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​¿El rock satánico va en serio o es pura imagen comercial?

Photo by Lindsay Usich
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Mejor no trivializar esa subcultura y ayudar a evitarla

El diablo fascina, sobre todo al ignorante o al malvado. Siempre ha sido así, esto no es una novedad. La mezcla de poder oculto, poder al servicio del mal, y la posibilidad fácil de compartirlo, siempre han sido tentadores. Al fin y al cabo, el demonio se dedica a tentar, y si su propia figura sirve al caso, pues estupendo para él.
 
Lo que es novedoso en la actualidad es la extensión de los medios de comunicación, y la libertad para transmitir los contenidos que se quieran.
 
Vemos así desde hace años la proliferación de una especie de subcultura de símbolos, imágenes y referencias satánicas. Aquí nos fijaremos solamente en la música.
 
No se limita al rock –está también, por ejemplo, la música gótica-, pero éste, y en particular el heavy metal (rock duro), se llevan la palma, con numerosos jóvenes, y algunos no tan jóvenes, en un auténtico éxtasis coreando letras de canciones con títulos tan explosivos como “autopista al infierno” (highway to hell).
 
Hay autores famosos que difunden una imagen de devoción al diablo. Los veteranos Rolling stones se hacen llamar “sus satánicas majestades”, aunque sus letras no contengan apenas referencias sobre tal patrocinio –eso sí, están llenas de vacío moral-.
 
Pero quizás la figura más representativa sea la del cantante Brian Hugh Warner, que se hace llamar Marilyn Manson en honor a Marilyn Monroe y a Charles Manson, el satanista que asesinó a la actriz Sharon Tate. Hay, desde luego, bastantes más, y alusiones satánicas en canciones de estilos diferentes al rock & roll.
 
¿Va en serio, o es pura imagen comercial y filón de ventas? No es nada fácil dar una respuesta precisa. Las entrevistas personales al mencionado Manson revelan más a un cínico más interesado en aprovechar de la imagen que se ha creado que a un auténtico adorador del diablo. Pero esto no se puede generalizar, y, siendo arriesgado precisar, no lo es decir que hay de todo.
 
Algo parecido puede decirse del público, aunque aquí son gran mayoría los que son arrastrados por una moda de mal gusto sin que su satanismo vaya más allá del puro desenfreno.
 
Sin embargo, hay que tener en cuenta que el demonio existe, y donde se mueve más a su gusto y tiene más posibilidades de actuar es precisamente en un ambiente de desenfreno en el que además, se le invoca con reverencia.
 
Para un público joven –en realidad, para cualquiera- un ambiente así es ya algo necesariamente nocivo, sin necesidad de echar incienso a un bafomet –esa especie de cabra que representa al demonio- o pintar estrellas invertidas de cinco puntas –otro símbolo satánico-.
 
A fin de cuentas, el diablo mismo a veces se deja ver y otras muchas parece considerar más rentable llevar a los hombres a su terreno sin que se aprecie su presencia.
 
Y lo que no debe dudarse es que una atmósfera de invocaciones a Satanás es, y se entiende así a cualquier edad, una invitación a la inmoralidad. Éste es el peligro más extendido, y razón más que suficiente para evitar e invitar a evitar ese tipo de ambientes.
 
Ahora bien, resulta que si a la música “diabólica” le sumamos internet, la cosa se puede poner más fea. Especialmente entre un público joven, toda esta simbología del mal suscita curiosidad, y en la red hay material de sobra para satisfacerla.
 
De quien va más en serio, y quien va menos; de satanistas individuales, y de grupos –sectas- satánicos. Los textos –libros, revistas- y la parafernalia están a disposición del consumidor.
 
Cualquiera puede leer lo que escribió Aleister Crowley, un psicópata satánico que vivió hace un siglo y es el principal inspirador del satanismo actual; o puede dejar guiarse por alguien que convierte a una chica en bruja “de verdad” o se adentra en los secretos de Satán; o puede crear un grupo satánico con unos amigos, solicitando por correo materiales y rituales por un precio razonable.

 
Evidentemente, no todos los asistentes a conciertos de heavy metal de, pongamos por ejemplo, ACDC, acaban así, pero hay un porcentaje que sí se adentra en ese mundo tan poco saludable. Y conviene no tener la ingenuidad de ignorarlo. 
 
A la vez, sería un error pensar que una vez que alguien cae en las redes del diablo ya no puede desenredarse. A Satanás le gusta presentarse como un rey que todo lo puede en este mundo –con esa actitud intentó tentar al mismo Jesucristo- pero es mentira. Ya ha sido vencido.
 
Y, en realidad, la mayor parte de estas seducciones diabólicas son bastante efímeras. Es muy común ver gente que, tras una loca adolescencia y primera juventud, acaba sentando la cabeza.
 
El terreno que aquí se contempla no es una excepción. Las sectas satánicas mismas a que suele dar lugar no duran mucho por lo general.
 
No son esos grupos que meticulosamente preparan misas negras, sino jóvenes irresponsables con afán de experimentar sensaciones nuevas que cometen algún acto de vandalismo satánico, como profanar alguna tumba, y no suele pasar mucho tiempo antes de que se hastíen, o se den cuenta de la estupidez en la que se han metido, y se disuelvan con la misma rapidez con la que se han formado.
 
De todas formas, también sería un error pensar que al abandonar ese ambiente todo queda en un recuerdo que no ha dejado huella. Tanto el bien como el mal dejan poso en el hombre.
 
Remontar desde más abajo siempre costará más que ascender desde más arriba. De ahí que no sea bueno trivializar esa subcultura con un “son cosas de jóvenes, ya se les pasará”.
 
Es algo nocivo, que hay que ayudar a evitar. Aunque a veces pueda acabar sirviendo para bien, pues cuando uno se ha asomado a los abismos del mal es cuando más atractiva puede surgir la figura de Dios, un Padre, un Hermano –Cristo-, un amigo que nos quiere y ha dado su vida por nosotros, que tantas veces hemos sido ingratos, en ocasiones hasta el punto de jugar a venerar a quien le odia y nos odia. 

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