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“Acogimos a Jesús en la persona de los migrantes” (Primera Parte)

© Elvert Barnes
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Mark y Louise Zwick son los fundadores de una de las experiencias más impactantes en lo que se refiere a las casas de acogida de los migrantes en Estados Unidos

Mark y Louise Zwick son los fundadores de una de las experiencias más impactantes en lo que se refiere a las casas de acogida de los migrantes en Estados Unidos.  Concretamente en una de las ciudades más grandes de ese país, Houston, en el Estado de Texas: la Casa de Hospitalidad Juan Diego.
 
Como parte del movimiento del Trabajador Católico, Mark y Louise Zwick cuentan los orígenes, las ideas, los éxitos, los sinsabores y la tremenda alegría de ayudar, aprendiendo de ellos, a los migrantes en su camino hacia los Estados Unidos, hacia un futuro mejor.
 

 
¿De dónde surge todo el trabajo que por más de 40 años llevan haciendo ustedes?  ¿Qué los movió a cambiar su destino profesional?
 
Teníamos todo; o teníamos lo usual para ser gente de clase media: cuatro recámaras, tres baños, dos bebés, dos autos, dos cuentas de banco y un buen salario. La gente nos respetaba en las puertas de la ciudad, como dice la Biblia. Mark tenía una maestría como trabajador social y Louise regresó a la universidad y obtuvo su maestría en biblioteconomía. ¿Qué seguiría después? ¿Una cabaña en el lago, una lancha grande, seis cuartos, un Mercedes, una parroquia de clase alta? Sospechábamos, sin embargo, que había más que esto en la vida.
 
Sabíamos del Movimiento del Trabajador Católico, fundado por Dorothy Day y Peter Maurin y fuimos inspirados por él. Pensamos en empezar una casa de Hospitalidad del Trabajador Católico algún día.  Creíamos en este modelo de vivir el Evangelio, implementando Mateo 25, donde el Señor nos enseña que cuando  ayudamos a los pobres, lo ayudamos a Él mismo.
 
Luego vino la experiencia de El Salvador, ¿no es así?
 
Sí.  En 1977 fuimos a El Salvador con nuestros dos hijos para vivir con los pobres, aprender acerca de la Iglesia en ese lugar, y mejorar nuestro español. Fuimos a trabajar con un sacerdote, el padre Bernard Survil. Vendimos nuestras pertenencias. Conservamos un coche. Lo llenamos con 200 libros para niños (para que pudieran tener algo que leer cuando fueran a la escuela, aprendiendo español), dos violines y algunas cosas para casa.
 
Sabíamos que la vida en otro país sería difícil para los niños, Jennifer y Joachim (en primer y tercer grado respectivamente), pero se habían convertidos en buenos lectores y por lo menos tendrían libros que leer en su idioma mientras empezaban a aprender español.
 
No sabíamos que llegaríamos en el principio de una guerra civil, donde los escuadrones de la muerte rondaban las calles y la gente común y corriente, especialmente los católicos, estaban en riesgo, donde los hombres jóvenes eran reclutados por el ejército para los comienzos de una guerra que no entendían. Después de algunos meses, fue muy claro que teníamos que dejar El Salvador con nuestros hijos. Era muy peligroso para ellos. Nos fuimos a Guatemala, donde estudiamos español durante un par de meses, y luego a Texas, donde trabajamos en servicios sociales en una parroquia de Houston.
 
Muy pronto los refugiados de Centroamérica empezaron a llegar en grandes cantidades a la ciudad. No tenían a donde ir. La gente venía a la parroquia para pedir ayuda. Sentimos que teníamos que responder.
 
¿Las semillas de vivir en el Salvador germinaron en la fundación de Casa Juan Diego?
 
Sabíamos que podíamos comenzar, empezar una Casa de Hospitalidad para los refugiados. No necesitábamos mucho dinero para hacerlo, porque en el Trabajador Católico no hay salarios. Uno no necesita permiso para empezar una Casa de Hospitalidad. La idea es empezar y tratar de vivir el Evangelio y dar su trabajo como un regalo, viviendo y trabajando en las casas – también conocido como pobreza voluntaria. La costumbre es publicar un periódico, o por lo menos una gaceta, para que la gente sepa lo que está haciendo y correr la voz acerca de la tradición de la Iglesia y de las enseñanzas sociales del catolicismo.

 
Cuando Dorothy Day le preguntó a Peter Maurin de dónde sacaría el dinero para las Casas de Hospitalidad y el periódico, él le dijo: “Muy fácil. Sólo usemos el método de los santos. Rezar, decirle a la gente lo que está haciendo, y ellos ayudarán.”
 
¿En dónde comenzó la Casa de Hospitalidad Juan Diego?
 
Mark rentó lo que él llamaba el edificio más feo de Houston, y empezamos a recibir a los refugiados. Era muy simple, era un edificio pobre, pero sacaba a la gente de las calles hasta que pudieran encontrar un trabajo o recuperarse de una enfermedad.
 
Teníamos a nuestros hijos, y teníamos que pensar en ellos, así que Louise empezó a trabajar como bibliotecaria de niños en la Biblioteca Pública de Houston,  en donde trabajó los primeros años de Casa Juan Diego mientras se  organizaba las Obras de Misericordia para los refugiados de El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Cuando nuestros hijos crecieron, pudimos estar en el trabajo de tiempo completo.
 
Era –y es—un trabajo arriesgado…
 
Pudimos haber sido arrestados por recibir a refugiados que no tenían papeles en los Estados Unidos, pero sentíamos que teníamos que correr el riesgo. Estaban escapando de una situación de opresión muy violenta, y no podíamos quedarnos ahí de brazos cruzados ignorando su súplica. Muchos de los que llegaron en los primeros años eran niños adolescentes, que caminaron por varios países para llegar a Estados Unidos.  Supimos que no podíamos rechazar a Jesús en los pobres cuando Él se presenta a la puerta.

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