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Un día estaré con mi bebé, mientras tanto Dios lo cuida

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El sufrimiento de un hombre tras un aborto y la terapia que ha cambiado su vida

Desde hace 15 años, el Instituto IRMA ha brindado atención psicológica a más de seis mil personas que han perdido a un bebé antes de nacer.

Durante este tiempo, los especialistas del instituto han brindado ayuda principalmente a mujeres; sin embargo, la atención psicológica incluye también a pacientes hombres, que en la mayoría de los casos, sufren un dolor similar al de sus parejas luego de la práctica de un aborto.

El pasado 13 de noviembre IRMA compartió con Desde la fe, el testimonio anónimo de un hombre que en 2010 empezó con su tratamiento para sanar su mente y espíritu.

El joven, de aproximadamente 30 años, narró que el dolor de perder a un hijo empezó cuando tomó la decisión equivocada de asistir con su pareja a un hospital público del Distrito Federal para pedir informes sobre la interrupción legal del embarazo.

“La falta de recursos económicos, de un buen trabajo, fue el principal factor que nos impulsó a buscar esa salida”, recuerda.

Contó que cuando le entregaron el ultrasonido y tuvo la oportunidad de ver “el punto” que mostraba la existencia de un bebé, experimentó un fuerte llamado de conciencia que él trato de ignorar.

“Traté de no ver el punto, algo en mí empezaba a quebrarse, estuve a punto de desistir de aquella idea, tuve que entregar la hoja, yo estaba devastado, lleno de dudas, pero no dije nada”, explica.

“A mi novia los doctores le ofrecieron unas pastillas. Esa misma tarde, luego de consumir el medicamento, comenzó con los problemas de salud. Ella empezó con escalofríos, fiebre, dolores, arrojó coágulos de sangre y el color de su piel cambió por completo. Tuvimos que regresar al hospital de urgencia. Yo sentía que se estaba muriendo. Al llegar y ser revisada, los doctores me comunicaron que el procedimiento había salido mal y ahora la tenían que hacer un legrado”.

Confesó que ese mismo día tuvo que acudir a la casa de su novia para contarle a su familia lo que estaba pasando en el hospital. “Cuando sus padres se enteraron se decepcionaron completamente de mí, hubo mucho enojo de su parte, yo me sentía realmente mal, no podía entender lo que pasaba a mi alrededor”.

“Sin embargo, los malestares en mi novia continuaron por mucho tiempo. Ella ya no quedó bien. A cada rato regresábamos al hospital, tenía nuevos sangrados y con el paso del tiempo empezó a considerar la idea de quitarse la vida”.

Contó que a partir de esos sucesos él empezó a percibirse como un asesino, “al estar en la calle me sentía terrible al ver pasar a una mujer embarazada, a un niño, a una familia. Yo también empecé a considerar la idea de quitarme la vida”.

Un día me metí a una iglesia y frente a Cristo empecé a llorar, necesitaba ayuda. Nadie comprendía mis sentimientos. Los amigos que tenía en aquel entonces me recomendaron olvidarme del asunto y continuar con la vida. Pero ya nada era lo mismo. Me quedé sin amigos en poco tiempo”.

Narró que cuando inició su tratamiento con los especialistas de IRMA empezó a comprender un poco más la situación, sus propios sentimientos, su papel dentro de lo que había pasado.

Uno de los ejercicios que me ayudó a estar un poco mejor fue ponerle nombre a mi bebé (yo sentía que se trataba de una mujercita) escribirle una carta de perdón, una carta en la que yo se la entregaba a Dios, y le pedía a Él que la cuidara, que la protegiera, que estuviera con ella todos los días”.

Cuenta que el camino no ha sido fácil, pero que con la terapia ha logrado ser un hombre más responsable, dispuesto a enfrentar los retos de la vida, y entender el valor que tiene la vida en todas sus etapas.

Hoy acepta sus imperfecciones como ser humano, sabe lidiar sanamente con ellas, pero también sabe que Dios es misericordia y amor ilimitado, “Dios es muy grande, Dios cuida con amor y paciencia a mi hija, estoy convencido de que Él estará con ella hasta que yo tenga el privilegio de abrazarla”.

Artículo originalmente publicado por Desde la fe

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