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Un santo que iba de incógnito en el hospital, restaura la fe de tres enfermeras

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"Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba… Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba"

Hace seis años, el día tres de noviembre, la enfermera Margarita de los Ángeles Parra se encontraba de guardia en el área ‘maternidad’ del Hospital de Gineco Obstetricia de Tlatelolco (México).

Como era habitual, Margarita debía velar aquella noche por el bienestar de las futuras madres y las que ya habían pasado el proceso de parto. Cuando los minutos avanzaron y su compañera de guardia no llegaba, comenzó a inquietarse. Durante la tarde de ese día habían nacido trece niños y cada madre necesitaba cuidados diferentes. Además el médico ginecólogo asignado al área debía atender los partos. Margarita creyó que estaría prácticamente sola en el servicio. Pero recibiría una ayuda extraordinaria -según declara en su testimonio al semanario Desde la Fe-, aunque sólo horas más tarde comprendería quien había sido su peculiar compañero de trabajo…

“De pronto -dice Margarita-, apareció un hombre delgado y moreno con chazarilla de enfermero… «¿En qué te ayudo?», me preguntó. Yo me quedé sorprendida por la confianza con que se dirigió a mí, pues no nos conocíamos. Aún no terminaba de darle instrucciones, cuando aquel hombre ya estaba atendiendo a las mujeres y a los recién nacidos. Siempre sonriente acariciaba los cabellos de las pacientes. Aunque no le había visto nunca, a mí me pareció normal que estuviera en el servicio, porque generalmente si uno va a faltar al trabajo paga guardia a un enfermero o médico para que lo sustituya”.

Recuerda la enfermera la particular sonrisa de su colega, su dentadura blanca y brillante resaltando en su rostro de piel morena. Le sorprendía además que dedicara tanto tiempo a escuchar todo lo que las nuevas mamas le decían y también en verificar la evolución de los bebés. “Este enfermero trabajó toda la noche con un entusiasmo que contagiaba. Tomaba las manos de las pacientes entre las suyas y las mujeres que aún no daban a luz se tranquilizaban mucho cuando se les acercaba. Me parecía un hombre muy particular, especialmente por la tranquilidad que inspiraba”, advierte Margarita.

Luego, para el resto de la noche dos enfermeras más se sumaron al servicio. Las mujeres se preocuparon cuando el desconocido enfermero inesperadamente pareció algo pálido, sudoroso. A Margarita le pareció incluso que temblaba como si tuviere fiebre, pero aún así, señala, este hombre seguía atendiendo a las enfermas y a los bebés con mucho cariño. “Junto con mis compañeras lo convencimos para que saliera del pabellón y descansara un rato; él nos sonrió, salió del piso y ya no lo volvimos a ver”.

Cuando estaba amaneciendo, Margarita acudió al llamado de una señora que sentía algunos malestares y alza de temperatura. La atendió y le invitó a que se tranquilizara, diciéndole que todo estaría bien. Para su sorpresa la enferma le contestó: «Sí. Si estoy tranquila, porque san Martín de Porres me vino a visitar y me dijo que voy a estar bien».

Acostumbrada, dice la enfermera, a que los pacientes en los hospitales refieren ver algún familiar fallecido, la Virgen o santos, se limitó a sonreírle algo benevolente… “Pero la señora notó mi incredulidad y me dijo: «¡Le juro que aquí estuvo, estaba vestido de enfermero!», insistió la mujer…”.

Aunque el raciocinio de Margarita se resistía a creer en aquellos dichos de la paciente, comentó lo sucedido a sus dos compañeras, quienes no dudaron en dar veracidad al asunto: «¿No se referiría al enfermero que estuvo hace un rato con nosotras?», preguntó una de ellas y continuó: «La verdad sí se parecía mucho a san Martín de Porres».

“En ese momento sentí cómo se me puso la ‘piel de gallina’. Poco convencida aún, les dije: «¿Y qué milagro vino a hacer aquí?» …«No lo sé», respondió la otra, mientras las tres caminábamos hacia una de las ventanas. En ese momento un rayo del sol nos iluminó, dejando ver un bello amanecer. En la habitación, las pacientes se veían muy contentas, unas con sus pequeños y otras aún aguantando los dolores de parto…”

“Aquella noche san Martín de Porres pudo haber estado con nosotras o quizá no, pero lo cierto es que habíamos trabajado juntos, codo con codo, recordándonos que nos hicimos enfermeras para servir y atender a nuestros semejantes en el dolor, hacerles menor su angustia, ayudarlos en su padecer… ¡y ese ya es un gran regalo que Dios nos dio esa noche!”.

La sabiduría de un santo compasivo

La historia de nuestro amigo Martín empieza a gestarse por la visita que hizo a la ciudad de Lima (Perú) un caballero español de la Orden de Alcántara, Don Juan de Porres; quien trabajaba entonces como diplomático bajo las órdenes del Rey Felipe II de España. Su estancia en la ciudad aunque breve, le dio tiempo para conocer e intimar con una joven inmigrante afro-panameña, llamada Ana Velázquez. Dos hijos que el padre no reconocería, nacieron de aquél frágil vínculo… Juana, y su hermano Martín un 9 de diciembre de 1579.

El niño que tenía en su color de piel y otros rasgos el sello de ser mulato, destacaba en fortaleza…

Fuente: Desde la Fe, Arzobispado de Lima

Artículo originalmente publicado por DesdeLaFe

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