Aleteia

Papa Francisco: “La crisis del matrimonio es porque no se sabe lo que es el sacramento”

© Jorge Mejía peralta
Comparte
Comenta

Discurso de apertura del congreso "La alegría del amor, el camino de las familias"

Discurso con el que el papa Francisco abrió, la tarde de este 16 de junio en la catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán, el Congreso Diocesano sobre el tema La Alegría del Amor, el camino de las familias:

La letizia dell’amore: il cammino delle famiglie a Roma: este es el tema del encuentro diocesano. No comenzaré hablando de la Exhortación, ya que ustedes la irán trabajando en distintos laboratorios. Quisiera, junto a ustedes recuperar algunas de las ideas/tensiones claves que fueron surgiendo durante el camino sinodal que nos ayuden a comprender mejor el espíritu que se refleja en la Exhortación. Una Exhortación que pueda orientar vuestras reflexiones y diálogos, y “ofrezca así aliento, estímulo y ayuda a las familia en su entrega y en sus dificultades” (AL, 4).

Me gustaría hacerlo con tres imágenes bíblicas que nos permitan tomar contacto con el paso del Espíritu en el discernimiento  de los Padres Sinodales.

“Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa” (Ex 3,5). Esta fue la invitación de Dios a Moisés ante la zarza ardiente. El terreno a pisar, los temas a abordar en el Sínodo, exigían una actitud determinada. No se iba a analizar cualquier asunto; no estábamos frente a cualquier situación. Delante teníamos los rostros concretos de tantas familias.

Supe que, en algunos grupos, antes de comenzar los trabajos, los Padres sinodales compartieron su propia realidad familiar. Este darle rostro a los temas – por decirlo de alguna manera – exigía (y exige) un clima de respeto capaz de ayudarnos a escuchar lo que Dios nos está diciendo al interno de nuestras realidades.

No un respeto diplomático, o políticamente correcto, sino un respeto cargado de preocupaciones y preguntas honestas que buscaban cuidar las vidas que estamos llamados a pastorear.

¡Cuánto ayuda ponerle rostros a los temas! Nos libra de apresurarnos para lograr conclusiones bien formuladas pero muchas veces carentes de vida; nos libra de hablar en abstracto, para poder acercarnos y comprometernos con personas concretas. Nos protege de ideologizar la fe con sistemas bien armados pero que desconocen la gracia. Tantas veces nos convertimos en pelagianos. Y esto, solo puede hacerse en un clima de fe. Es la fe, la que nos mueve a no cansarnos de buscar la presencia de Dios en los cambios de la historia.

Cada uno de nosotros ha tenido una experiencia de familia. En algunos casos brota con mayor facilidad la acción de gracias que en otros, pero todos hemos vivido esta experiencia.

En ese contexto Dios salió a nuestro encuentro. Su Palabra vino a nosotros no como una secuencia de tesis abstractas sino como una compañera de viaje que nos ha sostenido en el medio del dolor, nos ha alentado en la fiesta y nos mostró siempre la meta del camino (AL, 22).

Esto nos recuerda que nuestras familias, las familias en nuestras parroquias con sus rostros, historias, con todas sus complicaciones “no son un problema, son una oportunidad”. Oportunidad que nos desafía a despertar una creatividad misionera capaz de abrazar todas las situaciones concretas, en nuestro caso, de las familias romanas. No sólo de las que vienen o están en las parroquias, sino poder llegar a las familias de nuestros barrios.

Esta reunión nos desafía a no dar nada ni nadie por perdido, sino a buscar, a renovar la esperanza de saber que Dios sigue actuando en medio de nuestras familias. Nos desafía a no abandonar a nadie por no estar a la altura del deber ser.

Y esto nos exige salir de las declaraciones de principios para adentrarnos en el corazón del palpitar de los barrios romanos y, como artesanos ir plasmando en esta realidad el sueño de Dios, cosa que sólo lo pueden hacer las personas de fe, las que no le cierran el paso a la acción del Espíritu.

Reflexionar sobre la vida de nuestras familias, así como son y así como están, nos pide descalzarnos para descubrir la presencia de Dios. Esta es la primera imagen bíblica: Dios está allí.

Ahora la segunda imagen bíblica. La del fariseo, cuando rezando le decía al Señor: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano” (Lc 18,11). Una de las tentaciones (cf. AL, 229) a la que continuamente estamos expuestos es tener una lógica separatista. Creemos que ganamos en identidad y en protección cada vez que nos diferenciamos o aislamos de los demás, especialmente de aquellos que están viviendo en una situación diferente. La identidad no se hace en la separación, sino en la pertenencia, mi pertenencia al Señor. No separarme de los otros para que no me contagien.

Considero necesario dar un paso importante: no podemos analizar, reflexionar y menos rezar con la realidad como si nosotros estuviéramos en bandos o veredas diferentes, como si nosotros estuviéramos fuera de la historia.

Todos necesitamos convertirnos, todos necesitamos ponernos delante del Señor y renovar una y otra vez Su alianza y decir con el publicano: ¡Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador! Con este punto de partida, quedamos incluidos en el mismo “bando” y nos ponemos delante del Señor con una actitud de humildad y escucha.

Justamente, al mirar nuestras familias con la delicadeza con la que Dios las mira nos ayuda a poner nuestros sentidos en su misma dirección. El acento en la misericordia nos posiciona frente a la realidad de una manera realista, pero no con cualquier realismo sino con el realismo de Dios.

Nuestros análisis son importantes y necesarios y nos ayudarán a tener un sano realismo. Pero nada se compara con el realismo evangélico, que no se detiene en una descripción de las situaciones, de las problemáticas – menos en el pecado – sino que siempre va más allá y logra ver detrás de cada rostro, de cada historia, de cada situación, una oportunidad, una posibilidad. El realismo evangélico se compromete con el otro, con los otros y no hace de los ideales y del “deber ser” un obstáculo para encontrarse con los demás en la situaciones en las que se hallan.

No se trata de no proponer el ideal evangélico, al contrario, nos invita a vivirlo al interno de la historia, con todo lo que implica. Esto no significa no ser claros en la doctrina, sino evitar caer en juicios y actitudes que no asuman la complejidad de la vida. El realismo evangélico se ensucia las manos porque sabe que “trigo y cizaña” crecen juntos, y lo mejor del trigo siempre – en esta vida – estará mezclado con algo de cizaña.

“Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino””. Una Iglesia capaz de “asumir la lógica de la compasión con los frágiles y evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos (cf. Mt 7,1; Lc 6,37)” (AL, 308).

Me llegó a las manos una imagen que está en Santa María Magdalena, al sur de Francia donde comienza el Camino de Santiago: que de una parte esta Judas ahorcado con la lengua afuera y de la otra parte Jesús buen Pastor que lo lleva sobre los hombros. Lo lleva con él. Es un misterio esto

. Estos medievales que enseñaban el catecismo con las imágenes entendieron bien el misterio de Judas. Don Primo Mazzolari, un sacerdote italiano, tiene un discurso muy lindo sobre el viernes santo, él entendió bien esta complejidad de la lógica del evangelio. Y aquel que que más se ensució las manos fue Jesús. No era un “limpio”, sino que estaba entre la gente y los aceptaba como eran. No como debían ser.

Volviendo a la imagen bíblica: te agradezco Señor porque soy de la Acción Católica o de la Caritas o de esto y de aquello, y no como estos que habitan en el barrio, ladrones y delincuentes. Esto no ayuda a la pastoral.

3. “Los ancianos tendrán sueños proféticos” (Joel 3,1). Tal era una de las profecías de Joel para el tiempo del Espíritu. Los ancianos tendrán sueños y sus jóvenes verán visiones. Con esta tercera imagen quisiera subrayar la importancia que los Padres sinodales le dieron al valor del testimonio como lugar donde se encuentra el sueño de Dios y la vida de los hombres.

En esta profecía contemplamos una realidad impostergable: en los sueños de nuestros ancianos muchas veces está la posibilidad de que nuestros jóvenes vuelvan a tener visiones, vuelvan a tener futuro, mañana, esperanza. Pero si el 40 % de los jóvenes aquí en Roma no tienen trabajo, qué esperanza puede haber. Son dos realidades que van de la mano y que se necesitan y relacionan.

Es hermoso encontrar matrimonios, parejas, que en la ancianidad se siguen buscando, mirando; se siguen queriendo y eligiendo. Es tan hermoso encontrar “abuelos” que muestran en sus rostros cuajados por el tiempo la alegría que nace de haber hecho una elección de amor y por amor.

A Santa Marta vienen tantas parejas que cumplen 50, 60 años de matrimonio. Yo los abrazo, les agradezco el testimonio y les pregunto quién de ustedes es el que ha tenido más paciencia. Siempre responden “los dos”. A veces bromeando alguno dice: “yo”, pero después dice “no, no, era una broma. Pero una pareja respondió algo muy lindo: “Todavía seguimos enamorados”, qué bello, los abuelos que dan testimonio. Y yo les digo: “háganselo ver a los jóvenes que se cansan rápido”, porque después de dos o tres años: “regreso con mamá”.

Como sociedad, hemos privado de su voz a nuestros ancianos, los hemos privado de su espacio; les hemos privado de la oportunidad de contarnos su vida, sus historias, sus vivencias. Los hemos arrinconado y así hemos perdido la riqueza de su sabiduría. Al descartarlos, descartamos la posibilidad de tomar contacto con el secreto que los hizo andar adelante. Nos hemos privado del testimonio de matrimonios que no sólo han perdurado en el tiempo sino que siguen sosteniendo en su corazón la gratitud por todo lo vivido (cf. AL, 38).

Esta falta de modelos, de testimonios, esta falta de abuelos, de padres capaces de narrar sueños no les permite a las generaciones jóvenes “tener visiones”. No les permite proyectarse, ya que el futuro genera inseguridad, desconfianza, miedo. Sólo el testimonio de nuestros padres, de ver que fue posible pelear por algo que valió la pena, los ayudará a levantar la mirada. ¿Cómo queremos que los jóvenes vivan el desafío de la familia, del matrimonio como un don si continuamente escuchan de nosotros que es un carga? Si queremos visiones, dejemos que nuestros abuelos nos cuenten, que compartan sus sueños, para que podamos tener profecías de mañana.

Aquí quisiera detenerme. Esta es la hora de animar a los abuelos a soñar. Tenemos necesidad de los sueños de los abuelos. Y de sentirles estos sueños. La salvación viene de aquí. No por casualidad cuando Jesús, pequeño fue llevado al templo, lo recibieron dos abuelos que habían contado sus sueños. El anciano que había soñado ver al Señor. Esta es la hora y esta no es una metáfora. Esta es la hora para que los abuelos sueñen. Empujarlos a soñar. A decirnos algo. Ellos se sienten descartados, cuando no despreciados.

A nosotros nos gusta decir en los programas pastorales que esta es la hora de los laicos, esta es la hora… Si yo tuviera que decir, diría: ¡Esta es la hora de los abuelos! Pero, padre, usted va para atrás. Ustedes es preconciliar. ¡Es la hora de los abuelos!

Que los abuelos sueñen y los jóvenes aprenderán a profetizar. Esto es a hacer realidad con su fuerza y su imaginación, su trabajo, el sueño de los abuelos. Esta es la hora de los abuelos y me gustaría tanto que se detuvieran en esto en sus reflexiones.

Tres imágenes:

La vida de toda persona, la vida de toda familia debe ser tratada con mucho respeto y cuidado. Especialmente cuando reflexionamos sobre ello.

Cuidarnos de armar una pastoral de guetos y para guetos.

Darles espacios a los ancianos para que vuelvan a soñar.

Tres imágenes que nos recuerdan cómo “la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él” (AL, 181). No como aquellos perfectos e inmaculados que creen saberlo todo, sino como aquellos que han conocido el amor que Dios nos tiene (1 Jn 4,16).

Y en esa confianza, con esa certeza, con mucha humildad y respeto, queremos acercarnos a todos nuestros hermanos para vivir la alegría del amor en familia. Con esa confianza renunciamos a “encierros” “que nos permiten mantenernos alejados de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura” (AL, 308).

Esto nos exige desarrollar una pastoral familiar capaz de acoger, acompañar, discernir e integrar. Una pastoral que permita y posibilite el andamiaje adecuado para que la vida a nosotros confiada encuentre el sustento necesario para desarrollarse de acuerdo al sueño de Dios.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Cardenal Vallini:

Ahora el Santo Padre escuchará tres preguntas surgidas del camino preparatorio de nuestro congreso. El primero es don Giampiero Palmieri, párroco de San Frumenzio.

Don Giampiero Palmieri:

Santidad, buenas tardes. En la Exhortación Evangelii gaudium, usted dice que el gran problema de hoy es el “individualismo cómodo y avaro”; y en Amoris laetitia dice que es necesario crear redes de relaciones entre las familias. Usa una expresión que en italiano suena también un poco mal: “la familia alargada”. Familia alargada, redes de relaciones entre familias, no sólo en la Iglesia sino también en la sociedad, donde los más pequeños, los más pobres, las mujeres solas, los ancianos puedan ser acogidos. Es necesaria una revolución de la ternura, una fraternidad mística. Nosotros también sentimos el virus del individualismo en nuestras comunidades, somos también nosotros hijos de este tiempo. Entonces necesitamos ayuda para crear esta red de relaciones entre las familias, capaz de romper la clausura y de reencontrarse. Esto quizás puede significar cambiar tantas cosas en nuestras parroquias, tantas cosas que quizás con el tiempo se han sedimentado: hostilidad, divisiones, viejos resentimientos. Esta es la pregunta.

Papa Francisco:

Es verdad que el individualismo es como el eje de esta cultura. Y este individualismo tiene tantos nombres, tantos nombres de raíz egoísta…: se buscan siempre a sí mismos, no miran al otro, no miran a las otras familias,… Se llega, a veces, a verdaderas crueldades pastorales.

Por ejemplo, hablo de una experiencia que conocí cuando estaba en Buenos Aires: en una diócesis cercana; algunos párrocos no querían bautizar a los niños de las niñas-madres. ¡Pero mira! Como si fueran animales. Y esto es individualismo.

“No, nosotros somos los perfectos, este es el camino…”. Es un individualismo que busca también el placer, es hedonista. Diría una palabra un poco fuerte pero la digo entre comillas: ese “maldito bienestar” que nos ha hecho tanto mal. El bienestar. Hoy Italia tiene una caída de los nacimientos terrible: está, creo, bajo cero. Pero esto empezó con aquella cultura del bienestar, hace algunas décadas…

He conocido a tantas familias que preferían –pero por favor no me acusen los animalistas porque no quiero ofender a nadie- preferían tener dos o tres gatos, un perro en lugar de un hijo. Porque tener un hijo no es fácil, y después llevarlo adelante… Pero lo que se convierte más en un desafío con un hijo es que haces una persona que se convertirá en libre. El perro, el gato, te darán un afecto, pero un afecto “programado”, hasta un cierto punto no libre. Tú tienes uno, dos, tres, cuatro hijos, y serán libres, y deberán caminar por la vida con los riesgos de la vida. Este es el desafío que da miedo: la libertad.

Y volvamos al individualismo: yo creo que nosotros tenemos miedo a la libertad. También en la pastoral: “Pero, ¿qué se dirá si hago esto?… ¿Y se puede?…”. Hay miedo. “Pero tú tienes miedo: ¡arriesga! En el momento en que estás ahí y debes decidir, ¡arriesga! Si te equivocas, está el confesor, está el obispo, ¡pero arriesga!

Es como aquel fariseo: la pastoral de las manos limpias, todo limpio, todo en su lugar, todo bonito. Pero fuera de este ambiente, ¡cuánta miseria, cuánto dolor, cuánta pobreza, cuánta falta de oportunidades de desarrollo! Es un individualismo hedonista, es un individualismo que tiene miedo a la libertad. Es un individualismo –no sé si la gramática italiana lo permite- diría “enjaulante”: te enjaula, no te deja volar libre.

Y después, sí, la familia alargada. Es verdad, es una palabra que no siempre suena bien, pero según las culturas; yo la Exhortación la he escrito en español. He conocido, por ejemplo, familias… Precisamente el otro día, hace una semana o dos, vino a presentar las credenciales el embajador de un país. Estaba el embajador, la familia y la señora que hacía la limpieza en su casa desde hacía muchos años: esta es una familia alargada. Y esta mujer era de la familia: una mujer sola, y no sólo la pagaban bien, la pagaban en regla, sino que cuando debieron ir al Papa a darle las credenciales: “tú vienes con nosotros porque tú eres de la familia”. Es un ejemplo. Esto es dar lugar a la gente. Y entre la gente sencilla, con la simplicidad del Evangelio, aquella simplicidad buena, son ejemplos así, de alargar la familia…

Y después, la otra palabra clave que has dicho, además del individualismo, el miedo a la libertad y el apego al placer, has dicho otra palabra: la ternura. Es la caricia de Dios, la ternura. Una vez, en un Sínodo, salió esto: “Debemos hacer la revolución de la ternura”. Y algunos Padres –hace años- dijeron: “Pero esto no se puede decir, no suena bien”. Pero hoy lo podemos decir: falta ternura, falta ternura. Acariciar no sólo a los niños, a los enfermos, acariciar a todos, los pecadores… Y hay ejemplos buenos, de ternura…

La ternura es un lenguaje que vale para los más pequeños, para los que no tienen nada: un niño conoce al papá y a la mamá por las caricias, después la voz, pero siempre está la ternura. Y me gusta escuchar cuando el papá o la mamá hablan al niño que empieza a hablar, también el papá y la mamá se hacen niños, hablan así… Todos lo hemos visto, es verdad. Esta es la ternura. Es bajarme al nivel del otro. Es el camino que ha hecho Jesús. Jesús no retuvo el privilegio de ser Dios: se abajó (cf Fil 2,6-7). Y habló nuestra lengua, habló con nuestros gestos. Y el camino de Jesús es el camino de la ternura.

Entonces: el hedonismo, el miedo a la libertad, esto es precisamente individualismo contemporáneo. Es necesario salir a través del camino de la ternura, de la escucha, del acompañar, sin preguntar… Sí, con este lenguaje, con esta actitud las familias crecen: está la pequeña familia, después la gran familia de los amigos y de los que vienen… No sé si he respondido, pero me lo parece, me ha venido así.

(Segunda pregunta)

Santidad, buenas tardes, vuelvo sobre un tema que usted ya ha mencionado. Sabemos que como comunidades cristianas no queremos renunciar a las exigencias radicales del Evangelio de la familia: el matrimonio como sacramento, la indisolubilidad, la fidelidad del matrimonio; y, por otra parte, a la acogida llena de misericordia hacia todas las situaciones, también las más difíciles. ¿Cómo evitar que en nuestras comunidades nazca una doble moral, una exigente y una permisiva, una rigorista y una laxa?

Papa Francisco:

Ninguna de las dos son la verdad: ni el rigorismo ni la laxitud son verdad. El Evangelio elige otro camino. Por esto, esas cuatro palabras –acoger, acompañar, integrar, discernir- sin meter las narices en la vida moral de la gente.

Para vuestra tranquilidad, debo deciros que todo lo que he escrito en la Exhortación -y retomo las palabras de un gran teólogo que fue secretario de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Schönborn, que la presentó– todo es tomista desde el principio hasta el final. Es la doctrina segura.

Pero queremos, tantas veces, que la doctrina segura tenga esa seguridad matemática que no existe, ni con el laxismo, de manga ancha, ni con la rigidez.

Pensemos en Jesús: la historia es la misma, se repite. Jesús, cuando hablaba a la gente, la gente decía: “Él habla no como nuestros doctores de la ley, habla como uno que tiene autoridad”. Esos doctores conocían la ley, y para cada caso tenían una ley específica, para llegar al final a unos 600 preceptos. Todo regulado, todo.

Y el Señor –la ira de Dios yo la veo en ese capítulo 23 de Mateo, es terrible ese capítulo- sobre todo a mí me impresiona cuando habla del cuarto mandamiento y dice: “Vosotros, que en lugar de dar de comer a vuestros padres ancianos, les decís: “No, he hecho la promesa, es mejor el altar que vosotros”, estáis en contradicción”. Jesús era así, y fue condenado por odio, siempre le ponían escollos delante: “¿Se puede hacer esto o no se puede?”.

Pensemos en la escena de la adúltera. Está escrito: debe ser lapidada. Es la moral. Está claro. Y no rígida, esta no es rígida, es una moral clara. Debe ser lapidada. ¿Por qué? Por la sacralidad del matrimonio, la fidelidad. Jesús en esto es claro. La palabra es adulterio. Está claro. Y Jesús se hace un poco el tonto, deja pasar el tiempo, escribe en el suelo… Y después dice: “Empezad: el primero de vosotros que esté libre de pecado tire la primera piedra”.

Ha faltado a la ley, Jesús, en ese caso. Se fueron yendo, empezando por los más ancianos. “Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno”. ¿La moral cuál es? Había que lapidarla. Pero Jesús falta, ha faltado a la moral. Esto nos hace pensar que no se puede hablar de la “rigidez” de la “seguridad”, de ser matemático en la moral, como la moral del Evangelio.

Después continuamos con las mujeres: cuando esa señora o señorita [la samaritana] –no sé lo que era- empezó a hacerse un poco la “catequista” y a decir: “¿Pero hay que adorar a Dios en este monte o en aquel?”, Jesús le dijo: “¿Y tu marido?”. “No tengo”. “Has dicho la verdad”. Y en efecto, ella tenía tantas medallas de adulterio, tantos “honores”… Sin embargo fue ella la primera en ser perdonada, fue la “apóstol” de Samaria.

¿Entonces cómo se debe hacer? ¡Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús! Esto no significa tirar al bebé con el agua sucia, no, no. Estos significa buscar la verdad; y que la moral es un acto de amor, siempre: amor a Dios, amor al prójimo. Y también un acto que deja espacio a la conversión del otro, no condena en seguida, deja espacio.

Una vez –hay muchos sacerdotes, aquí, me disculparán-, mi predecesor, no, el otro, el cardenal Aramburu, que murió después de mi predecesor, cuando fui nombrado arzobispo me dio un consejo: “Cuando veas que un sacerdote vacila un poco, resbala, tú llámalo y dile: “Hablemos un poco”, me han dicho que estás en esta situación, casi de doble vida, no sé…”; y verás que ese sacerdote empieza a decir: “No, no es verdad, no…”, tú interrúmpelo y dile: “Escúchame: ve a casa, piensa en ello y vuelve dentro de quince días y volvemos a hablar de ello”; y en esos quince días, ese sacerdote –así me decía él- tenía tiempo de pensar, volver a pensar delante de Jesús y volver: “Sí, es verdad. ¡Ayúdame!”. Siempre queremos tiempo. “Pero Padre, ese sacerdote ha vivido y ha celebrado la misa en pecado mortal en esos quince días, así dice la moral, ¿y qué dice?, ¿qué es mejor?, ¿que el obispo haya tenido esa generosidad de darle quince días para volverlo a pensar con el riesgo de celebrar la misa en pecado mortal, es mejor esto o lo otro, la moral rígida?

Y a propósito de la moral rígida, os diré un hecho al que he asistido a menudo. Cuando estábamos en teología, el examen para escuchar las confesiones -“ad audiendas”, se llamaba- se hacía al tercer año, pero nosotros, los de segundo, teníamos permiso para ir a asistir para prepararnos, y una vez, a un compañero nuestro se le propuso un caso, de una persona que va a confesarse, pero un caso tan intrincado, respecto al séptimo mandamiento, “de justitia et jure”; pero era precisamente un caso totalmente irreal…; y este compañero, que era una persona normal, le dice al profesor: “Pero, padre, esto en la vida no se encuentra”. “Sí, ¡pero en los libros sí!”. Esto lo he visto yo.

(Tercera pregunta)

Santidad, buenas tardes, allá a donde vamos, hoy escuchamos hablar de crisis del matrimonio. Y entonces le querría preguntar: ¿a qué podemos apuntar hoy para educar a los jóvenes al amor, de manera particular al matrimonio sacramental, superando sus resistencias, el escepticismo, las desilusiones, el miedo a lo definitivo? Gracias.

Papa Francisco:

Te tomo la última palabra: nosotros vivimos también una cultura de lo provisional. A un obispo, he escuchado decir, hace algunos meses, le fue presentado un chico que había acabado sus estudios universitarios, un buen joven, que le dijo: “Quiero convertirme en sacerdote, pero por diez años”. Es la cultura de lo provisional. Y esto sucede en todas partes, también en la vida sacerdotal, en la vida religiosa. Lo provisional.

Y por eso una [gran mayoría] parte de nuestros matrimonios sacramentales son nulos porque ellos [los esposos] dicen: “Sí, para toda la vida”, pero no saben lo que dicen porque tienen otra cultura. Lo dicen, y tienen buena voluntad, pero no tienen la conciencia.

Una señora, una vez, en Buenos Aires, me regañó: “Vosotros sacerdotes sois inteligentes, porque para convertiros en sacerdotes estudiáis ocho años, y después, si las cosas no van y el sacerdote encuentra una chica que le gusta… al final de esa fecha le es permitido casarse y formar una familia. Y a nosotros, laicos, que debemos hacer el sacramento para toda la vida e indisoluble, nos hacen hacer cuatro conferencias, ¡y esto para toda la vida!”. Para mí uno de los problemas es este: la preparación al matrimonio.

Y después la cuestión está muy ligada al hecho social. Yo recuerdo, llamé –aquí en Italia, el año pasado-, llamé a un chico que conocí hace tiempo en Ciampino, y se casaba. Le llamé y le dije: “Me ha dicho tu mamá que te casarás el próximo mes… ¿dónde lo haréis?…”. “Pues no sabemos, porque estamos buscando la iglesia que se adapte al vestido de mi chica… Y después debemos hacer tantas cosas: los favores de la boda, y después buscar un restaurante que no esté lejos…”. ¡Estas son las preocupaciones! Un acto social.

¿Cómo cambiar esto? No sé. Un acto social en Buenos Aires: yo prohibí hacer matrimonios religiosos, en Buenos Aires, en los casos que nosotros llamamos “matrimonios de apuro”, matrimonios “de urgencia” [reparadores], cuando está llegando el niño. Además están cambiando las cosas, pero es esto: socialmente debe estar todo en regla, llega el niño, hacemos el matrimonio. Yo prohibí hacerlo, porque no son libres, ¡no son libres! Quizás se aman. Y he visto casos bellos, en los que, después de dos-tres años, se han casado, y les he visto entrar en la iglesia, papá, mamá y niño de la mano. Pero sabían bien lo que hacían.

La crisis del matrimonio es porque no se sabe lo que es el sacramento, la belleza del sacramento: no se sabe que es indisoluble, no se sabe que es para toda la vida. Es difícil. Otra experiencia mía en Buenos Aires: los párrocos, cuando hacían los cursos de preparación, eran siempre 12-13 parejas, no más, no llegaban a 30 personas. La primera pregunta que hacían: “¿Cuántos de vosotros estáis conviviendo?”. La mayoría alzaba la mano. Prefieren convivir, y esto es un desafío, pide trabajo. No decir apresuradamente: “¿Por qué no te casas en la iglesia?”. No. Acompañarlos: esperar y hacer madurar. Y hacer madurar la fidelidad. En el campo argentino, en la zona del noreste, hay una superstición: que los novios tengan el hijo, convivan. En el campo sucede esto. Después, cuando el hijo tiene que ir a la escuela, hacen el matrimonio civil. Y después, de abuelos, hacen el matrimonio religioso. Es una superstición, porque dicen que hacerlo de repente religioso ¡espanta al marido! Debemos luchar también contra estas supersticiones. Sin embargo realmente digo que he visto tanta fidelidad en estas conviencias, tanta fidelidad… y estoy seguro de que esto es un verdadero matrimonio, tienen la gracia del matrimonio, precisamente por la fidelidad que tienen. Pero son supersticiones locales. Es la pastoral más difícil, la del matrimonio.

Y después la paz en la familia. No sólo cuando discuten entre ellos, y el consejo es siempre no acabar la jornada sin hacer la paz, porque la guerra fría del día después es peor. Es peor, sí, es peor. Pero cuando se inmiscuyen los parientes, los suegros, ¡porque no es fácil convertirse en suegro o suegra! No es fácil. He escuchado algo bello que gustará a las mujeres: cuando una mujer percibe por la ecografía que está embarazada de un varoncito, ¡desde ese momento empieza a estudiar para convertirse en suegra!

Ahora en serio: la preparación al matrimonio, se debe hacer con cercanía, sin asustarse, lentamente. Es un camino de conversión, tantas veces. Hay, hay chicos y chicas que tienen una pureza, un amor grande y saben lo que hacen. Pero son pocos.

La cultura de hoy nos presenta a estos chicos, son buenos, y debemos acercarnos y acompañarlos, acompañarlos hasta el momento de la madurez. Y ahí que hagan el sacramento, pero alegres, ¡gloriosos! Se necesita tanta paciencia, tanta paciencia… Es la misma paciencia que se pide para la pastoral de las vocaciones. Escuchar las mismas cosas, escuchar: el apostolado de la oreja, escuchar, acompañar,… No asustarse, por favor, no asustarse. No sé si he respondido, pero te hablo de mi experiencia, de lo que he vivido como párroco.

¡Muchas gracias y rezad por mí!


Traducción del original en italiano por Guillermo Ortiz de
Radio Vaticano (discurso) y Patricia Navas de Aleteia (preguntas y respuestas)

Comparte
Comenta
Temas de este artículo:
doc
Newsletter
Recibe Aleteia cada día