Opiniones

El Estado laico y el Papa Francisco

¿Quién dijo miedo? México está avanzando hacia una laicidad positiva, que los católicos aprecian

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Marko Vombergar / Aleteia

La visita del Papa Francisco ha despertado cierta inquietud en algunos medios intelectuales en torno a la condición laica del Estado mexicano. Las reacciones son variopintas y van desde considerar su sola presencia como una violación al Estado laico, hasta reclamos por el apoyo del Estado durante la visita en materia de seguridad, pasando por cuestionar las pancartas de bienvenida del gobierno de la Ciudad de México y otras entidades donde hará presencia.

Estos y otros lamentos suenan a nostalgia trasnochada, a los tiempos cuando intentar ejercer la libertad de religión era considerado un atentado contra la nación, el Estado y la sociedad. Estamos en buen momento para aclarar algunos puntos al respecto.

1.- En nuestros días ya nadie cuestiona la laicidad del Estado mexicano. Por lo mismo, el debate sólo puede existir en torno a la naturaleza de esa condición laica. Por un lado, hay quienes lo consideran desde una perspectiva laicista, por lo que entienden que debería ser un Estado en el cual las religiones fueran relegadas a la observancia estricta de la vida privada, sin posibilidad de hacerse presentes en el espacio público, ya no digamos en la política, tampoco dentro la sociedad civil. Por otro lado, hay quienes proponen una situación de laicidad propositiva, en la cual el Estado se muestre neutral y equidistante de las distintas religiones, pero decididamente a favor de los derechos humanos, entre ellos, la libertad de religión. Así, las religiones, como parte constitutiva de la sociedad civil, podrían expresarse plenamente dentro de una sociedad que busca ser democrática, diversa y plural, como la mexicana.

2.- Lo que debe quedarnos claro es que así el Constituyente permanente, tan propio de México, como la sociedad mexicana cada vez más plural en sus manifestaciones religiosas, han optado por la segunda de las posibilidades. Lo podemos apreciar en tres bloques de reformas constitucionales. Primero, en 1992, se reconoció la existencia jurídica de las iglesias dentro de la sociedad civil, para lo cual se creó la figura de “asociación religiosa”. Segundo, en 2011, se consolidó una trascendente reforma que incorporó el Derecho internacional de los derechos humanos al orden constitucional mexicano, dentro del cual la libertad de religión ocupa un lugar preponderante. Tercero, en 2013, en coherencia, se reformaron los artículos 24 y 40 constitucionales para incorporar explícitamente la libertad de religión, al tiempo de reafirmar la condición laica del Estado Mexicano.

3.- Es muy importante considerar, también, los profundos cambios que ha vivido la misma Iglesia, visibles en el modo en que los católicos nos relacionamos con el Estado y la sociedad. En breve digamos que, el Concilio Vaticano II, la riqueza del magisterio latinoamericano expresado en la CELAM de Aparecida (Brasil, 2007), más la existencia de un laicado bien capacitado para la vida cívica, han generado una nueva catolicidad dispuesta al diálogo, al encuentro y la participación en la sociedad civil para anunciar la esperanza y dar batalla contra la cultura del descarte. Esto puede ser molesto para los nostálgicos del laicismo radical; pero no es un problema de los católicos. Ha llegado la hora de que ese laicismo haga la tarea y aprender a vivir en una sociedad plural, diversa y democrática. Por ahora, parece que los primeros defensores del Estado laico somos los católicos de a pie, porque nos sentimos muy felices como parte de la sociedad civil, nuestro hábitat natural. Como bien dijo Benedicto XVI, es un logro de la civilización que la Iglesia tiene la obligación de proteger.

En suma, el orden constitucional mexicano, por maduración de la sociedad civil y en ésta de los católicos, ha definido nuestro Estado laico dentro del horizonte de comprensión de una laicidad propositiva. En esta lógica, la visita del Papa está muy lejos de representar una violación a la naturaleza laica de nuestro Estado. Todo lo contrario, confirma que las personas que profesan una religión pueden manifestarse libremente en México, en pleno ejercicio de su libertad religiosa, dentro de un marco de normalidad ciudadana.