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Reutilizar edificios de la Iglesia

Obispado de Lérida
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No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida

“Las viviendas sociales del Seminario” es un proyecto en curso desde hacen más de un año de la diócesis de Lleida por el que 20 familias en situación de desahucio podrán acceder a una vivienda social construida en la antigua sede del seminario. 
 
Esta experiencia
ha tenido una acogida fantástica en la opinión pública y en la generosidad de tantos que se han unido aportando sus ahorros, su tiempo y su profesionalidad. Pero
también esta suponiendo un revulsivo para replantear muchas cosas respecto al uso responsable de los bienes por parte de las instituciones eclesiales, instituciones que llevan más un siglo promoviendo, al menos en la teoría, ese gran principio de la Doctrina Social de la Iglesia que es el destino universal de los bienes.
 
La crisis no sólo es una oportunidad para que la sociedad en su conjunto racionalice sus prioridades y se cure del ensueño del endeudamiento y del consumismo, sino también para que los cristianos y las instituciones eclesiásticas seamos más coherentes. 
 
La iniciativa de la diócesis de Lleida ha llevado a que sus vicarios y el delegado de patrimonio de la Diócesis hayan decidido formarse sobre re-utilización de edificios diocesanos en desuso para darles una nueva utilidad pastoral y social así como sobre la conveniencia por parte de las instituciones eclesiales de depositar sus cuentas en Banca Ética, que se aleja de la especulación, es transparente, y se sabe que nunca invierte en comercio de armas ni en empresas contaminantes, sino en favorecer la creación de puestos de trabajo, el medio ambiente y las entidades sociales.
 
Esta semana el Papa Francisco pidió a los expertos financieros y a los gobiernos a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo:
“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son los nuestros, los bienes que poseemos; son los suyos”.

Y él se está ocupando ya de que esto que pide a los gobernantes y banqueros lo pongan en práctica también las instituciones eclesiales con los pocos o muchos recursos económicos que manejen, empezando por la organización económica de la Ciudad del Vaticano.

Ahora hace falta que le secunden todas las diócesis, congregaciones e instituciones eclesiales de todo el mundo, donde sin duda perviven modos y prácticas de usar el dinero y los bienes inmuebles por cambiar y proyectar hacia la innegable acción socio-caritativa de esas mismas instituciones. 

 
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