Religión

Repercusiones de la entrevista entre Francisco y Kirill en el Concilio Pan-Ortodoxo y en Ucrania

Las Iglesia ortodoxas difícilmente pueden vivir desconectadas con el poder político de turno de sus países por no tener un jefe superior a todas ellas

Repercusiones de la entrevista entre Francisco y Kirill en el Concilio Pan-Ortodoxo y en Ucrania

©William Volcov / BRAZIL PHOTO PRESS

Mucho eco ha tenido la declaración conjunta entre el papa Francisco y el patriarca ortodoxo de Moscú y de todas las Rusias en el mundo oriental, por dos motivos fundamentales: por la convocatoria de un Gran y Santo Concilio Ecuménico Pan-Ortodoxo previsto para el próximo mes de junio en Creta y por el conflicto en Ucrania.

Ese conflicto no solo enfrenta a pro rusos y pro Ucrania occidental en aquel país europeo, sino que la Iglesia ortodoxa está dividida en dos, una pro rusa y otra cismática contraria al patriarcado de Moscú y a favor de una Ucrania occidental y dentro de la Unión Europea.

¿Qué es el Concilio de las Iglesias ortodoxas? Es el primer concilio que celebran los patriarcados ortodoxos después de 50 años de preparación –en realidad desde el patriarca Atenágoras I de Constantinopla- y de más de mil años de no haber celebrado ningún concilio.

El último concilio que celebraron (Nicea II, año 787) fue cuando los patriarcados estaban unidos con la Iglesia de Roma, o sea antes del Cisma de Oriente de 1054.

Las dificultades para la celebración de este concilio vienen de la naturaleza misma de las Iglesias ortodoxas: no hay ningún Papa, pues todos los patriarcas son los que dirigen las propias Iglesias, sin una autoridad superior.

El patriarcado de Constantinopla es “primus inter pares”, o sea primado, considerado la “segunda Roma”, pero sin ninguna jurisdicción sobre los demás.

La “tercera Roma” es el patriarcado de Moscú, que es el que tiene mayor número de fieles (la mitad de los 300 millones de fieles ortodoxos en el mundo).

Con la entrevista con el papa Francisco, el patriarca Kirill de Moscú ha retomado prestigio ante los demás patriarcas y algunos han comentado que Kirill buscaría ser la “segunda Roma”.

En la reunión de los patriarcas ortodoxos en Chambésy (Ginebra) en enero pasado, se decidió la celebración del concilio no en una iglesia de Constantinopla (en la parte europea de Estambul, capital de Turquía), sino en la isla de Creta, la cual siendo griega, desde el punto de vista religioso pertenece al patriarcado de Constantinopla.

La decisión fue tomada por la fuerte oposición del patriarca de Moscú a la propuesta del patriarca Bartolomé I, como primado de las Iglesias ortodoxas, de celebrar el concilio en territorio turco, hoy enemigo de Moscú.

Se escogió la Academia Ortodoxa de Creta, que aun siendo territorio griego y no turco, está bajo la jurisdicción del patriarcado de Constantinopla.

Las políticas nacionales están muy presentes en las Iglesias ortodoxas. En la reunión de patriarcas e Iglesias autocéfalas, llamada ”sinaxis”, de Ginebra, no estuvieron presentes tres jefes de Iglesias importantes: el arzobispo de Atenas, el patriarca de Antioquía y el arzobispo de Varsovia (Polonia), por deferencias en los contenidos, aunque estuvieron representados por sendas delegaciones.

Los temas a tratar en el Concilio pan-ortodoxo, según el acuerdo de Ginebra, son seis:

1) Las Iglesias ortodoxas y su misión en el mundo actual; 2) Las Iglesias ortodoxas frente a las migraciones y la diáspora; 3) La autonomía de cada Iglesia ortodoxa y el modo de proclamarla (clara alusión a la Iglesia cismática de Ucrania); 4) El sacramento del matrimonio y sus impedimentos; 5) El significado del ayuno en los tiempos modernos, y 6) las Iglesias ortodoxas y sus relaciones con las otras Iglesias cristianas.

Un problema de las Iglesias ortodoxas es su estrecha relación con la política del país en que viven, e incluso su relación específica con una etnia. Al no tener un jefe superior a todas las Iglesias, no pueden vivir desconectadas con el poder político de turno en sus países de origen.

Así, por ejemplo, el patriarca de Moscú defiende toda la aportación rusa al mundo, su lengua y su cultura y también ha seguido la política exterior del Kremlin, incluso en la época comunista.

Baste decir que el “ministro de exteriores” del patriarca de Moscú cuando inició el Concilio Vaticano II, el metropolita de Leningrado, Nikodim Rótov, dijo que asistiría al Concilio a condición de que este no tratara el tema del comunismo. Y no se trató, a pesar de la oposición del entonces obispo polaco, Karol Wojtyla.

Los dirigentes del Kremlin –salvo en la era comunista donde se pretendió la implantación del ateísmo en contra de los sentimientos religiosos del pueblo ruso— ven que la religión ortodoxa debe ser privilegiada por cuanto tiene un papel fundamental en la vertebración de todo el pueblo ruso. Igual que las otras Iglesias ortodoxas las de Rumanía, Bulgaria, Grecia, Georgia, Serbia, Chequia y Eslovaquia, Grecia, etc.

Un caso particular es la Iglesia ortodoxa de Ucrania, que está dividida en dos: una de obediencia al Patriarca de Moscú y otra autoproclamada patriarcado de Kiev, dirigida por el inteligente y activo arzobispo Filaret, clarísimamente alineado con una Ucrania occidental y contra Rusia.

Este patriarcado, que es tan importante en medios (diócesis, parroquias y clero) como el de obediencia al patriarca de Moscú, fue declarado hereje, no solo por al patriarca de Moscú, sino también por el patriarcado ecuménico de Constantinopla y por las otras Iglesias ortodoxas.

El motivo de este cisma ortodoxo es básicamente político y con connotaciones personalistas.

El Patriarca Filaret era considerado el sustituto natural del Patriarca Pimen. Pero los electores del nuevo patriarca prefirieron a un ruso antes que a un ucraniano, y fue elegido el Patriarca Alexis II.

Filaret, conocido por sus posicionamientos pro-rusos hasta entonces (había sido confidente de la KGB con el nombre de Antonov), se pasó al nacionalismo ucraniano con la caída del comunismo, donde sigue hasta hoy, creando su propio patriarcado de Kiev, en contra de los cánones ortodoxos.

De la entrevista entre el papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú, entre las Iglesias católicas de rito oriental se ha destacado el explícito reconocimiento por parte del patriarca ruso de las Iglesias greco-católicas, en especial de Iglesia greco-católica de Ucrania, cuyo jefe es el arzobispo Mayor de Lvov (o Leópolis), al que el Vaticano se ha negado siempre a elevarlo a patriarcado por no perjudicar más las relaciones con los ortodoxos.

Las Iglesias ortodoxas –especialmente la rusa—no quisieron nunca reconocer públicamente a la Iglesia católica de rito oriental de Ucrania, al considerarla una Iglesia que se separó del patriarcado ilegalmente hace siglos (le valió el martirio a san Josafat).

Roma ha reconocido siempre a esta Iglesia, a pesar de ser aniquilada por Stalin de acuerdo con el patriarca de Moscú enviando a los católicos a las catacumbas en la época comunista.

El actual Arzobispo Mayor, Svjatoslav Ševčuk, manteniendo con firmeza su unidad con el Papa de Roma, el comunicado conjunto  de Francisco y Kirill, en la parte dedicada a Ucrania.

También fue criticado por ortodoxos conservadores del patriarcado de Moscú, por las “concesiones” que hizo el patriarca Kirill a la Iglesia católica.