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Aborto: cuando el precio de la “libertad” es la vida de un bebé

© Phil Jones/SHUTTERSTOCK
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No es fácil entender una Carta Magna que declara la vida como un derecho inviolable, menos la vida de los no nacidos

"Dejad que los niños vengan a mi…" (Mt. 19,14) "Cuidado con escandalizar a uno de estos pequeños…" Estas son algunas de las múltiples alusiones que hace Jesús en el Evangelio al referirse a los niños. Es como si de manera intencional quisiera hacernos entender el puesto que cada uno de ellos ocupa en su corazón y en el corazón de Dios Padre, para que de esa manera, también los adultos, los consideremos en alta estima.

No es pues gratuito que hoy se incentiven campañas que defiendan la vida, la educación, el bienestar y la integridad física y emocional de todos estos pequeños en el mundo entero. Por encima de cualquier derecho, los de los niños prevalecen y todos somos garantes para que  cada uno de ellos se respete a cabalidad. Esto nos puede hacer entender que, en caso de calamidad, los derechos de los niños están por encima de los derechos de los adultos. La primera vida que se salva es la de los infantes.

A pesar de todo lo anterior la vergüenza nos sonroja el rostro cuando tenemos que ser testigos de múltiples acciones que atentan contra cada uno de ellos. Desde antes de nacer se les viola el derecho que tienen a vivir, pues se considera más importante el derecho a la salud o "buen nombre" de la madre gestante que el derecho a la vida del no-nato. "Honra prevalece sobre vida", parece ser la premisa. El manipulado y eufemístico lenguaje de quienes afirman que en el óvulo fecundado hay vida pero no existe un humano, o de quienes hablan de “limpieza uterina” pero que nunca se atreverían a darle su verdadero nombre para no atormentar con ello su conciencia, son las ideas que han tomado fuerza en las legislaciones de muchos países que se declaran modernos y laicistas (como contraposición a la Iglesia o las distintas confesiones religiosas, creyendo que la fe va contra la lógica o atenta contra las libertades humanas).  

Antes, los abortos se practicaban de manera clandestina, el miedo a ser enjuiciados por la ley llevaba a muchas personas a camuflarse en los cientos de establecimientos abortivos que hay en el mundo. Hoy, con la garantía de la misma ley, que establece en la Constitución la defensa y el derecho a la vida, se legisla a favor de la interrupción del embarazo en tres casos específicos: mal formación del niño en el vientre materno, peligro de muerte por parte de la madre y gestación causada por violación de la mujer, sin que ninguno de ellos sea penalizado. Todos tienen derecho a vivir y se les defiende ese derecho, menos a los no nacidos. Tal es el juego del Estado frente a una constitución que huele a hipocresía. No es fácil entender una Carta Magna que declara la vida como un derecho inviolable, menos la vida de los no nacidos.

Aún así muchos siguen realizando clandestinamente cada una de estas interrupciones, debe ser porque en el fondo se sabe que aunque la ley diga que puede hacerse, el corazón dictamina otra cosa totalmente diferente. Es más fácil la clandestinidad para no tener que enfrentar la censura moral externa ni tener que explicar a nadie los motivos de la decisión. No por ser ley la acción deja de ser lo que es. Que una acción sea legal no significa que sea moralmente buena. El consenso, la democracia, la toma de decisiones generalizadas no cambia el objeto de la acción y llámese como se llame, aunque se le cambie el nombre, aunque “la mona se vista de seda, siempre mona se queda”. El aborto siempre será un crimen y el raciocinio, el instinto lo saben perfectamente.  Aún con el aval del juez, tendrá siempre que cargarse sobre los hombros y la conciencia con el peso de una vida truncada.

El aborto es la clara manifestación  de la degradación de la conciencia, del trastoque de los valores humanos que antes declaraba que la vida estaba por encima de todo pero hoy ven el libre albedrío, la comodidad y el placer como los verdaderos referentes de la existencia.

No contentos con ello, ahora  todos los que defendemos la vida desde su concepción hasta su muerte natural, nos vemos relegados a ser una “secta minoritaria”  agredidos de modo virulento por el sólo hecho de querer ser la voz de los que no tienen voz, declarados intolerantes por quienes creen que su libertad vale una vida ajena y que nadie tiene derecho a interferir en sus funestas  decisiones.

Es extraño nuestro mundo: cuando la mitad busca la manera de evitar hijos, optando incluso por el aborto, la otra mitad lucha por concebirlo a cualquier precio y modo, con técnicas de reproducción asistida pues el hijo es entendido como un derecho y no como un don. Ahí es donde está el engaño de muchos pues se concibe al otro como un objeto que se puede adquirir según sea el momento y la manera. No necesita el mundo el anuncio de la Parusía, del final de los tiempos, de la manera que vamos seremos los mismos causantes de la condenación y desaparición de nuestra propia raza. 

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