidades adecuadas de inserción».

El de los estudiantes internacionales «es un fenómeno no nuevo», subrayó el Pontífice, «sin embargo, se ha intensificado debido a la llamada globalización, que ha derribado los confines espacio-temporales, favoreciendo el encuentro y el intercambio entre culturas. Pero también aquí asistimos a fenómenos negativos, como el surgimiento de ciertas cerrazones, mecanismos de defensa frente a la diversidad, muros interiores que no permiten ver al hermano o a la hermana a los ojos y que impiden darse cuenta de sus necesidades reales. También entre los jóvenes (y esto es muy triste) puede insinuarse la “globalización de la indiferencia”, que nos vuelve incapaces de sentir compasión frente al grito de dolor de los demás». Y así, explicó, sucede que los efectos negativos repercuten en las personas y en las comunidades. «Por el contrario, queridos amigos, queremos apostar que su manera de vivir la globalización puede producir resultados positivos y activar grandes potencialidades. De hecho, ustedes los estudiantes, pasando tiempo lejos de sus países, en familias y en contextos diferentes, pueden desarrollar una notable capacidad de adaptación, aprendiendo a ser custodios los unos de los otros como hermanos y de la Creación como casa común, y esto es decisivo para que este mundo sea más humano».

El Papa concluyó recordando que Juan Pablo II llamaba a los jóvenes «centinelas de la mañana». «Los aliento —dijo Francisco— a serlo cada día, con la mirada dirigida a Cristo y a la historia. Así lograrán anunciar la salvación de Jesús y llevar su luz a un mundo, demasiado a menudo oscurecido por las tinieblas de la indiferencia, del egoísmo y de la guerra».